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El beso del fantasma. Capítulo 2

junio 16, 2017

Este es el segundo capítulo de El beso del fantasma, novela que estoy a punto de reeditar. Si no has leído el primer capítulo, puedes encontrarlo aquí.

 

 

 

Era el más insulso sábado noche de marzo. De esas noches en las que el tiempo no parece tener muy claro si es invierno o primavera.

En Alcidia, la juventud tomaba de nuevo las calles, en un intento de liberarse de las preocupaciones y rutinas del resto de la semana.

Un coche pasó demasiado cerca de una muchacha que pretendía cruzar la calle, y tal vez se hubiera llegado a la tragedia si un brazo amigo no la hubiera agarrado de la cintura, tirando de ella con firmeza y suavidad.

– ¡Ten cuidado, gilipollas! – gritó alguien desde el vehículo.

– ¡Que no me cago en tu padre por no darte pistas, hijo de puta! – respondió la chica.

Se giró para dar las gracias al amigo que la salvara, pero se sorprendió al ver a un completo desconocido.

– Oh, vaya… – dijo ella -. ¿Quién eres? No te conozco…

– No, no… Pero bueno… No sé…

El muchacho pareció darse cuenta entonces que seguía con su mano en la cintura de la chica, aunque pasó de rodearla a sólo posarla sobre la suave piel un poco más arriba de la cadera.

Y la quitó con un ligero respingo.

– Perdona… – se excusó el chaval.

– No, no pasa nada – sonrió la chica.

Tenía la chica los ojos de color castaño, más grandes, más intensos que los azules de él… El pelo de ella era negro como la pupila de un lobo, y caía libre y ondulante como el viento de la noche. Negras eran también sus ropas, raso, lana, cuero y algodón, como las de él, cuero y vaquero. Su pelo salvaje y oscuro, sus azules ojos penetrantes.

Podría ser sólo a primera vista cuando cualquiera podría pensar que estaban hechos el uno para la otra…

Quilla, que nos vamos! – advirtió a la muchacha uno de sus amigos, una vez pareció que todo iba volviendo a la normalidad.

– Sí, claro… muchas gracias – dijo volviéndose al muchacho -. Ya nos vemos – y se despidió con un gesto de la mano y una sonrisa.

Y ahí quedó él, rodeado de sus atónitos amigos, pensando que no volvería a ver a aquella maravilla hecha de luz y carne.

Y no volvería a verla… hasta pasadas dos semanas.

Entonces el sol parecía haber convencido al cielo de que era su momento.

Y quiso el destino que los pasos del joven le condujeran por delante del banco donde la muchacha leía un pequeño libro de gastadas pastas negras y hojas amarilleadas por el paso de los años.

– ¡Hola! – saludó él, sorprendido de su propia sorpresa.

La chica levantó la mirada, y le vio mirándola mientras pelaba un caramelo de menta.

Le gustaba ponerse a leer a media tarde en el parque cuando hacía bueno. Ahora parecía muy interesada en el volumen que leía. Por eso, el joven pareció sentirse arrepentido de intervenir al momento.

– Hola… – devolvió el saludo con una bella sonrisa.

– No te acuerdas de mí, ¿verdad?

– ¿Cómo que no? Mi ángel de la guarda…

Él sonrió.

– Siéntate – invitó ella señalando al banco -. No te he dado las gracias…

– Sí me las diste – respondió él, tomando asiento -. Justo antes de irte la otra noche.

La muchacha le miraba con una divertida sonrisa.

– Me llamo David – dijo él.

– Yo Ana.

– Ibas como loca la otra noche.

– No era culpa mía. Esos gilipollas… por cierto, debiste pensar que soy una ordinaria…

– ¿Por lo que les dijiste a esos del coche? Que va… si luego, pensándolo, me reí mucho…

La muchacha sonrió.

Se hizo el silencio.

Empezaba a resultar incómodo.

– Bueno… – dijo David -. Creo que me voy.

– ¿Te volveré a ver? – preguntó Ana, tomando la mano de David.

Pareció arrepentirse nada más hacerlo, pues sus ojos se cerraron fuertemente mientras su boca chasqueaba tímidamente y su mirada se desviaba hacia el suelo.

– Claro… – respondió él -… si quieres.

Ana sonrió sin mirar a David. Y cuando levantó la mirada, sus ojos castaños penetraron el alma del muchacho.

– Me temo que eso es algo que tendremos que descubrir de alguna manera…

– Pues si tú te sorprendiste, yo más – confesaba Ana la tarde del viernes siguiente -. “Me temo que eso es algo que tendremos que descubrir de alguna manera…” – se imitó a sí misma -. ¡Vaya una frase barata!

David no pudo evitar reír estridentemente.

Había algo en su sonrisa que llenaba a su nueva amiga de paz.

Acababan de conocerse, pero él sentía que llevaban toda la vida buscándose.

Ella parecía querer preguntarle algo, pero no era como si no supiera qué era o cómo decirlo.

– ¿Qué edad tienes? – preguntó finalmente.

– Cumplí 18 en noviembre. ¿Y tú?

– Eso no se le pregunta a una dama – respondió Ana sonriendo -. Yo cumplí 16 la noche que me salvaste la vida.

– Exagerada…

– ¿Exagerada? – protestó -. ¿Será mamón? ¡Me salvaste la vida!

– No creo… tan rápidos no iban los hijoputas esos… no te digo que…

– Bueno – interrumpió Ana -… pero la falda que llevaba era de una amiga… se la llega a llevar por delante el coche ese y no vivo para contarlo.

– Bueno, vale… admitiré que te salvé la vida…

La chica sonrió y pareció que el sol asomó entre las oscuras nubes.

– Eres mi ángel de la guarda…

 

 

 

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El beso del fantasma. Capítulo 1

mayo 27, 2017

Me llamo David Rojo Cano. Nací el 23 de noviembre de 1986 en Alcidia, Cádiz. Tengo, por tanto 19 años.

Y no cumpliré más.

Hace seis semanas, morí.

Suena raro, ¿verdad? “Morí”. A veces me pregunto si estará bien dicho así…

Pero vayamos por partes. Confieso que puede parecer raro el que un muerto, que ni tan siquiera puede posar sus dedos en un teclado, aún menos sostener un bolígrafo, os cuente esta historia. Pero para eso debo agradecer la ayuda desinteresada, y poco voluntaria, de alguien cuya identidad permanecerá, al menos de momento, discretamente omitida.

Como ya dije, hace seis semanas, el 14 de mayo del año 2005, mi vida acabó. Era un sábado más. Nada especial. Hasta que, mientras volvía con mis amigos de una noche por Cádiz, supuestamente de divertirnos, un coche nos adelantó en la autovía. Estaba claro que el conductor iba borracho, o colocado, porque, al incorporarse al carril, dio un frenazo, hizo un trompo, y nos dio de lleno. Los dos amigos que me acompañaban salieron del hospital a los pocos días. Yo no llegué a entrar.

Tengo vagos recuerdos de ese momento. Me arrastraba entre los enfermeros, médicos y policías pidiendo ayuda, pero no me hacían caso alguno. Entonces me vi a mí mismo tirado en el asfalto, la mirada perdida, la cara ensangrentada, inerte.

Aún así no pude admitir que estaba muerto.

También pude ver al responsable de mi muerte. Estaba siendo atendido por tantos sanitarios como los que intentaron, en vano, devolverme a la vida.

El muy hijo de puta era el que mejor había quedado de los cuatro.

Quise gritar. Pero ni un sonido salió de mi garganta más allá de un gemido agónico.

¿Qué iba a pasar ahora? Todo había terminado. ¿Pero qué fue del túnel, de la película de la vida, la luz, el cielo o el infierno?

No hubo nada de eso. Sólo yo, ante mi cadáver, escuchando los llantos de mis amigos, diciendo que aquello no era posible, que no era más que una pesadilla.

Deseaba que tuvieran razón. Pero, en el fondo de toda esa esperanza, sabía que no iba a serlo.

Cuando quise darme cuenta, todo aquel alboroto había cesado. La carretera estaba cortada, y allí sólo quedaban unos miembros de la policía. La prensa no llegaría hasta la mañana siguiente, dispuestos a contar una nueva tragedia en las carreteras del sábado noche.

Y tenía frío.

De repente, tuve frío. Pero no un frío que te rodea y que hace que desees abrigo más que otra cosa. Ojalá fuera eso.

Ese frío nacía de mi interior. Y supe que nada, a lo largo de la eternidad, mitigaría ese frío.

Los días siguientes fueron como un sueño. Ya sabes, uno de esos de los que despiertas y sólo guardas algún recuerdo, poco claro, que sólo aparece cuando menos te lo esperas.

Lo único que tengo claro en mi memoria fue mi funeral.

Fue bonito. Para qué negarlo…

En la iglesia de mi barrio, con todos mis amigos y mis familiares. Una gran foto mía de la pasada nochevieja, vestido con mi traje negro, con la sonrisa del que no sabe que en medio año sólo quedará de él el recuerdo.

Y la música. Nunca pensé que respetarían mi deseo, y pondrían Watching Over me de Iced Earth al principio, y Brothers in Arms, de Dire Straits, al final.

Hasta yo me conmoví.

Y, sentada en la segunda fila, llorando sin consuelo, Ana.

Ana nunca gustó a mi familia, y yo nunca comprendería por qué. Tal vez porque yo nunca gusté en la suya.

“Puedes aspirar a algo más”, le decía su familia.

“Apuntas demasiado alto”, me decía la mía.

Nunca les entendimos. O nunca nos importó entenderles.

Pero no les escuchábamos.Qué más daba, después de todo. Lo único que importaba era que éramos felices. Bueno, a veces…

Pero, al verla llorar en mi funeral, supe que yo nunca más lo sería.

Tal vez eso sea peor que morir: saber que en toda la eternidad no volverás a tener razones para sonreír.

No. Sin duda. Es peor.

Ver las lágrimas de Ana… eso no podía ser superado. Normalmente, cuando lloraba, la rodeaba entre mis brazos. Y, si no conseguía consolarla, acabábamos llorando juntos. Aunque, por lo general, bastaba el abrazo y unos besos para devolverle una sonrisa.

Pero ahora no habría forma de hacerla sonreír.

Ahí la veía, tan bella, vestida de negro, tan negro como su cabello ondulado, sus ojos castaños, adornados con tristes ojeras y rodeados del rojo producto de tanto llanto. Sus labios temblando mientras las notas de la primera canción comenzaban a sonar. La mirada perdida, ladeando la cabeza, sin admitir que yo ya no estaría a su lado para consolarla.

Pero ahí estaba yo. Sufriendo su pena más que mi muerte.

Y sin poder hacer nada…

También mis padres, mis hermanas y mi cuñado estaban allí, hechos una piña. Consolándose mutuamente. Incluso culpándose sin motivo de mi desgracia.

Y yo no podía decirles que no tenía sentido. Que no había sido su culpa. Ni mía. Y Ricardo, uno de mis mejores amigos, el que conducía esa noche y no fue capaz de esquivar esa muerte de metal rodante que acabó conmigo, con su pierna rota escayolada, que se negaba a que nadie firmara, y Manolo, que estuvo a punto de perder su ojo izquierdo junto con los dos dedos que ahora le faltaban en esa mano, y que iba de copiloto.

A ellos los vi más afectados incluso que a los demás. Pero verlos vivos fue, quizá, lo único que me hizo soportable estar allí.

Yo iba sentado atrás. Sin cinturón. No había cinturón atrás. Cuando la puerta se abrió con el impacto, yo salí disparado, caí contra el asfalto, y rodé hasta morir. Eso lo recordé en ese momento.

Me acerqué a Ana. No soportaba verla así. Pero, si ella sólo podía sentir dolor, al menos, yo lo sentiría junto a ella. Así que me senté a su lado, en un asiento libre.

Y lloré.

Lloré tanto como ella, pues no podía decirle que no pasaba nada, que todo se arreglaría, que mañana será otro día. Y no sólo porque no pudiera oírme, sino porque yo no lo creía.

No es fácil aceptar que las peores pesadillas son la nueva verdad.

Aún menos saber que lo serán siempre.

¡¡Hey, hola!! ¡Cuánto tiempo, ¿eh?!

Sin duda os estaréis preguntando a qué viene esto aquí ahora. Bueno, pues nada, que estaba en casa haciendo mis cosas de escribir novelas y hacer cómics y me dije “¿Por qué puñetas no le hago caso ya a la gente y publico El beso del fantasma por mi cuenta de una puñetera vez?

Así que nada, aquí me tenéis, colgando fragmentos para tratar de engancharos a esta novela fantástica de terror y romance, donde acompañaréis a David a lo largo de sus días como fantasma tratando de encontrar qué hay después de todo esto… a pesar de saber que, sea lo que sea, no le va a gustar.

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Entrevista a Pedro de Matos

julio 6, 2016

¡Eh, hola, tengo esto, sí!
Algunos os estaréis preguntando (no) “Coño, Pedro” (Eso no es, técnicamente, una pregunta), “¿qué mierda has estado haciendo?”
Bueno, espero que esto os dé una pista…

be brilliant yeah!

-“Es parte de ti, de tus neuras, tus sueños y tus oscuridades” –

 ¿Que seria de un personaje sin una buena historia detrás? ¿Que haríamos sin las historias que cautivan? Hoy tenemos con nosotros a Pedro de Matos, guionista.

Antes de empezar, ¿te presentarías al público?

¡Hola, público! Soy Pedro de Matos, conocido también como Lograi por los internetes. Escritor, guionista y, accidentalmente, autor de cómics. Nací en Cádiz y escribo novela desde los 14 años, me he dado un par de golpes contra la industria editorial literaria y ahora, por esas cosas de la vida que te pillan por sorpresa, me veo haciendo tebeos.

¿Compartes con nosotros tu formación?

Soy principalmente autodidacta, pero tengo mucha suerte de tener cerca a gente con mucho talento y mayores conocimientos que no se cortan a la hora de decirme lo que hago mal. También hice un curso de verano en la…

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Re(la)to 014 – El crimen perfecto.

agosto 23, 2014

Los demás chavales de su clase no hablaban de otra cosa.

“Yo lo he visto”, decía Sergio. “Empieza a la una de la noche o más tarde”, aseguraba. “Y se ve de todo.”

Los demás escuchaban a Sergio fascinados.

“Unas tías buenísimas”, decía. “En pelotas, de todas clases, haciendo de todo, cosas que no sabía que se podían hacer. Con tíos o con otras tías.”

Todo aquello sonaba como lo más fascinante para una panda de mocosos de la edad de Sergio y sus compinches.

Por supuesto, la experiencia adquirida tras encender la tele de su cuarto durante esa noche de insomnio preadolescente y sintonizar uno de los nuevos canales locales, convirtió a Sergio automáticamente en la persona que más conocía el sexo entre sus compinches.

Era, inevitablemente, un héroe.

Todos querían ser como él, ser depositarios de su sabiduría y de la admiración que recibía.

Pero no Danielillo.

Él sólo quería ver eso tan fascinante que Sergio juraba haber visto, y más en ese momento en el que lo que pasaba bajo las ropas de sus compañeras de clase empezaba a ser más interesante que nunca, más misterioso, más decisivo, en su aún corta existencia.

Por eso, aquella fue la semana más larga en la vida de Danielillo. Se le hicieron interminables los días hasta la llegada del fin de semana, donde llevaría a cabo la primera parte de su plan.

Por eso, tuvo tiempo más que suficiente para pulir cada una de las aristas de su intriga casera.

En primer lugar, se aseguró de tener una cinta virgen preparada. Una de 240, por lo que pudiera pasar.

En segundo lugar, bajaría a leer un libro mientras su familia veía la tele la noche del siguiente sábado.

Asutamente, dejaría el libro despistado en el sofá mientras todos subían a prepararse para dormir.

Educadamente, dejaría que el resto de su familia pasara antes que él por el baño, de modo que fuera el último en irse a la cama.

Entonces se “daría cuenta” de que se dejó el libro abajo en el salón, por lo que tendría que bajar para seguir leyendo esperando al sueño.

Aprovecharía entonces para programar el vídeo, tarea para la cual se había preparado a conciencia durante cada rato que tuvo disponible, y lo hizo lo más rápido que pudo, llegando incluso a tener que sintonizar él el canal por su cuenta.

Entonces, esperaba, durante la noche, el vídeo se conectaría para grabar ese teatro de lujuria que Sergio, bastardo afortunado con tele propia en su cuarto, aseguraba que se emitía.

El despertador bajo su almohada le despertaría antes que a nadie, dándole tiempo a bajar, rescatar la cinta y, en silencio, regresar a su cuarto escaleras arriba y esconder la cinta en su habitación a la espera del momento de poder disfrutar de tan lúbrico espectáculo.

La primera parte de su plan, la más difícil, fue concluida a la mañana del domingo, y durante varios días la ansiedad creció en su pecho mientras esperaba a la tarde del miércoles, en la que se quedaría solo en casa durante horas suficientes para poder gozar de su captura.

Y llegó el momento.

Y si bien fue cierto que aquella tarde Danielillo aprendió muchas cosas que eran prácticamente inimaginables, también era verdad que se quedó bastante decepcionado por la total ausencia de esas mujeres que con tanta emoción describía el cabrón de Sergio…

Hutopo pidió “porno gay”. A ver qué le parece esto…

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Re(la)to 013 – ¿Llego tarde?

abril 9, 2014

-¿Llego tarde? – preguntó soberbio Ipso Facto, gran héroe de la ciudad.

Por toda respuesta, Ipso Facto sólo obtuvo la mirada enajenada de Behemot, la gran bestia destructora, el más peligroso villano del país. Sus ojos estaban cubiertos de sangre. De la sangre del alcalde, el presidente, la bella reportera Isabel Antúnez y cientos de ciudadanos inocentes.

En ese momento, Ipso Facto pensó que, tal vez, no debería haberse entretenido tanto tras salvar a esa preciosa joven que, al otro lado de la ciudad, fue atacada por un atracador de doce años armado con un destornillador.

-Mierda – dijo para sí -. La próxima vez, dos bofetadas y menos lecciones morales.

Y salió corriendo de allí.

 

– Willy Galleta pidió “¿Llego tarde?”. Y algo tarde parece que sí.

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Re(la)to 012 – Sucumbir

abril 3, 2014

Él era un gigante gaseoso reinando en su sistema, con su enorme corte de satélites.

Ella era una viajera de las estrellas, una aventurera, sin origen ni destino claros.

Él llevaba el nombre del padre de los dioses. El de ella no sería recordado.

Pero eso no importaba.

Ella viajaba por la inmensidad del espacio, libre, sin nada que la atara… hasta que la atrapó su monstruoso campo gravitatorio.

La atracción fue instantánea, y devastadora.

Olvidó su libertad, sus ansias de perderse en la inmensidad, por él.

Cambió su vida, cambió su futuro, sólo por caer sobre él, por unirse a él.

Sin él advertirlo, ella se abalanzó sobre su mole, incapaz, si lo hubiera querido, de rectificar.

Su cuerpo se sumergió en sus nubes, en sus tormentas, sólo para desaparecer, para ser olvidada, nunca conocida, y no dejar más testimonio de su existencia, salvo un nuevo lunar en la piel de su amado.

 

– Batto propuso “Sexo entre gordos y enanas” tras rectificar “gordas y enanos”.

El lío vino luego, viendo documentales de astronomía. Maldito seas, Batto…

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Re(la)to 011 – Caminemos juntos un rato.

marzo 14, 2014

Iba caminando al borde de la carretera cuando la vio.

Ella parecía extrañada de ver a otra persona caminando por aquellas carreteras.

-Hola – dijo ella, con una expresión que hacía pensar que le sorprendería más recibir una respuesta de él que si un barco descendiera de entre las nubes cargado de algodón de azúcar.

-Hola – respondió él -. ¿A dónde vas?

-Oh – respondió ella, intentando sobreponerse -, a ningún lado, en verdad.

-¿Paseando?

-Sí, algo así.

-¿Quieres que caminemos juntos un rato? – preguntó él -. Parece que vamos en la misma dirección.

-No, en verdad, voy a esperar aquí.

-Ah, muy bien.

-Puede que te acompañe un poco, es decir… si quieres.

-Claro.

-Aunque… no sé, no es lo habitual.

Él se quedó sorprendido durante unos segundos, y luego echó a andar.

-¿Y a quién esperas?

-Bueno… No lo sé, la verdad.

-Ah – dijo él -. Entiendo -. Mintió.

Pero igualmente caminaron juntos en silencio durante unos minutos.

-Vale – dijo ella de pronto -. Aquí es.

-¿Aquí es qué?

-En esta curva me maté yo.

Y desapareció.

Charlie Draug propuso “autoestopista”, y esto es lo que salió.