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El beso del fantasma. Capítulo 5

julio 30, 2017

Dije que cuando llegásemos a los 1000 euros en el crowdfunding, lo subiría, y me he despistado casi 200 euros. Perdón… =)

Si os habéis despistado hasta ahora, aquí están los capítulos 1, 2, 3 y 4.

Gracias por leer.

 

– ¿Hay algo que te gustaría hacer antes de morir? – preguntó Manolo.
– No lo sé – respondió Ruth, tras meditarlo unos segundos.
Ese era un momento típico cada vez que salía el grupo, explicó David a Ana.
– Llega un momento, normalmente pasadas las dos y media, en el que Manolo se nos pone trascendental.
Hacía tres semanas escasas que Ana y David habían empezado a verse. Sin embargo, se habían hecho grandes amigos.
Y las miradas de los colegas de David hacían pensar que creían que había algo más.
En su interior, David esperaba que no se equivocaran…
Esa noche paseaban juntos sin un destino claro cuando se cruzaron con la pandilla de David, que llevaba tres semanas preguntándose qué sería de su amigo.
Al final, acabaron todos juntos.
Como era costumbre, se quedaron tomando unas bebidas en el parque junto a la Plaza de Astarté. Como tres miembros de la pandilla vivían allí, era donde solían verse desde tiempos inmemoriales, en el parque en el que pasaron la infancia jugando cada día, y en el que cada noche de su adolescencia pasaron en juegos algo más maduros.
Ana pareció entenderse perfectamente con Ricardo, Mata y Ruth desde el principio. Luisa y Paco le resultaban simpáticos. Manolo era un poco más difícil de conquistar. Y empezaba a pensar en serio que nunca se entendería con Jana.
A decir verdad, Mata le pareció de primeras un tío imponente. Metro noventa de alto, constitución fuerte, con un pelo negro y rizado, barba y una voz de precoz devoto de Ducados le hacían aparentar muchos años por encima de los 18 que su DNI aseguraba que aún tenía. Conocía a David desde que empezaron en el instituto, y Mata juraba y perjuraba que, de no haber sido por su divina intervención, David pasaría su vida escuchando cualquier porquería que radiaran. Era el vocalista del grupo que, aún sin nombre, empezaba a gestarse. Sin duda, su voz era capaz de sentar a una multitud enfervorizada de “jevis jaleosos”, como él mismo afirmaba.
Pero, en el fondo, era un cachito de pan. Como Ricardo, que tocaba la batería. Ricardo era un niño mono, pensó Ana. Tenía el pelo rubio, y empezaba a ser largo, lo que hacía que destacaran más en su cara pálida ese par de ojos negros como pozos. No conocía desde hacía tanto a David, pero sí a Mata. De hecho, se conocían desde el colegio, aunque Mata era casi dos años mayor.
Manolo llevaba tocando la guitarra con David desde antes de saber qué demonios iban a tocar… y juntos descubrieron, de manos de Mata, el bello a la par que duro mundo del metal. Finalmente, Manolo optó por ser solista, mientras que David acabó siendo el rítmica. Físicamente era muy parecido a David, aunque un poco más alto, y aparentemente mayor, aunque sólo le sacaba cuatro meses.
El bajo era, finalmente, cosa de Paco. De aspecto tímido, oculta la mirada bajo su negro flequillo, sorprendía con un aluvión de atenciones y afectos una vez le cogías el tranquillo. Era un poco más bajo que los demás, salvo quizás Ricardo. Todo de negro. Pelo negro. Piel morena. Ojos negros. Sólo su sonrisa iluminaba algo, y lo hacía bastante, tanta sombra que parecía ser.
En cuanto a las chicas, Ruth, la novia de Mata, era la típica “jeva”. Todos lo decían, y a ella no le importaba. Rubia, alta, ojos oscuros, ropa negra… guapísima. A Ana no le costaba admitir que Ruth era una belleza. Y se comprendieron desde el primer momento. Según Ruth, David siempre había sido su niño mimado, y, si ella tenía algo con él, ella era su protegida.
Luisa era la más callada del grupo. Casi siempre se limitaba a sonreír, o dar su opinión cuando alguien la pedía. Sin embargo, lejos de ser incómoda, su presencia parecía ser una especie de terapia antiestrés. Pequeña y morena, era como un juguete para los demás, que la tenían como una muñequita, e incluso, Ana pudo ver cómo Mata y Manolo se la pasaban como si fuera una pelota. Era entonces cuando Luisa se descubría, y reía y chillaba divertida.
En cuanto a Jana, era un poco más difícil. Miraba de reojo a Ana con sus ojos azules a través de sus ondas rojizas, sobre esa cara pálida de mejillas pecosas… no le hablaba directamente, nunca lo hizo, y Ana estaba segura de que nunca lo haría. Sin duda se debía a que Jana se hizo muy amiga de la antigua novia de David, Lucía, y, desde que la pareja se rompió, la amistad entre ambas chicas sufrió mucho. Ya apenas se veían, y Jana la echaba mucho de menos.
– Yo creo que tengo que irme ya – anunció Ana levantándose del banco que ocupaban.
– Te acompaño – dijo David levantándose tras ella.
– No hace falta – sonrió Ana.
– Ya… – respondió el muchacho.
– ¿No te parece que esto empieza a ser incómodo? – preguntó David cuando, durante el camino a casa de Ana, llevaban callados cerca de cinco minutos.
– No – rió Ana.
Silencio.
– ¿Qué te ha parecido esta gentucilla?
– Bien…
Silencio…
– ¿Nos vemos mañana? – preguntó Ana.
– Claro… ¿a la misma hora?
– Vale… en el mismo sitio, ¿vale?
– Vale…
Silencio…
Finalmente, llegaron junto a la cancela de la casa de Ana.
– Pues nos vemos mañana.
David puso la mano en la cintura de Ana dispuesto a darle un beso de despedida, pero se sorprendió al notar la mano de Ana rodeando su cuello.
Tal vez ella también se sorprendiera del hecho de que se estaban abrazando tiernamente.
– Ana… – musitó David una vez sus cuerpos se separaron.
– Dime… – respondió ella sonriendo.
– Tal vez vaya a decirte algo que mejor me callaría, lo sé, pero es que, si no te lo digo… bueno… voy a estar arrepintiéndome hasta que pueda volver a verte… o más allá, seguramente… y es algo importante que quiero decirte… y es de las típicas cosas que uno, y yo especialmente, no sabe cómo decir… y no sé si esta es la mejor manera… bueno… en verdad… dudo que sea siquiera una buena manera de hacerlo… pero eso… básicamente, lo que quería decirte es… pues eso… que… no sé, lo mismo no debería, pero ya he empezado a hablar… y es una de esas situaciones en las que no sé hasta qué momento puedo seguir hablando sin decir nada… pero eso… que después de estas semanas… que eso… vamos… no sé… ¿te gustaría…?… no sé… a lo mejor… tener… algo… una especie de… no sé… ¿romance conmigo?
Ana seguía sonriendo.
– ¿Romance, idilio, aventura…? ¿Cosa?
Ana seguía sonriendo…
Se encogió de hombros.
Volvió a abrazar a David, con más firmeza, pero a la vez, con más ternura.
Y, levemente, sus labios se posaron en los de él, probando el frescor de su caramelo.
– No sé. Ya veremos – contestó.
Y se alejó hacia la puerta, dejando a David, finalmente, callado.
Y pensando que un simple “sí” o “no” habría evitado que pasara las próximas casi 24 horas, mínimo, dándole vueltas al asunto…

 

¡Quedan dos horas para que termine el crowdfunding! ¡Aporta o comparte! ¡Muchas gracias!

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El beso del fantasma. Capítulo 4

julio 18, 2017

¡Hola otra vez!
Pues la cosa es esta. El crowdfunding sigue andando, aunque algo paradito, así que me he decidido a subir un cuarto capítulo, a ver si así la cosa se va animando un poco.
Ahora sí que necesito sacarlo adelante, ya que la Editorial Círculo Rojo me ofrece su apoyo y plataforma para la distribución de
El beso del fantasma, ¡pero para eso tenemos que conseguir el objetivo de 1600 euros!
¡Y, por si acaso, los tres primeros capítulos podéis encontrarlos a partir de aquí!

“¿Qué haces…?”
Nunca me disgustó vestir de traje.
En serio. A mucha gente le resulta chocante conociendo mis tendencias, mi música, y cómo suelo vestir. Después de todo, ¿a cuántos guitarras rítmicos de un grupo heavy que acaba de terminar el instituto se les ve con traje y corbata?
Pues a mí tampoco… pero eso no significa que no me gustara.
Y no, no creo que hubiera sido esta la manera en la que hubiera elegido pasar el resto de la eternidad, o lo que sea que me quede aquí…
Pero así es: pasaré el resto de los tiempos con un traje negro, camisa gris perla y corbata también negra… y unas Converse de las de toda la vida.
Lo mejor es que, a pesar de cómo quedé tras salir del coche, todo parezca como nuevo… incluido lo que iba dentro del traje…
Pero bueno, supongo que no te interesa oírme hablar de estilo… así que vamos a lo que vamos.
Llegó un momento en el que estaba más que aceptado que estaba muerto, y, créeme, pocas cosas hay mejor que la muerte para agudizar el humor negro… pero, al mismo tiempo, no hay nada peor para… bueno… para todo lo demás.
Digamos que todo es, al menos al principio, como un sueño, aunque tal vez se deba a que eso de dormir y soñar se acabó. Pero así es… todo es confuso, y, aún así, lo aceptas… como si nada…
¿Y la gente? La gente viva, vamos…
Joder… son como emisores de luz… de calor…
Bueno, la luz no la ves… pero la notas, te sientes atraído por ella… el calor sí lo sientes. Quieres tocarles para aliviar tu frío… pero no lo haces… no preguntes por qué, pero no lo haces…
Es como un miedo.
Bueno, los demás como yo, no sé… en una semana o así no había visto a nadie más como yo… no sé si es que no había, o que no podía verlos…
Y créeme… eso no es necesariamente bueno… ¿Te imaginas la sensación de soledad?
No te preocupes, algún día la sentirás…
¿Ves lo que te digo del humor negro?
No sabía qué debía hacer, ni a dónde podía ir…
Por supuesto, me sentía atado a algunos lugares… mi casa, la plaza donde quedaba con los amigos, el cuarto de mi… vamos, de Ana, la librería de mis padres, el local de ensayo… pero no me sentía demasiado a gusto en ninguno de esos sitios por mucho tiempo, por varias razones… Sobre todo en el local, que casi siempre estaba vacío… salvo tal vez Ricardo, sentado a la batería sin tocar, sólo mirando al vacío…
Es como… no sé… ¿sabes la sensación que se tiene cuando vas a un sitio en el que lo has pasado tan bien, pero que alguien que relacionas con ese lugar ha muerto, y estar allí ya nunca será lo mismo?
Pues igual, pero el que ha muerto eres tú, así que es como si todos los demás que tuvieran algo que ver con eso hubieran muerto.
Vamos, que no es agradable, aunque está claro que otra cosa no se puede hacer.
Masoquismo de muerto, vamos…
Como te cuento, se volvía insoportable a cada momento que pasaba. Al menos, si tuviera esperanza, me quedaría la cosa de que todo mejoraría en algún momento. Pero es difícil tener esperanza cuando ves que todo se ha acabado, ¿no crees?
En seguida dejas de responder cuando oyes tu nombre. Al principio, vagando por las calles, escuchaba a alguien gritar “¡David!” u, “¡Oye!”, o cualquier cosa, e, instintivamente, me giraba, como cualquier otro, aunque sabía que no iba por mí. Ahora ya ni eso…
Supongo… bueno, creo que está bastante claro, que la alienación es parte del paquete…
Y no, no es nada agradable…
Yo siempre fui una persona muy sociable. Me encantaba estar rodeado de amigos, y nunca tuve dificultad para conocer gente…
Tal vez la soledad sea el mayor castigo que pueda recibir por mis pecados. Pero, ¿qué pecados? Nunca le hice mal a nadie intencionadamente, que yo sepa. Nunca me metí en broncas, nunca traté mal a nadie, siempre fui respetuoso y educado… No creo que Dios me haya castigado por no haber ido a misa y esas cosas… aunque, después de esto, tengo más claro que eso de Dios no me lo creo. Al menos, no más que en el Ratoncito Pérez. Al menos, los Reyes Magos y Papá Noel tienen base histórica, ¿no?
Pero bueno, supongo que me estoy yendo un poco por las ramas…
Pero es que, sinceramente, da un poco de asco ver la vida, por llamarla de alguna manera, que llevo… lo comprendes, ¿verdad?

¡Pues hasta aquí el cuarto capítulo!
¡Si queréis seguir leyendo, ya sabéis lo que toca! =D

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El beso del fantasma. Capítulo 3

junio 27, 2017

Allá va el tercer capítulo de El beso del fantasma. Si no habéis leído los anteriores, aquí tenéis el primero y aquí el segundo. ¡Espero que os guste!

Manolo se tiró sobre la cama, buscando un cigarro.
A pesar de no saber nadie en su casa acerca de su incipiente tabaquismo, sacó del bolsillo interior de su chaqueta un paquete de cigarrillos. No le fue fácil sacar uno y encenderlo. Casi llora al verse impedido ante la simple falta de dos dedos de una mano.
“Egoísta de mierda”, pensó. “Tu amigo ha muerto y tú todavía echarás de menos dos putos dedos.”
Gustoso habría dado sus dos manos a cambio de la vida de David.
Sin ganas, se levantó de la cama y se dirigió al ordenador. Mientras esperaba a que se cargara, alargó la mano izquierda para coger su Cort, negra y blanca, y la colocó sobre su regazo.
Acarició el mástil con su mano derecha, pulsando las cuerdas en sus trastes, mientras la izquierda caía inerte por encima de las cuerdas junto al puente, con sus tres dedos dudando qué hacer.
No soltó la guitarra, sin siquiera haber sacado una nota, hasta que en el Trillian saltó una ventana.
Era Lidia.
– Hola.
– Hola. ¿Qué tal ha sido?
– Imagínatelo… no ha sido agradable.
– Lo siento… pensé que no debería haber ido… pero me habría gustado ir con vosotros.
– Sí, lo imagino…
– ¿Qué tal está Ricardo?
– Pues imagínate… -. Manolo respiró hondo -. El pobre está fatal… pero sigue adelante… ¿Qué le vamos a hacer?
– Claro…
– Mira, Lidia… sinceramente, no sé por qué he encendido esto… pero ahora me doy cuenta de que no tengo ganas de estar aquí… aunque la verdad es que no tengo ganas de nada, realmente…
– Sí, te entiendo.
– Nos vemos luego, ¿vale?
– Claro… ya sabes dónde encontrarme…

La puerta se abrió, y el padre pudo oír cómo su hija entraba y, sin decir hola, subía las escaleras a su cuarto.
Ella sabía que él no veía sentido en que fuera al funeral de ese pobre chico. Podía comprender lo que sentía ella, pero nunca vería aquello de otra forma que no fuera como el principio del fin de sus quebraderos de cabeza, por muy duro que fuese.
Pero Ana tenía rota el alma, y en ese momento, lo que menos le preocupaba era lo que su padre pensara.
Tras encerrarse en su cuarto, se arrojó contra la cama, y mordió la almohada con tal de que no la escucharan cómo moría poco a poco.
Las lágrimas, el desgarro que sentía en el interior de su pecho, la voz que moría por salir gritando al mundo su dolor, no eran suficientes para calmar su pesar, ni serían suficientes para que aquellos a los que tenía por su familia sintieran un mínimo de piedad por su pequeña.
De pronto vivía en un mundo donde lo único que tenía sentido era su dolor… y ni siquiera eso escapaba de la más descabellada locura que una mente enferma sería capaz de engendrar.
No veía el momento en que despertaría de esa pesadilla tan real…
Todo. De repente, todo lo que tenía sentido, belleza, alegría en el mundo, se había ido.
Para siempre.
No volvería.
¿Cómo podría aguantar toda una vida sin su vida? ¿La vida que daba vida a su propia vida? ¿Sin todo aquello que le daba valor y sentido?
Todo a su alrededor le recordaba a David… las fotos y dibujos que decoraban paredes y muebles, la música que escuchaba a cada momento, la misma luz que el sol colaba por la ventana, esa cama en la que compartieron tantos buenos y malos momentos…
La misma vida le recordaba a David. Y él ya no estaría nunca más con ella.
Se tumbó boca arriba, los ojos arrasados en lágrimas.
No podía haber nada en el mundo que no le recordara que estaría por siempre sola, vacía, despojada de toda alegría.
Pero, lo que no sabía, era que no estaba sola en su dolor.
En una esquina de su habitación, sin que ella pudiera verle, el amor que daba muerte a su vida, compartía ese sufrimiento del que se sabía responsable.

¡Hola, buenas! Os he dejado aquí el tercer capítulo de El beso del fantasma. El crowdfunding para la edición del libro ya está abierta, y, si os interesa, podéis echarle un ojo aquí.
Y si no os interesa por lo que sea, agradecería igualmente que movierais la campaña entre vuestros amigos. ¡¿Quién sabe a quién le podría interesar?! =D
¡Muchas gracias por leer!

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El beso del fantasma. Capítulo 2

junio 16, 2017

Este es el segundo capítulo de El beso del fantasma, novela que estoy a punto de reeditar. Si no has leído el primer capítulo, puedes encontrarlo aquí.

EDIT: ¡Ya está abierta la campaña de crowdfunding

 

 

Era el más insulso sábado noche de marzo. De esas noches en las que el tiempo no parece tener muy claro si es invierno o primavera.

En Alcidia, la juventud tomaba de nuevo las calles, en un intento de liberarse de las preocupaciones y rutinas del resto de la semana.

Un coche pasó demasiado cerca de una muchacha que pretendía cruzar la calle, y tal vez se hubiera llegado a la tragedia si un brazo amigo no la hubiera agarrado de la cintura, tirando de ella con firmeza y suavidad.

– ¡Ten cuidado, gilipollas! – gritó alguien desde el vehículo.

– ¡Que no me cago en tu padre por no darte pistas, hijo de puta! – respondió la chica.

Se giró para dar las gracias al amigo que la salvara, pero se sorprendió al ver a un completo desconocido.

– Oh, vaya… – dijo ella -. ¿Quién eres? No te conozco…

– No, no… Pero bueno… No sé…

El muchacho pareció darse cuenta entonces que seguía con su mano en la cintura de la chica, aunque pasó de rodearla a sólo posarla sobre la suave piel un poco más arriba de la cadera.

Y la quitó con un ligero respingo.

– Perdona… – se excusó el chaval.

– No, no pasa nada – sonrió la chica.

Tenía la chica los ojos de color castaño, más grandes, más intensos que los azules de él… El pelo de ella era negro como la pupila de un lobo, y caía libre y ondulante como el viento de la noche. Negras eran también sus ropas, raso, lana, cuero y algodón, como las de él, cuero y vaquero. Su pelo salvaje y oscuro, sus azules ojos penetrantes.

Podría ser sólo a primera vista cuando cualquiera podría pensar que estaban hechos el uno para la otra…

Quilla, que nos vamos! – advirtió a la muchacha uno de sus amigos, una vez pareció que todo iba volviendo a la normalidad.

– Sí, claro… muchas gracias – dijo volviéndose al muchacho -. Ya nos vemos – y se despidió con un gesto de la mano y una sonrisa.

Y ahí quedó él, rodeado de sus atónitos amigos, pensando que no volvería a ver a aquella maravilla hecha de luz y carne.

Y no volvería a verla… hasta pasadas dos semanas.

Entonces el sol parecía haber convencido al cielo de que era su momento.

Y quiso el destino que los pasos del joven le condujeran por delante del banco donde la muchacha leía un pequeño libro de gastadas pastas negras y hojas amarilleadas por el paso de los años.

– ¡Hola! – saludó él, sorprendido de su propia sorpresa.

La chica levantó la mirada, y le vio mirándola mientras pelaba un caramelo de menta.

Le gustaba ponerse a leer a media tarde en el parque cuando hacía bueno. Ahora parecía muy interesada en el volumen que leía. Por eso, el joven pareció sentirse arrepentido de intervenir al momento.

– Hola… – devolvió el saludo con una bella sonrisa.

– No te acuerdas de mí, ¿verdad?

– ¿Cómo que no? Mi ángel de la guarda…

Él sonrió.

– Siéntate – invitó ella señalando al banco -. No te he dado las gracias…

– Sí me las diste – respondió él, tomando asiento -. Justo antes de irte la otra noche.

La muchacha le miraba con una divertida sonrisa.

– Me llamo David – dijo él.

– Yo Ana.

– Ibas como loca la otra noche.

– No era culpa mía. Esos gilipollas… por cierto, debiste pensar que soy una ordinaria…

– ¿Por lo que les dijiste a esos del coche? Que va… si luego, pensándolo, me reí mucho…

La muchacha sonrió.

Se hizo el silencio.

Empezaba a resultar incómodo.

– Bueno… – dijo David -. Creo que me voy.

– ¿Te volveré a ver? – preguntó Ana, tomando la mano de David.

Pareció arrepentirse nada más hacerlo, pues sus ojos se cerraron fuertemente mientras su boca chasqueaba tímidamente y su mirada se desviaba hacia el suelo.

– Claro… – respondió él -… si quieres.

Ana sonrió sin mirar a David. Y cuando levantó la mirada, sus ojos castaños penetraron el alma del muchacho.

– Me temo que eso es algo que tendremos que descubrir de alguna manera…

– Pues si tú te sorprendiste, yo más – confesaba Ana la tarde del viernes siguiente -. “Me temo que eso es algo que tendremos que descubrir de alguna manera…” – se imitó a sí misma -. ¡Vaya una frase barata!

David no pudo evitar reír estridentemente.

Había algo en su sonrisa que llenaba a su nueva amiga de paz.

Acababan de conocerse, pero él sentía que llevaban toda la vida buscándose.

Ella parecía querer preguntarle algo, pero no era como si no supiera qué era o cómo decirlo.

– ¿Qué edad tienes? – preguntó finalmente.

– Cumplí 18 en noviembre. ¿Y tú?

– Eso no se le pregunta a una dama – respondió Ana sonriendo -. Yo cumplí 16 la noche que me salvaste la vida.

– Exagerada…

– ¿Exagerada? – protestó -. ¿Será mamón? ¡Me salvaste la vida!

– No creo… tan rápidos no iban los hijoputas esos… no te digo que…

– Bueno – interrumpió Ana -… pero la falda que llevaba era de una amiga… se la llega a llevar por delante el coche ese y no vivo para contarlo.

– Bueno, vale… admitiré que te salvé la vida…

La chica sonrió y pareció que el sol asomó entre las oscuras nubes.

– Eres mi ángel de la guarda…

 

 

 

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El beso del fantasma. Capítulo 1

mayo 27, 2017

Me llamo David Rojo Cano. Nací el 23 de noviembre de 1986 en Alcidia, Cádiz. Tengo, por tanto 19 años.

Y no cumpliré más.

Hace seis semanas, morí.

Suena raro, ¿verdad? “Morí”. A veces me pregunto si estará bien dicho así…

Pero vayamos por partes. Confieso que puede parecer raro el que un muerto, que ni tan siquiera puede posar sus dedos en un teclado, aún menos sostener un bolígrafo, os cuente esta historia. Pero para eso debo agradecer la ayuda desinteresada, y poco voluntaria, de alguien cuya identidad permanecerá, al menos de momento, discretamente omitida.

Como ya dije, hace seis semanas, el 14 de mayo del año 2005, mi vida acabó. Era un sábado más. Nada especial. Hasta que, mientras volvía con mis amigos de una noche por Cádiz, supuestamente de divertirnos, un coche nos adelantó en la autovía. Estaba claro que el conductor iba borracho, o colocado, porque, al incorporarse al carril, dio un frenazo, hizo un trompo, y nos dio de lleno. Los dos amigos que me acompañaban salieron del hospital a los pocos días. Yo no llegué a entrar.

Tengo vagos recuerdos de ese momento. Me arrastraba entre los enfermeros, médicos y policías pidiendo ayuda, pero no me hacían caso alguno. Entonces me vi a mí mismo tirado en el asfalto, la mirada perdida, la cara ensangrentada, inerte.

Aún así no pude admitir que estaba muerto.

También pude ver al responsable de mi muerte. Estaba siendo atendido por tantos sanitarios como los que intentaron, en vano, devolverme a la vida.

El muy hijo de puta era el que mejor había quedado de los cuatro.

Quise gritar. Pero ni un sonido salió de mi garganta más allá de un gemido agónico.

¿Qué iba a pasar ahora? Todo había terminado. ¿Pero qué fue del túnel, de la película de la vida, la luz, el cielo o el infierno?

No hubo nada de eso. Sólo yo, ante mi cadáver, escuchando los llantos de mis amigos, diciendo que aquello no era posible, que no era más que una pesadilla.

Deseaba que tuvieran razón. Pero, en el fondo de toda esa esperanza, sabía que no iba a serlo.

Cuando quise darme cuenta, todo aquel alboroto había cesado. La carretera estaba cortada, y allí sólo quedaban unos miembros de la policía. La prensa no llegaría hasta la mañana siguiente, dispuestos a contar una nueva tragedia en las carreteras del sábado noche.

Y tenía frío.

De repente, tuve frío. Pero no un frío que te rodea y que hace que desees abrigo más que otra cosa. Ojalá fuera eso.

Ese frío nacía de mi interior. Y supe que nada, a lo largo de la eternidad, mitigaría ese frío.

Los días siguientes fueron como un sueño. Ya sabes, uno de esos de los que despiertas y sólo guardas algún recuerdo, poco claro, que sólo aparece cuando menos te lo esperas.

Lo único que tengo claro en mi memoria fue mi funeral.

Fue bonito. Para qué negarlo…

En la iglesia de mi barrio, con todos mis amigos y mis familiares. Una gran foto mía de la pasada nochevieja, vestido con mi traje negro, con la sonrisa del que no sabe que en medio año sólo quedará de él el recuerdo.

Y la música. Nunca pensé que respetarían mi deseo, y pondrían Watching Over me de Iced Earth al principio, y Brothers in Arms, de Dire Straits, al final.

Hasta yo me conmoví.

Y, sentada en la segunda fila, llorando sin consuelo, Ana.

Ana nunca gustó a mi familia, y yo nunca comprendería por qué. Tal vez porque yo nunca gusté en la suya.

“Puedes aspirar a algo más”, le decía su familia.

“Apuntas demasiado alto”, me decía la mía.

Nunca les entendimos. O nunca nos importó entenderles.

Pero no les escuchábamos.Qué más daba, después de todo. Lo único que importaba era que éramos felices. Bueno, a veces…

Pero, al verla llorar en mi funeral, supe que yo nunca más lo sería.

Tal vez eso sea peor que morir: saber que en toda la eternidad no volverás a tener razones para sonreír.

No. Sin duda. Es peor.

Ver las lágrimas de Ana… eso no podía ser superado. Normalmente, cuando lloraba, la rodeaba entre mis brazos. Y, si no conseguía consolarla, acabábamos llorando juntos. Aunque, por lo general, bastaba el abrazo y unos besos para devolverle una sonrisa.

Pero ahora no habría forma de hacerla sonreír.

Ahí la veía, tan bella, vestida de negro, tan negro como su cabello ondulado, sus ojos castaños, adornados con tristes ojeras y rodeados del rojo producto de tanto llanto. Sus labios temblando mientras las notas de la primera canción comenzaban a sonar. La mirada perdida, ladeando la cabeza, sin admitir que yo ya no estaría a su lado para consolarla.

Pero ahí estaba yo. Sufriendo su pena más que mi muerte.

Y sin poder hacer nada…

También mis padres, mis hermanas y mi cuñado estaban allí, hechos una piña. Consolándose mutuamente. Incluso culpándose sin motivo de mi desgracia.

Y yo no podía decirles que no tenía sentido. Que no había sido su culpa. Ni mía. Y Ricardo, uno de mis mejores amigos, el que conducía esa noche y no fue capaz de esquivar esa muerte de metal rodante que acabó conmigo, con su pierna rota escayolada, que se negaba a que nadie firmara, y Manolo, que estuvo a punto de perder su ojo izquierdo junto con los dos dedos que ahora le faltaban en esa mano, y que iba de copiloto.

A ellos los vi más afectados incluso que a los demás. Pero verlos vivos fue, quizá, lo único que me hizo soportable estar allí.

Yo iba sentado atrás. Sin cinturón. No había cinturón atrás. Cuando la puerta se abrió con el impacto, yo salí disparado, caí contra el asfalto, y rodé hasta morir. Eso lo recordé en ese momento.

Me acerqué a Ana. No soportaba verla así. Pero, si ella sólo podía sentir dolor, al menos, yo lo sentiría junto a ella. Así que me senté a su lado, en un asiento libre.

Y lloré.

Lloré tanto como ella, pues no podía decirle que no pasaba nada, que todo se arreglaría, que mañana será otro día. Y no sólo porque no pudiera oírme, sino porque yo no lo creía.

No es fácil aceptar que las peores pesadillas son la nueva verdad.

Aún menos saber que lo serán siempre.

EDIT: Sigue aquí.

RE-EDIT: ¡Ya está abierta la campaña de crowdfunding!

¡¡Hey, hola!! ¡Cuánto tiempo, ¿eh?!

Sin duda os estaréis preguntando a qué viene esto aquí ahora. Bueno, pues nada, que estaba en casa haciendo mis cosas de escribir novelas y hacer cómics y me dije “¿Por qué puñetas no le hago caso ya a la gente y publico El beso del fantasma por mi cuenta de una puñetera vez?

Así que nada, aquí me tenéis, colgando fragmentos para tratar de engancharos a esta novela fantástica de terror y romance, donde acompañaréis a David a lo largo de sus días como fantasma tratando de encontrar qué hay después de todo esto… a pesar de saber que, sea lo que sea, no le va a gustar.

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Entrevista a Pedro de Matos

julio 6, 2016

¡Eh, hola, tengo esto, sí!
Algunos os estaréis preguntando (no) “Coño, Pedro” (Eso no es, técnicamente, una pregunta), “¿qué mierda has estado haciendo?”
Bueno, espero que esto os dé una pista…

be brilliant yeah!

-“Es parte de ti, de tus neuras, tus sueños y tus oscuridades” –

 ¿Que seria de un personaje sin una buena historia detrás? ¿Que haríamos sin las historias que cautivan? Hoy tenemos con nosotros a Pedro de Matos, guionista.

Antes de empezar, ¿te presentarías al público?

¡Hola, público! Soy Pedro de Matos, conocido también como Lograi por los internetes. Escritor, guionista y, accidentalmente, autor de cómics. Nací en Cádiz y escribo novela desde los 14 años, me he dado un par de golpes contra la industria editorial literaria y ahora, por esas cosas de la vida que te pillan por sorpresa, me veo haciendo tebeos.

¿Compartes con nosotros tu formación?

Soy principalmente autodidacta, pero tengo mucha suerte de tener cerca a gente con mucho talento y mayores conocimientos que no se cortan a la hora de decirme lo que hago mal. También hice un curso de verano en la…

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Re(la)to 014 – El crimen perfecto.

agosto 23, 2014

Los demás chavales de su clase no hablaban de otra cosa.

“Yo lo he visto”, decía Sergio. “Empieza a la una de la noche o más tarde”, aseguraba. “Y se ve de todo.”

Los demás escuchaban a Sergio fascinados.

“Unas tías buenísimas”, decía. “En pelotas, de todas clases, haciendo de todo, cosas que no sabía que se podían hacer. Con tíos o con otras tías.”

Todo aquello sonaba como lo más fascinante para una panda de mocosos de la edad de Sergio y sus compinches.

Por supuesto, la experiencia adquirida tras encender la tele de su cuarto durante esa noche de insomnio preadolescente y sintonizar uno de los nuevos canales locales, convirtió a Sergio automáticamente en la persona que más conocía el sexo entre sus compinches.

Era, inevitablemente, un héroe.

Todos querían ser como él, ser depositarios de su sabiduría y de la admiración que recibía.

Pero no Danielillo.

Él sólo quería ver eso tan fascinante que Sergio juraba haber visto, y más en ese momento en el que lo que pasaba bajo las ropas de sus compañeras de clase empezaba a ser más interesante que nunca, más misterioso, más decisivo, en su aún corta existencia.

Por eso, aquella fue la semana más larga en la vida de Danielillo. Se le hicieron interminables los días hasta la llegada del fin de semana, donde llevaría a cabo la primera parte de su plan.

Por eso, tuvo tiempo más que suficiente para pulir cada una de las aristas de su intriga casera.

En primer lugar, se aseguró de tener una cinta virgen preparada. Una de 240, por lo que pudiera pasar.

En segundo lugar, bajaría a leer un libro mientras su familia veía la tele la noche del siguiente sábado.

Asutamente, dejaría el libro despistado en el sofá mientras todos subían a prepararse para dormir.

Educadamente, dejaría que el resto de su familia pasara antes que él por el baño, de modo que fuera el último en irse a la cama.

Entonces se “daría cuenta” de que se dejó el libro abajo en el salón, por lo que tendría que bajar para seguir leyendo esperando al sueño.

Aprovecharía entonces para programar el vídeo, tarea para la cual se había preparado a conciencia durante cada rato que tuvo disponible, y lo hizo lo más rápido que pudo, llegando incluso a tener que sintonizar él el canal por su cuenta.

Entonces, esperaba, durante la noche, el vídeo se conectaría para grabar ese teatro de lujuria que Sergio, bastardo afortunado con tele propia en su cuarto, aseguraba que se emitía.

El despertador bajo su almohada le despertaría antes que a nadie, dándole tiempo a bajar, rescatar la cinta y, en silencio, regresar a su cuarto escaleras arriba y esconder la cinta en su habitación a la espera del momento de poder disfrutar de tan lúbrico espectáculo.

La primera parte de su plan, la más difícil, fue concluida a la mañana del domingo, y durante varios días la ansiedad creció en su pecho mientras esperaba a la tarde del miércoles, en la que se quedaría solo en casa durante horas suficientes para poder gozar de su captura.

Y llegó el momento.

Y si bien fue cierto que aquella tarde Danielillo aprendió muchas cosas que eran prácticamente inimaginables, también era verdad que se quedó bastante decepcionado por la total ausencia de esas mujeres que con tanta emoción describía el cabrón de Sergio…

Hutopo pidió “porno gay”. A ver qué le parece esto…