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El Portal (cuento de Navidad) (relato)

agosto 9, 2009

Muy bien… hoy estoy dispuesto a enfrentarme contra la vergüenza que me causa el colgar este relato.
Bueno, os pongo en antecedentes. Este relato lo escribí para presentarlo al concurso de relatos navideños de mi instituto, hace ya casi 11 años.
El tono de la historia se debe sin duda a mi rebelión hormonal (sí, a mí me duró hasta los 19 o así), como a mi disfuncional vida amorosa (eso duró aún más) así que no os asustéis si veis que no se parece a nada de lo que acostumbráis a leer de mí… Los que hayáis leído algo más aparte de lo poco que ya he colgado 😆
Por cierto, como es habitual, los personajes de este relatillo fueron rescatados para una novela que empecé hace bastante tiempo (y que no tiene nada que ver xD), pero que está bastante colgada…
Tengo que investigar algunas cosas y eso…
¿Cuela?
Pues bueno, os dejo en el portal…

En el portal de Belén no había estrellas, ni Sol, ni Luna. Tan sólo una pobre luz de neón que se apagaba cada cinco minutos. Tampoco estaban la Virgen, ni San José, ni ningún niño en ninguna cuna. Sólo estaban Verónica y Mateo, y con ellos, Chano.
– ¿Dónde estará la niña esta? – preguntó Verónica. A pesar de ser aún las diez y media, los tres estaban impacientes. No había nadie en casa de Belén. Había ido a cenar a casa de sus abuelos, y a las once quedó en la puerta de su edificio con Sofía, Rico y los tres que, convencidos por el frío que reinaba en el exterior, se refugiaron en el descansillo de la planta baja, con la sola compañía de un ficus, adornado con espumillón por las fiestas, y los buzones, llenos, seguramente, de tarjetas de felicitación navideña ahogadas entre catálogos del Pryca.
Chano se encontró con su amigo Mateo y la novia de este, Verónica, cuando la Nochebuena aún era día, y le convencieron para que se quedase con ellos hasta la hora de la cita. Mientras los tres compartían una pizza familiar, Chano comunicó a la pareja su intención de pedir a Belén que saliesen juntos.
– Ya era hora – le dijo entonces Mateo -. Tiempo has tenido.
Tenía razón. Chano era de la opinión de que conocer a Belén fue el mejor regalo que pudo recibir por su decimoséptimo cumpleaños. Hacía ya de eso siete meses. Al principio, sólo su apariencia física le llamó la atención. Pensó que esa amiga de la novia de su compañero de pupitre, cuyo nombre no estaba seguro de recordar, sin ser un prototipo belleza ni poseer una muy escultural figura, le resultaba de un gran atractivo. No volvería a verla hasta entrado el verano. Cuando salían todos juntos, Belén solía venir y, aunque al principio no pasasen mucho tiempo juntos, pronto se hicieron amigos, aunque la confianza entre ambos nunca fue grande. Aún así, Chano empezó a experimentar un considerable aumento en su atracción hacia Belén. Acabó haciéndose tan grande, que no podía ni explicárselo. Empezó a pensar que era verdaderamente hermosa. Pero fueron sus otras cualidades las que más le llamaron la atención: su sinceridad, su amistad incondicional, su sentido del humor, su inmortal sonrisa… cada vez que la veía, descubría algo nuevo en ella. Más tarde, ambos descubrieron que tenían algo en común. Los dos habían salido recientemente de una relación poco entrañable, quizás por eso ninguno de los dos se atrevió a dar el primer paso, ya que, según Belén le comentó a Vero, Chano le parecía bastante buen chaval, muy simpático, y muy guapo. Cuando Chano, a través de Mateo, supo esto, se sintió empujado a declararse. Pero el recuerdo de Cristina, su primera novia, que tantos disgustos le dio (engaños, infidelidades…) le hacía pensárselo mejor cada vez que cruzaban unas palabras. Pero eso ya le daba igual. No se arrepentiría nunca por lo mal que Belén podría hacérselo pasar como por cada una de las veces en que pudo pedirle relaciones más serias y no lo hizo. Chano recordaba esto con una pava sonrisa en los labios.
Pero había un problema.
– Tienes que pedírselo antes que Ramón – le había dicho Vero -. Si no, puedes perderla para siempre.
Ramón, el Mamón, como Chano y sus amigos le llamaban. Nadie, y Chano menos que ninguno, podía explicarse qué era lo que Belén podía ver en ese tarugo. Era, tanto física como psicológicamente, lo opuesto a Chano. Ramón, el Mamón, era compañero de clase de Belén, y Chano ni siquiera estaba en el mismo instituto. Él, según Verónica (quien, sin duda, prefería a Chano para ser el novio de su amiga), sí pensaba que Belén estaba realmente buena, y, al parecer, era incapaz de ver en ella cualquier otra de sus innumerables cualidades. Después de todo, la única razón por la que lo intentase con Belén era el hecho de que Verónica saliese con Mateo, lo que la hacía inalcanzable. Eso revolvía las tripas de Chano.
Ahora el Mamón estaba de vacaciones, pero, tal y como le repitió a Belén tantas veces que a Verónica le resultaron excesivas, el día 27 volvería.
– Se ha levantado viento – comentó Verónica. Mientras charlaban, en los relojes sonaron las once en punto.
Lo que a Chano le resultaba realmente grave era que fuese a pasar la Nochevieja en Córdoba, en casa de sus tíos, por lo que no podría asistir a la fiesta de año nuevo que su grupo de amigos iba a celebrar en la sala de fiestas del tío de Paco, quien le prometió dejársela a su sobrino para tal ocasión si aprobaba selectividad en junio, como así fue. Lo peor es que Paco fuese tan amigo de Ramón, por lo que esa noche podía ser la última oportunidad para Chano: al día siguiente salía para Córdoba.
– Parece que el tiempo empeora – comentó Mateo. El toldo recogido del establecimiento de enfrente empezó a agitarse con mayor violencia.
Chano no quería que su historia se repitiese. Tres años antes, cuando aún no se había despojado del todo de su niñez, conoció a Susana. No le pidió salir por puro miedo, lo que no le pasó a Francis. Ni Chano ni nadie podía comprender cómo una chavala como Susana podía cambiar tanto con una relación. Su timidez, que tan encantadora la hacía, había sido totalmente erradicada de su persona. Había descuidado por completo sus estudios, sus amistades, sus proyectos… sus sueños. Tardó cinco meses en recuperarse de la depresión en que se sumió cuando Francis le puso los cuernos, pero nunca volvió a ser la misma.
– Parece que va a llover – dijo Mateo -. ¡Con el día tan bueno que hacía!
Chano nunca dejó de culparse por lo que sucedió con Susana, y en Ramón no veía sino un reflejo de Francis. Esta vez no podía fallar. Llevaba meses mentalizándose, reuniendo el valor necesario, hasta que tuviese una ocasión, para pedirle que fuese su novia. Y la oportunidad era esa noche. Después de todo, Sofía y Rico salían juntos desde hacía seis meses, y Mateo y Verónica estaban cerca de los tres años. Sólo Belén y Chano no formaban pareja, pero, el hecho de que los otros estuviesen tanto tiempo a solas con sus respectivas parejas (como Chano esperaba) le daría a Chano no una, sino muchas oportunidades. Además, el que Belén tuviese tantas ganas de salir esa noche, a pesar de las circunstancias, hacían pensar a Chano que, en verdad, él le gustaba. Eso le hacía feliz.
El frío del exterior se hizo un hueco en el portal al entrar una pareja mayor. El viento recorrió las espaldas de los tres amigos.
– Si te dice que no, esta niña la convencerá de lo contrario – afirmó Mateo señalando a la muchacha que se acurrucaba entre sus rodillas.
– No creo que te diga que no – añadió Vero.
– ¿No? – preguntó Chano, con una sonrisa entre sorprendida y eufórica.
– Tú le gustas. Y mucho. Lo que pasa es que el mamón le gusta igual. Ayer me dijo que saldría con el primero que se lo pidiese. Y, de todas formas, cuando ella decide algo, nada puede hacerla cambiar de opinión. Así que no podría hacer nada por ti.
Eso a Chano no le importaba, ya que no tenía miedo. Cristina y Belén eran muy distintas entre sí. Belén sufrió tanto por Roberto como Chano por Cristina, así que no le preocupaba que pudiese volver a pasar lo mismo. Y, además, lo que sentía entonces por Cristina, no era nada en comparación con lo que ahora sentía por Belén. Y seguía sin ser capaz de explicárselo. Aunque, en verdad, eso era lo que menos le importaba.
– Ya son y diez – comentó Mateo -. Que Belén tarde, puede ser que se haya entretenido en casa de sus abuelos, ¿no?
– Sí – dijo Vero -. Pero, vamos, que dijo que, a esta hora, ya estaría aquí.
– Lo raro – añadió Chano – es que Rico y Sofía lleguen tarde. Siempre son los primeros…
En la calle, empezaba a llover.
En el portal de Belén no había estrellas, ni Sol, ni Luna. Sólo una luz de neón, incapaz de permanecer encendida más de cinco minutos. Tampoco estaban la Virgen, ni San José, ni ningún niño en ninguna cuna. Tampoco estaban Rico ni Sofía, ya que, a última hora, y aprovechando la ausencia de los padres de Rico, decidieron cambiar de planes y celebrar juntos y a solas la Nochebuena. Sólo estaban Verónica y Mateo, acompañados por Chano, quienes ignoraban, a diferencia de Sofía (la única que sabía algo), que Belén fue castigada esa noche, poco antes de salir con sus padres, y que la pasaría con toda su familia, en casa de sus abuelos. Aunque le quedaba el consuelo de que, en Nochevieja, podría ir a la fiesta de Paco…
La luz del portal se apagó por última vez.

San Fernando, 14 – XI – 1998

PD: En esta ocasión, no me comí nada del premio. Y eso que tenía infiltrados en el jurado… 😆
Pero bueno… ambos infiltrados (una amiga y un profesor) me dijeron aquello de “Gustó mucho, pero…”
En fin… no sirven los enchufes con plicas de por medio… Y menos si escribes el relato en media hora 😛

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3 comentarios

  1. Pobre Chano se quedó sin su Belén en Navidad¡¡ 😉 A mi me ha gustado¡¡


  2. Mierda Lograi!!! Exijo una continuación! Una en la que Chano no va a pasarla con sus tíos y llega a la fiesta de Paco en una Harley Davidson mientras de no se sabe donde suena Born To Be Wild, decapita a Ramón el Mamón con una espada bastarda y se lleva a Belén mientras suena Still Loving You. Fin.


  3. […] El Portal (cuento de Navidad) (relato) agosto, 20092 comentários 3 […]



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