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El Zorro y la Avispa (III) (fanfic)

octubre 11, 2009

Nasss…
Pues nada, que, como me voy en un par de semanas, antes quería terminar de pasaros esto, para no dejaros a medias…
Aunque un cliffhanger de un mes lo mismo… no, déjalo, no sigas por ahí.
Pero bueno, que sigo con la tercera entrega de
El Zorro y la Avispa.
Para los despistados y/o recién incorporados, aquí está la primera parte y aquí la segunda, por si queréis refrescarlo.
Y para que veáis lo mucho que os cuido, las notas aclaratorias os las pongo aquí y aquí.
Y bueno, sin más que añadir, os dejo con el siguiente fragmento…

– ¿Estás llorando? – preguntó Laurie -. ¡Estás llorando!
– No. No estoy llorando – mintió Caroline.
– ¿Qué te pasa? Cuéntaselo a Laurie.
– No sé qué me pasa – se soltó Caroline -. De repente he sentido algo muy raro y me he venido aquí a estar sola.
Laurie miró a su alrededor. La parte trasera del patio, conocida como “El bosque de los enamorados”, por ser ahí donde las parejas se lo montaban en las fiestas del instituto, solía estar desierto la mayor parte del tiempo. Tenía unos cuantos árboles altos y hermosos dando sombra, lejos de las miradas curiosas del común de los mortales.
– Es un bello sitio para llorar. Aquí lloré yo la última vez.
Caroline se sorprendió. No podía imaginar a Laurie llorando.
– Por un chico.
– Sí. Y por última vez.
Las dos amigas permanecieron en silencio. Laurie se tumbó en la hierba, junto a Caroline. Esta adoptó su postura, acariciando el hombro de su amiga, y ambas compartían la contemplación de las copas de los árboles.
– Peyton – dijo Laurie.
– ¿Qué pasa con Peyton? – se sobresaltó Caroline.
– Nada. Sólo quería comprobar tu reacción.

Montada sobre su caballo, Fiona, junto a su embelesado amante, contemplaban la cabalgata de sidhe fugitivos.
– Es una vergüenza – dijo Fiona -. Míralos. Llevan todos sus tesoros lejos de un mundo que pierde su magia, en lugar de luchar por mantenerla. Se llevan sus tesoros, sus quimeras y toda su gloria y su Glamore.
– Es terrible, Fiona.
La Dama se volvió a su amado.
– Lo es mi amor. Pero todos tienen derecho a… – se interrumpió.
– ¿Qué te pasa?
– El Paso se está cerrando.
– Sabías que podría pasar – respondió asustado el mortal.
– Sí, pero… ¡Los nobles! ¡¡Gerión!!
– ¿Qué sucede, mi dama? – exclamó el gigante corriendo desde detrás de Fiona.
– ¡Mira eso y dime que no es verdad!
Gerión miró el Paso cerrándose. El temor le inundó entonces. Pero no tanto como cuando vio lo que sucedía.
– ¡Por el Cielo de Arcadia! ¡No puedo creer lo que veo!
Mientras, lejos de allí, Nisa paseaba triste entre los árboles.
– A mí tampoco me gusta – dijo una voz no muy lejos.
Nisa se volvió para ver a Ardo. Se acercó a él con mirada orgullosa y paso decidido. Una vez estuvieron uno junto a la otra, la guerrera clavó sus fieros ojos en su compañero.
– ¿Vienes solo?
– No hay nadie más.
Nisa desvió la mirada al suelo. Los ojos empezaban a llenársele de lágrimas mientras apoyaba su cabeza en el pecho de Ardo.
– Amor mío… – gimió Nisa.
Ardo rodeó los hombros de su amada con sus brazos, besándole los cabellos.
– Nisa, mi pequeña Luz, no llores.
– Sólo ante ti puedo llorar. Y quiero hacerlo. Siento que una parte de mí muere.
El ruiseñor quimérico, símbolo de su amor, que sólo la pareja podía ver, empezó a cantar posado sobre el hombro de Ardo.
– Fue aquí, ¿no es verdad? – preguntó Nisa.
– Sí. Hace ya medio año.
– ¿Aún sientes lo mismo?
– Hasta el fin de mis días.
Nisa besó el cuello de Ardo.
– “Me ofrezco a vos como regalo” – dijo Ardo -. “Tomadme libremente; libre es la oferta, y para siempre la he de mantener.”
– “Te prometo mi amor y te entrego mi mano” – respondió Nisa -. “Que aquellos que protegen el amor protejan este juramento y a quienes lo mantienen”.
Los amantes se miraron.
– “Y que nunca cometamos falta alguna a sus ojos”.
El ruiseñor agitó las alas y levantó el vuelo, cantando bellas melodías a los amantes.
– Nisa, ya que hemos renovado nuestro juramento…
– ¿Sí?
– ¿No crees que es hora de que los demás lo sepan?
En ese momento, el pelirrojo caballero tornó seria su tierna mirada, lo que trajo la preocupación al enamorado rostro de Nisa.
– ¿Qué te pasa, mi amor?
– El Paso…

La ventana no era precisamente el lugar más excitante del instituto, pero, en esa hora libre, en esa solitaria aula, Caroline no encontraba nada mejor en lo que gastar su tiempo fantaseando. Miraba a través de ella, sentada a su lado, cuando su mente vagaba sola por mundos imaginados.
Un zorro.
¿Por qué había un zorro en el patio?
Un hermoso animal. Más que ningún otro zorro. Sus ojos como el oro, su pelo como el fuego…

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