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El Zorro y la Avispa (IV) (fanfic)

octubre 17, 2009

Pues nada… Aquí os dejo con la cuarta parte de EZYLA. Ya queda poco, y espero poder subirla entera antes de irme.
Para los que quieran repasar, aquí están la primera, la segunda y la tercera parte.
Ea… a pasarlo bien… :p

El pelirrojo amante de Lady Fiona no podía creer lo que veía. El hermoso pueblo de su Dama luchando entre sí.
– Lo siento, mi Dama – respondió Gerión -. Pero me temo que vuestros ojos no os engañan. Los nobles impiden el paso a los plebeyos.
– ¡Malditos sucios relamidos! – exclamó Fiona -. ¡Escuchad, mis valientes! – añadió volviéndose al ejército que esperaba a sus espaldas -. ¡Ayudaremos a los plebeyos que así lo quieran a entrar en Arcadia!
Aún no había terminado de dar la orden, cuando los más valientes de sus guerreros se lanzaron al combate.
– ¡Mi señora! – se oyó una voz a la espalda de Fiona, que miraba horrorizada la batalla tomando la mano a su amante.
La reina se giró para ver a dos de sus soldados salir del bosque.
– Señora, somos…
– Lo sé – interrumpió Fiona -. Os conozco, Nisa ni Fiona, y a vos, Ardo ap Fiona.
– Mi señora – continuó Nisa, mirando el cruento espectáculo del que eran tristes espectadores -. ¿Qué está pasando?
– Allí abajo, miembros de las casas Leanhaun, Balor y Beaumayn impiden el paso a los plebeyos.
– ¡Malditos insensatos! – exclamó Ardo, buscando a Gerión en la batalla -. ¡Maldito seas, Luca!
– ¿Qué sucede? – se preocupó Nisa.
– ¡Es Luca! ¡Está en la batalla!
– ¡Ese tonto..! – gritó Nisa, desenfundando su espada.
El Aguijón centelleó al ser desenfundado. Una luz de plata recorrió su hoja mientras montaba un caballo sin silla y lo ponía de manos en el aire.
– ¡Sígueme, mi amor! ¡Tenemos ocasión de una última fiesta!
El bello corcel quimérico se convirtió en una fiera guerrera bajo la monta de Nisa, mientras Ardo, con una sonrisa enamorada, contemplaba su amada furia.
– Así es mi Luz – añadió, encogiéndose de hombros ante Fiona.
– ¿No quieres un caballo? – preguntó uno de los mozos.
– Yo no monto esas cosas.
Bajó corriendo la colina que coronaban Fiona, su amante y su séquito, dirigiéndose a la batalla.
– Fiona, amor, debemos irnos.
– No, no puedo. Mi sitio está con mi gente.

– Te has vuelto a quedar dormida – regañó Laurie.
– No es verdad – replicó Caroline.
– Sí que lo es. Siempre, todos los lunes, en francés, das una cabezada.
– Estaba muy cansada.
Laurie iba a decir algo, pero Caroline la interrumpió.
– He tenido un sueño muy raro.
– ¿Cómo era?
– No lo sé seguro. Recuerdo un tipo pelirrojo, montado a caballo, a mi lado, vestido como en la edad media.
– ¿Era guapo?
– Sí. Mucho.
– ¿Era Peyton?
– ¡No! Era pelirrojo, te he dicho. Y ese zorro…
– ¿Qué zorro?
– Había un zorro. Y una avispa.

Luca apenas se mantenía en pie. Tenía una fea herida en el brazo, que sangraba abundantemente. El largo cuchillo temblaba en su mano, pero se negaba a abandonar el campo de batalla.
– No… Luca no… – gemía Fiona, que contemplaba la batalla desde lejos -. No es más que un muchacho.
Fiona cerró en su fina cintura las manos de su amado.
– No le dejéis morir…
Luca estaba empezando a perder el sentido. Miró a su alrededor, para ver si podía llevarse a alguien por delante en una épica batalla que sería cantada durante siglos.
Y vio, encorvado delate de él, a un soldado que parecía tan malherido como el joven poeta.
– ¡Eh, tú! – llamó Luca -. ¿Una última frase ingeniosa para tu epitafio?
El sidhe se dio la vuelta, clavando su ojo en el joven hada.
Su otro ojo, el derecho, era como una brutal broma de mal gusto para coronar una cara llena de odio. Su armadura negra, con el emblema de la serpiente y la torre en el pecho, hicieron que Luca recordase las palabras de su maestro.
“Nunca te metas con un Balor”.
– Se me ocurre un epitafio – dijo el guerrero, irguiéndose para mostrar que no estaba en modo alguno herido -. “Aquí yace Hared ap Balor, que mató, entre otros muchos, a un estúpido niño.”
Hared soltó la espada que empuñaba, para sacar otra que le colgaba del cinto. Mientras la iba sacando, Luca sentía un fuerte escalofrío que le tiró al suelo.
“Hierro frío”, pensó Luca, viendo la espada. “Es la perdición de las hadas”.
– Ahora, muere, niño.
Mientras la espada dibujaba un terrible arco para encontrarse con Luca, una enorme mano agarró la hoja, y la apartó de su trayectoria.
– ¡Gerión, maldito estúpido! – le gritaba Luca mientras se apartaba -. ¡Es hierro frío!
– ¡Ya lo sé! – gritó Gerión, soltando la hoja y doliéndose la mano.
– Lamentarás eso que has hecho – escupió Hared.
– Lo mismo podría decirte yo.
Con su mano sana, Gerión levantó una enorme maza, pero el monstruoso golpe fue fácilmente evitado por Hared. Entonces un enorme zorro hizo su aparición en medio del campo de batalla. Su cobriza armadura causó el terror entre los enemigos del jinete.
– ¡Vamos, Luca, sube! – gritó Ardo, extendiendo su mano al joven poeta.
– ¡Nada de eso! ¡Primero mataré a ese cerdo y luego seguiré a Sirala!
– ¡Un plan por vez, amigo! ¡Aún tienes mucho que saber!
Ardo agarró a Luca, quien no podía ofrecer toda la resistencia que hubiese querido o necesitado, y juntos se fueron de allí.
Mientras Vulpen, el gigantesco zorro de Ardo, se alejaba de allí, Luca veía la batalla entre el Balor y su amigo.
Con un simple movimiento de mano de su dueño, la espada que Hared había lanzado al suelo, se elevó y rodeó al troll hasta colocarse a su espalda, apuntándole al corazón. Gerión parecía no haberse dado cuenta de ello, pero, cuando la hoja quimérica se lanzó contra él, se giró y la golpeó con la maza, y aún tuvo tiempo de evitar el golpe de la hoja de hierro… pero no de la daga que el noble escondía bajo su capa…
Gerión clavó la rodilla en el suelo, e inmediatamente después llegó el tajo en su cuello, que casi le corta la cabeza, aunque fue suficiente para destruir su vida, y su alma.
– ¡¡NOOOO…!! – el grito de Luca hendió el aire y el corazón de los amigos de Gerión, que eran muchos.
Ardo miró atrás mientras cabalgaba atravesando el campo de batalla, y vio el cuerpo del gigante retorcerse de agonía. Se puso de pie en la silla, y saltó al campo.
Antes incluso de posar sus pies en el suelo, su hoja había segado la vida de un noble que le esperaba con el arma en ristre, y, al extender las piernas tras caer, el impulso le lanzó contra otro enemigo desafortunado.
Una lanza golpeó la avispa que figuraba en el escudo de Nisa, quien, saliendo de detrás suyo, cortó el aire (y dos cabezas enemigas) con el filo del Aguijón. Pero estaba rodeada por siete miembros de Beaumayn enemigos, más dos que oía acercarse por la espalda. Con un rápido movimiento, colocó el escudo hacia los siete, mientras trazaba un arco con su espada desde donde estaba hasta donde le permitió su brazo, matando a los acechadores, luego volvió a cubrirse la retaguardia con el escudo mientras segaba cuatro vidas con dos estocadas y un rabioso mandoble.
– ¿Todo bien por aquí, mi amor? – preguntaba Ardo, cubierto de sangre.
– Así es. Pero han matado a Gerión.
– Lo sé. A eso he venido. ¿Puedes tú sola?
Nisa miró de reojo a su amado, de espaldas a ella, y sonrió.
– Te amo.
Fue todo lo que se le ocurrió decir.
– Te amo – contestó Ardo -. Luego te beso.
– Juro que te esperaré por aquí.
– Ahora vuelvo.
– No tardes.
– Te lo juro.
Ardo golpeó el suelo con el pie derecho, y salió disparado al aire, yendo a caer cerca del Paso, casi cerrado, frente a Hared.
– Hola – dijo el joven soldado -. Me llamo Ardo ap Fiona, y tú serás mi próxima víctima.
Nisa, que ya acabó con todos sus rivales, buscó a los contendientes, y los encontró con la mirada. Iba a correr hacia ellos, pero sus pies estaban clavados al suelo.
Viendo a su amado y a ese deforme Balor, sentía que el pecho le oprimía, pero no había recibido ninguna herida. Nadie logró si quiera tocarla. Tenía la boca seca de repente, quería gritarle algo a su amado, pero no podía. Sólo quería llorar. Entonces supo qué le pasaba.
Por primera vez en su vida, Nisa tenía miedo.

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