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Movimientos improvisados (4)

octubre 18, 2009

Pues bueno, os dejo con el último capítulo que tengo en buffer de MI. Pronto empezaréis a ver las entradas programadas y tal, mientras, espero sacar tiempo para escribir allá en Sabadell.
Y, sin más, os dejo con el cuarto capítulo.
Estoy leyendo reacciones y parece que os va gustando, aunque creo que es más que nada por la intriga de no saber a dónde va a parar esto… 😆
En cualquier caso, me alegro de que así sea… 😛
En fin, nos seguimos leyendooo…

Tatiana salió de la cocina con una humeante taza de café en la mano y un platito con tostadas en la otra, y se dirigió a la mesa del comedor, donde sus compañeros metían mano a café o leche con galletitas, bizcocho y pan requemado bajo una gruesa capa de manteca colorá.
– Espero que comáis bien – dijo Salva -. Como no sabía qué os gustaba tuve que imaginármelo. Pero bueno, todavía tenemos tiempo para ir de compras antes de que cierre todo hasta el lunes.
– Fue una gran idea eso de que no supiéramos nada de los demás hasta llegar ayer, ¿eh? – dijo Tatiana, sarcástica.
– Enorme idea, por cierto – respondió Salva -. Así que, venga, decidme qué os gusta para desayunar, a ver si me da tiempo a traerlo todo. Pero por ser hoy, ¿eh? Cuando llegue nos ponemos a discutir acerca de los turnos, ¿vale?
– Tú desayunas café, ¿verdad? – preguntó Tatiana a Salva.
– Sí, ¿por qué?
– Deberías dejarlo. Pareces un poco nervioso…
– Ui, no, nervioso estaba el día que hice la primera práctica de la autoescuela… Debo confesar que por aquella época estaba muy pero que muy viciado al Carmageddon, y bueno, no imaginas lo apetitoso que se volvía cada peatón que cruzaba por donde le salía de los huevos…
Se hizo el silencio en el comedor.
– Tú, sencillamente, no sabes cuándo parar de hablar, ¿no? – dijo Tatiana.
– Nunca lo he sabido.
– Espero que no hagas muchas entrevistas.
– La verdad es que no suelo… y bueno, ¿qué desayunáis?
– Café y pan con mantequilla – contestó Romero.
– Cacao y galletas – contestó Ale.
– Cualquier cosa… café, té, leche, galletas, pan, manteca, mermelada… – contestó Tatiana.
– ¡Joder, qué bien! – exclamó Salva repantingándose en la silla -. Ya me temía que por mi enorme bocaza me iba a tocar salir corriendo a comprar algo.
– Has tenido suerte, nene – le dijo Tatiana con una sonrisa y un guiño.
– Sí, eso creo… Y bueno… ¿Tenéis planes para esta noche?
– ¿Por qué preguntas? – inquirió Romero -. ¿Nos vas a proponer algo?
– Bueno, la verdad es que lo de anoche salió bien… bueno, aunque nuestro chiquitín cayera a la cuarta – dijo señalando a Ale -. Romero se fue a mear y hasta esta mañana no hemos vuelto a saber nada de él, y yo… bueno… mis recuerdos se vuelven borrosos a partir de… bueno… no lo tengo demasiado claro.
– Sois todos unos mariquitas – dijo Tatiana riendo -. No aguantáis nada.
– Perdona, vikinga – se defendió Romero –. Se nota que te dedicas a la música. Tienes un aguante tremendo…
– Pues mis compis del trabajo son peores, así que…
Tatiana calló, mirando fijamente el reloj de la pared.
– ¿A qué hora pensáis comer? – preguntó.
– No sé… ¿a las dos? – opinó Salva.
– Pues son menos cinco…

Horas más tarde, Tatiana, sentada en su cama, los auriculares conectados al amplificador, tocaba su bajo, tratando de relajarse un poco tras la mala noche y la mañana de resaca.
A pesar de ello, no podía evitar escuchar cómo la puerta era suave aunque insistentemente golpeada.
Sin embargo, optó por ignorar a quien fuera que llamaba, y, mientras pensaba que ya iba siendo hora de insonorizar el cuarto, de pronto, la puerta se abrió un poco, dejando ver una osita de peluche, blanca, con un lacito rojo prendido en la cabeza.
– ¿Pero qué coño…? ¿Eres tú, Salva?
– Salva está aquí fuera – dijo la osa de peluche con la voz del periodista.
– ¿Y qué puñetas hace Salva ahí fuera? – preguntaba Tatiana conteniendo a duras penas la risa.
– Es que… pues ya sabes… eres una chica. Y un chico no puede entrar en el cuarto de una chica si no es invitado. Así que como, aparte de ti, soy la única chica de la casa… ¿Es necesario seguir con esto? ¿Puedo entrar un segundo?
– Claro, claro… pero Salva tiene que esperar fuera.
– ¡Tatiana! ¡Vale ya!
La chica rompió en carcajadas mientras la osa de peluche esperaba estoica asomada a la puerta.
– Venga, dile a Salva que entre. Entrad los dos…
La puerta se abrió y Salva apareció bajo el umbral, mirando a Tatiana con ojos resacosos.
– Nunca pensé que me fueras a seguir el juego.
– Ui, qué poco me conoces. Anda, ven. Siéntate.
Salva, a pesar de conocer el cuarto a la perfección, examinó cada uno de los rincones, corroborando que, salvo el suelo, no había más sitio para sentarse que ese que tenía en mente desde el primer momento.
Se sentó a los pies del colchón, al extremo opuesto a Tatiana.
– ¿Quién es ella? – preguntó Tatiana, señalando a la osa.
– No lo sé. Es tuya.
– ¿Mía?
– Sí… bueno… Alguien se la dejó en la casa antes de llegar yo… y nadie ha venido a por ella. Es una especie de regalo.
– ¿Para mí?
– Sí… creo que eso es lo que he dicho, jeje… Yo no te caigo muy bien, ¿verdad?
– No.
Silencio.
– Al menos, podrías disimular…
– No, Salva, tranquilo, apenas te conozco… Soy así de borde. No es un trato exclusivo.
– Aún así… noto que no te gusta la manera en la que estoy llevando todo esto…
– ¿Todo qué?
– Bueno… ya sabes… vosotros tres. Desde que te vi entrar por la puerta ayer por la tarde no has parado de quejarte acerca de mi poca planificación… Y no he dejado de notarlo hasta que has terminado de almorzar y has venido. Los niños y yo estábamos pensando en salir esta noche, y bueno… No quiero que nos faltes. Por eso, si te caigo mal, o si piensas que tengo que hacer las cosas de otra forma… bueno, somos cuatro en esta casa, y todos tenemos que aguantarnos… Mejor que cada uno aporte lo que… Es verdad que hablo demasiado.
Tatiana sonrió.
– Salva… No me caes mal, eso para empezar. Es sólo que no te conozco. Eso que te quede claro ya. Respecto a lo de la planificación… Bueno, en parte, respeto eso.
– ¿En parte?
– Sí… bueno, en una buena parte. Estás enfrentándote a una convivencia sin tener nada preparado. No sabías nada de nosotros, pero lo tenías casi todo listo para acogernos lo mejor que has podido. Y yo, sinceramente, a pesar de todo lo borde que me notes, me he sentido muy bien acogida. De momento, lo estás llevando muy bien. Yo, como músico, valoro esa capacidad de realizar movimientos improvisados, no saber a qué enfrentarte, y salir lo más entero posible… No sé cómo va a terminar esto. Sólo espero que disfrutemos del camino.

4 comentarios

  1. Bien, vale, me toca ser el primero en decirlo… ¿Estos cuándo se van a la cama a ‘conocerse’ mejor, eh?

    No te quejes que he sido mu fino ;P


  2. Bueno, igual no he sido el primero en preguntar que ahora me doy cuenta de que hay revisión de comentarios.


  3. Tatiana me cae bien (he dicho)
    y como siga repartiendo hachazos de esa forma no van a ganar para betadine en el piso xD


  4. La Tatiana tiene que estar my güena, por que si no no lo entiendo, el Salva es mayor y además el dueño del piso, no? Vamos, que si no estubiera de mojar pan le habria consentido tanta tonteria…



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