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El Zorro y la Avispa (V) (fanfic)

octubre 23, 2009

Pues nada… os dejo programada la última parte de esta cosa. Para cuando salga publicada, yo estaré en un avioncillo rumbo al Prat. Os he dejado cositas preparadas, así que… ¡no dejarme solo! 😛
Como siempre, os pongo los enlaces a la primera, segunda, tercera y cuarta partes.
Ea… portáos bien… ;P

¿Por qué tenía miedo Caroline?
Todo era tan confuso de repente… Todo estaba muy bien en la fiesta hacía escasamente unos minutos.
Había salido con Laurie y sus amigos raros, y, por alguna razón, Melvin se cruzó esa noche con ellos, y fue efusivamente invitado por Laurie. El muchacho, claro está, aceptó.
Durante toda la noche, Melvin y Caroline no se separaron apenas un minuto, y charlaban animadamente, descubriendo lo mucho que tenían en común.
Hasta que aparecieron esos cuatro gamberros.
Aparecieron sin avisar. Y atacaron sin provocación.
Empezaron a decirle borderíos a Laurie, pero ella, con su desparpajo habitual, hacía que sus burlas se volviesen en contra de los pandilleros. Más tarde empezaron con Caroline, y eso provocó la ira de Peyton. La excusa perfecta para empezar una pelea…
Ellos eran cuatro. Uno tendría unos trece años tan sólo, un niño guapo, que parecía el líder del grupo. Los otros tres, mayores y más agresivos, fueron los que se lanzaron contra el grupo.
Tras mucho intentar evitarlos, especialmente Laurie y sus amigos, finalmente, la provocación rebasó todos los límites.
Fue entonces cuando Forrest, el grandullón, y Walter, el gracioso del grupo, decidieron plantarles cara. Peyton, a pesar de las recomendaciones de Forrest de mantenerse al margen, quiso poner fin a la situación al igual que los demás.
Sin embargo, la extraña y absurda danza que parecían mantener los contendientes dejaba tanto a Caroline como a Peyton con la extraña sensación de estar en un retorcido sueño.
Y Peyton entró en ese baile, en esa lucha con armas imaginarias, como un juego de niños, en la que los contendientes llevan a cabo una justa blandiendo armas hechas con su imaginación.
Todo era absurdo.
Hasta que rodearon a Peyton. Y uno lo derribó con el puño.

Nisa abrió la boca para gritar. Pero nada salió de su garganta. Ardo luchaba fieramente, sin recibir el tacto del hierro frío, y soportando con entereza su cercanía.
Todo se desarrollaba con gran lentitud. Los arcos trazados por las hojas de las armas cortaban el aire con la parsimonia de un macabro baile de acero. Los guerreros eran fieros y valientes, pero sólo uno saldría vivo.
Nisa miraba la escena aterrada, ignorante de la batalla que se desarrollaba a su alrededor.
Inspiró profundamente, los llorosos ojos inundando su bronceado rostro, abrió los labios, y un desgarrador alarido rompió el cielo cuando Peyton clavó la rodilla en el suelo.
Un golpe en la espalda le derribó, y la Fantasía arrancó su corazón de hada de las profundidades del olvido a la superficie de su cuerpo mortal.
Una explosión de luz y color, de música y fragancias antiguas como los bosques sacaron a Nisa de su letargo al ver aparecer, en el muchacho que caía, a su amado Ardo ap Fiona.
Antes de perder totalmente el equilibrio, el joven guerrero rodó sobre su hombro y, sacando la espada de su vaina, surcó el aire hasta la cabeza del monstruoso redcap que a punto estuvo de tragar su último salivazo.
Pero el Aguijón detuvo el golpe.
– Así no, amor mío – dijo Nisa, con una enamorada sonrisa.
Y su codo se incrustó en el rostro del redcap.
– ¡¡Vale, vale!! ¡Ya está bien!
Todos se detuvieron al escuchar la aniñada voz.
El joven líder del grupo de matones estaba de pie sobre un banco. Pero el banco era ahora de rojo cuero, remachado por pequeños trozos de metal negro, reflejo de las aventuras amorosas que sobre él tuvieron lugar.
– ¿Luca?
El redcap se tambaleaba con la nariz sangrante, ayudado por sus dos compinches. Hizo un intento de abalanzarse contra Nisa, pero un gesto de la mano del niño bastó para que el fiero guerrero se detuviese.
La altiva Nisa, enfundada en su blanca armadura, miraba con sus ojos dorados a sus viejos amigos. Ardo vestía su viejo chaquetón de cuero negro sin mangas sobre la plateada cota de anillos. Él también la miró. Llevaba su salvaje pelo castaño purpúreo bailando a la brisa, sus osados ojos se preguntaban por qué se encontraban en ese mundo. Hacía sólo el tiempo de un suspiro se encontraban luchando por los plebeyos, y ahora estaban en ese mundo extraño.
Pero había algo más. Había tenido otra vida. Diecisiete años al lado de una amantísima familia que la vieron crecer sana y alegre. ¿Qué era verdad y qué un raro sueño?
Nisa enfundó el Aguijón, su larga y delgada espada, y se colgó el escudo a la espalda, mientras Ardo enfundaba su acero a la cintura. Era tal y como lo había recordado. Alto y hermoso, con su osada sonrisa en los labios, los ojos como el metal fundido y los cabellos como una roja y oscura llama. Era como el vuelo de un águila: salvaje y majestuoso.
– Ardo, mi amor…
Tal y como lo recordaba. Pero sólo hacía unos segundos. Diecisiete años. Varios siglos…
– Nisa, Luz mía.
Ardo fue a dar un paso al frente cuando el ruiseñor se posó silencioso en el hombro de Nisa.
El mundo se congeló de repente.
El pájaro quimérico miraba silencioso al guerrero, y todos parecían imitarle.
– Un ruiseñor… – susurró Luca -. Un silencioso ruiseñor…
El pájaro permanecía inmóvil y callado sobre el hombro de Nisa, que miraba aterrorizada el confuso rostro de Ardo.
¿Por qué, después de tanto tiempo, el Dán les castigaba con semejante terror para ensombrecer su reencuentro?
– Luz mía…
– Ardo…
– Siempre sospeché que había algo más entre vosotros – dijo el joven Luca entre sorprendido y entristecido -. Pero nunca imaginé que hubieseis realizado el Juramento de los Corazones Sinceros -. Dirigió la mirada a Nisa -. Y mucho menos que fueses tú quien lo rompiese. ¿Qué puede la Bella Furia haber hecho en estos…?
– ¡Calla, Luca! – ordenó Ardo.
Una vez más, las tímidas lágrimas de Nisa luchaban por salir a la luz de la noche.
– Ardo, no sé…
– No, Nisa, no hables.
El temor volvía a aflorar en el pecho de Nisa.
– Ardo, yo…
– Todo tiene que tener una explicación – se dijo Ardo.
– Nuestra gente no tiene explicación – dijo uno de los redcaps amigos de Luca -. Y tampoco busca explicaciones.
– Esto sí, maldito saco de mierda – escupió Ardo atemorizando al redcap con su fiera mirada, que se volvió tierna al buscar la de Nisa, fija entonces en el suelo.
– Yo te amo, Ardo – dijo ella -. Siempre te he amado, desde que entraste en la sala de Lady Fiona como si fueses el rey del lugar, sonriendo a todos como si fuesen tus amigos, siendo como eran la corte de nuestra señora.
Las lágrimas asomaron al mirar a Ardo.
– Yo nunca haría nada que te hiciese mal.
– Lo sé – dijo Ardo -. Es por eso por lo que este pájaro no tiene lugar fuera de nuestros ojos. ¡Nadie más debería verlo, y sólo nosotros deberíamos oír su canto!
– ¿Qué pasó aquel día en la colina? – preguntó Luca, más para sí que para los demás.
Ardo y Nisa buscaban también recuerdos en sus memorias. Los de Nisa se remontaban hasta una mañana de primavera en la que una niña que apenas se tenía en pie sostenía una espada de madera, regalo de su hermano mayor. Pero los de Ardo iban quizás más allá.
Eran los recuerdos de una sanguinolenta y chillona forma que salía del vientre de una reina y se posaba en las manos de un gran rey. Los labios del padre que se posaron en la frente del hijo, susurrando palabras de esperanza ante un reino amenazado por malvados y temidos enemigos del Glamore y las hadas.
El resto de su vida careció de importancia, hasta que en la corte de su gran y amada reina vio la Luz de sus ojos, Nisa, la más bella y osada entre los jóvenes caballeros de Fiona. Para cuando sus miradas se cruzaron, ya sabían que quedarían unidos para el resto de sus vidas.
Y más allá.
Su amor era puro, auténtico, bello…
Y ahora estaba roto.
Hared entró al Paso, y Ardo le siguió…
Nisa gritó su nombre y corrió tras él…
Pero olvidaron Arcadia. Allí estaba su respuesta.
– Tiene que tener una explicación – repitió Ardo.
Nisa miraba al suelo, rígida e inmóvil.
– Nisa – la llamó una voz que reconoció como la de Laurie.
Por primera vez desde que el mundo se volviese terriblemente bello, Nisa recordó a sus amigos. Pero Laurie había cambiado. Donde dos hermosas piernas elevaban el bello cuerpo de su amiga, dos velludas patas de cabra sostenían el salvajemente hermoso y semidesnudo torso de la aún más bella Laurie.
Nisa miraba a su amiga entre maravillada y asustada, así como al resto del grupo, al que a duras penas reconocía.
Luego, volvió la mirada a Melvin. Ardo. Le miraba rígido con los brazos extendidos hacia ella.
– Nisa… -. Ardo avanzó un paso, presto a rodear con sus brazos a la fuente de su felicidad y de sus terrores.
Pero Nisa retrocedió, alejándose de él.
– No, Ardo – dijo -. Te he hecho algo. Algo que no puedo recordar.
Clavó a Ardo su mirada. Una mirada que él conocía, temía, y adoraba por encima de todas las cosas.
– Y no volveré a amarte hasta que sepa qué fue.
Ardo se sintió repentinamente hundido. Pero conocía a Nisa, y sabía que nada en absoluto la haría cambiar de idea.
Entre otras cosas, por eso la amaba tanto.
– Juntos buscaremos la respuesta a nuestra pregunta – dijo Ardo.
– No, amor mío, no – respondió Nisa apartando uno de los mechones castaño rojizos de la frente de Ardo -. Esta es una búsqueda que he de hacer sola.
– ¿Por qué? – preguntó Ardo buscando con sus manos la cintura de Nisa.
– Porque así ha de hacerse – contestó ella, apartándose -. Tal vez la respuesta no nos haga felices – dijo mirando a los ojos de Ardo -. Pero nos hará libres.
– Pues entonces yo también buscaré la respuesta – dijo Ardo.
– Sí, eso esperaba – sonrió Nisa -, pero no a mi lado – añadió triste.
Se alejó un paso de él, para después unir sus labios en un profundo beso.
– Sabes que te quiero – dijo él.
– Sí, lo sé – respondió Nisa -. Pero ahora tenemos que separarnos. Pronto nos veremos de nuevo.

Aquel lunes, Caroline se volvió a dormir en francés. Pero sus sueños fueron poco menos que pesadillas. Avanzaba junto a Laurie por el pasillo, donde se cruzó con Melvin.
– Hola – saludó él.
– Hola – saludó ella.
Caroline se dio cuenta entonces de que Laurie no estaba ya a su lado.
– ¿Cómo te va todo? – preguntó el muchacho.
– Normal, como todos los lunes – respondió Caroline -. ¿Y a ti?
– Igual.
Un incómodo silencio se formó entre los jóvenes.
– Bueno – dijo la chica -, me tengo que ir.
– Sí, ya – respondió Peyton -. Pues ya… nos veremos.
– Claro – añadió ella con una sonrisa.
Caroline pasó junto a Peyton rozando su hombro con el de él, que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no tomar a la muchacha de la cintura y besarla lleno de pasión.
El caballero de pelo castaño rojizo y su terrible y bella compañera avanzaron por el pasillo en sentidos opuestos, alejándose en busca de una misma respuesta que ambos temían y ansiaban encontrar.
¿Cómo el gran amor entre ellos fue traicionado? ¿Qué pudo hacer Nisa ni Fiona para negar lo que más amaba?
“No puedo creer que haya roto el juramento que te hice, Ardo”, pensaba Nisa. “Pero conoceremos la respuesta. Sólo espero poder amarte de nuevo”.

San Fernando,
20 – IX – 2002

Sólo la amenaza a la vida de un amante puede aterrar a un Fiona,
y a menudo lo hace muy bien.

Changeling, el Ensueño, pag. 109

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