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Movimientos improvisados (5)

diciembre 2, 2009

– ¿”Caldero”? – preguntaba Ale -. ¿Eso es nombre de un sitio?
– Y un sitio bastante bueno – respondía Tatiana.
Salva parecía reflexionar.
– A mí me preocupa – opinó Romero -. Desde que lo has propuesto, Salva está muy callado. ¿Tienes algo que decir al respecto, señor mayor?
– Hace mucho que no voy al “Caldero” – respondió Salva -. Hará un par de años que no lo piso… Joder, qué morazo cogí. Recuerdo que desperté no sé cómo con un piercing en el pezón y una chica de pelo rosa en mi cama.
– ¿Sí? ¡No me jodas…! – rió Romero.
– Puedo enseñarte el piercing, pero la chica se fue después de merendar. Y no me volvió a llamar…
– No importa – respondió Romero -. Tu pezón no resulta tan interesante como cualquier chica, tenga o no el pelo rosa…
– ¿Y qué clase de sitio es…? – preguntó Ale.
– Es un oscuro antro de perversión – respondió Salva mientras recibía un cojinazo de Tatiana.
– Así dicho, suena bastante prometedor – comentó Romero -. ¿Cumple sus promesas?
– Si te gusta el rollito alternativo – respondió Tatiana -, sin duda, te gustará. Y la bebida es la más barata en un antro decente en esta ciudad.
– Lo cual excluye al Caldero de la clasificación de antros decentes -rió Salva.
– Entonces no perderemos nada por probar – dijo Ale -, ¿verdad?
– La promesa de cerveza barata es un aliciente poderoso – intervino Romero -. Cuenta con mi espada.
– Voy a buscar algo de ropa negra – dejó caer Salva mientras cruzaba la puerta del salón, meditabundo.
– Pues nada, me pido primera en la ducha, que tengo que arreglarme.

– ¿Y lo del negro es obligatorio? – preguntaba Ale con la cabeza dentro de su armario, mientras Romero, sentado en la cama, hojeaba un cuaderno de dibujo.
– Supongo que es el protocolo. Estos dos dicen que es un garito gótico-punk o no sé qué hostias… Así que yo no me pienso poner la camisa hawaiiana… con lo que mola.
– Tu modisto interior lucha por salir huyendo.
– Lo que no quiero es dar el cante, Ale.
– El cante hawaiiano, ¿no?
– Al carajo… voy a por mi ukelele.
Ambos rieron.
– Coño, aquí está – dijo Ale sacando una camiseta negra de debajo de un montón de ropa -. Voy a tener que pasarle la plancha…
Ale se quedó en silencio mirando a Romero.
Romero permanecía en silencio mirando a Ale, hasta que, finalmente, habló.
– ¿Tenemos plancha?

– ¿Dónde dices que tienes el coche? – preguntó Tatiana.
– No es “el coche” – contestó Salva -. Es el “Salvamóvil”.
– No pienso usar ese nombre – rió Tatiana -. No quiero terminar usando nombres raros para todo lo tuyo.
Ale y Romero rieron unos escalones más atrás.
– ¿Tan lejos está el sitio que tenemos que ir en coche? – preguntó Ale.
– En “Salvamóvil”… – corrigió Romero aguantando la risa.
– Tú preocúpate mejor por que no te pidan el carné – respondió Salva.
Los cuatro compañeros salieron a la calle, siendo recibidos por una suave brisa veraniega.
– Tú dirás – dijo Tatiana.
– Aquel de ahí, el rojo.
– No, en serio.
– El rojo.
– ¿Eso es un coche?
Osado, Ale se acercó, cuidadosamente, al Salvamóvil. Se trataba de un Renault 5 que, sin duda, había conocido tiempos mejores. Tiempos mejores y muy remotos. La chapa estaba desconchada en algunas partes, el óxido asomaba en los bajos de la carrocería y, tras rodearlo, Ale comprobó que los dos tapacubos que aún tenía eran cada uno de su padre y de su madre.
– ¿Eso es el Salvamóvil? – preguntó Tatiana entre descojonada y horrorizada -. Parece algo en lo que un vagabundo pasaría la noche.
– Si estuviera muy desesperado, tal vez – rió Romero -. No, en serio, no seáis delicados.
– Gracias, hombre – respondió Salva.
– De nada, hombre. Yo me conformo con que no arda a mitad de trayecto.
– No te preocupes por eso. Si no ha ardido ya…
– No, en serio – intervino Ale -. ¿Cuánto tiempo tiene esta cafetera?
– Unos 25 años – respondió Salva mientras mantenía una discusión no verbal con el cierre de la puerta.
– ¿Y todavía anda? – preguntó Romero, colocándose junto a la puerta del copiloto.
– Como la seda. Aunque hace unos meses le tuve que cambiar los amortiguadores…
Tatiana, nerviosa, empujó a Romero hacia la puerta trasera, mientras este la miraba sorprendido.
– ¡No pienso sentarme en el asiento de atrás!
Ale, que se había colocado junto a la puerta de detrás del conductor, miraba al interior, observando la colección de cosas raras que poblaban el coche.
Desde donde estaba podía identificar unos paquetes de tabaco vacíos, trozos de cartón, papelotes arrugados y lo que podría ser cualquier cosa entre barro y arena.
– Sí. Ya sé que tengo que limpiarlo… – se disculpó Salva. Entonces, concentrado, giró la llave.
No se abrió.
– ¡Mierda ya! -. Volvió a girar la llave y la puerta se abrió -. ¡Voilá!
Sus tres compañeros abrieron la puerta a la vez, comprobando que el coche era anterior al cierre centralizado.
Cuando finalmente los cuatro entraron en el coche, Tatiana y Salva se colocaron el cinturón de seguridad, mientras Ale y Romero apartaban con los pies cosas que se iban encontrando en el suelo del coche.
– Perdona, tío – se disculpó Romero cuando, obligado por lo reducido del espacio, se inclinó ligeramente hacia Ale, golpeándole en la oreja con la cabeza.
– Huele a tabaco – observó Tatiana -. ¿No lo habías dejado?
– Claro, pero todavía no se le ha quitado el olor.
– Definitivamente, tienes que limpiarlo – dijo la chica con una sonrisa.
– Bueno… – dijo Salva metiendo la llave en el contacto -. ¡Al Caldero!
Hiihiihiiii…
Hiihiihiiii…

– Tiene que calentarse un poco…
¡¡Bruuummmmm!!
Dio empezó a cantar a través de los cascados altavoces mientras el coche rojo se dirigía, humeante, al Caldero…

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2 comentarios

  1. cascado, si, pero con equipo de música!



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