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Mi mundo patas arriba

julio 17, 2012

Hace unos meses, la editorial que me publicó mi novela (sutil, lo sé) se puso en contacto conmigo y con otros autores para que participásemos en una serie de antologías con el tema común de la crisis, ya sea esta económica, social, religiosa, de cualquier tipo.
Las antologías salieron a finales del mes de mayo, y el pasado mes de junio presenté en Cádiz la antología andaluza con J. A. Ortega, autor de la muy recomendable
El reino de las sirenas y, de paso, muy buena gente.
Personalmente, escribí mi relato en una tarde con la inestimable ayuda de un botellín de Judas, y ahora os la traigo para que le echéis un vistazo y así actualizo… ¡Disfrutadlo!

Malos despertares hemos tenido todos.
Pero tan malo como el que estás teniendo, no lo ha tenido nadie antes.
Te despiertas dolorido, tendido en el suelo. Confuso, mareado. Notas el suelo rugoso. No quieres pensar por qué. Tienes arcadas. Temes vomitar, así que tratas de ponerte en pie. No es buena idea. Tampoco resulta productivo.
Intentas moverte, pero los huesos te duelen.
Estiras la mano a un lado, la otra mano, al otro lado. Estás en el pasillo. La casa está en penumbra y tú no recuerdas haber llegado aquí. Hay cosas en el suelo. Se han caído los marcos y se han roto. Notas cristales junto a tus pies descalzos.
La cabeza te va a estallar y el mundo te da vueltas. Finalmente, vomitas. Intentas recordar por qué estás tirado en el suelo del pasillo, pero el más mínimo esfuerzo de tu mente sólo te devuelve dolor y quejidos.
La boca te sabe a suela de zapato y notas la lengua lacia. Anoche volviste a beber demasiado. Siempre bebes demasiado. Maldita sea, sabes que tu vida está en su peor momento cuando no recuerdas qué haces en el suelo del pasillo. Y por qué este tiene un tacto rugoso.
Maldita sea, ¿qué has estado haciendo?

Vuelves a despertar.
Sigues en el suelo. No sabes cuánto has dormido. La cabeza te sigue doliendo horrores. Crees que casi prefieres morir.
Tienes frío. Estás casi desnudo. Tratas de levantarte. Todo tu cuerpo se queja. Tu cabeza trata de acallar los gritos de dolor que envían tus miembros, pero eso es precisamente lo que más te duele.
Buscas el interruptor de la luz. No das con él.
Estiras las manos, recorres la pared. Frenético. Tropiezas con una puerta que no esperabas ahí. Intentas entrar en la habitación, pero tropiezas y caes, haciéndote bastante daño. ¿Qué demonios…?

Vuelves a despertar. La tibia te duele horrores, pero no es lo único. Has caído sobre trozos de algo. No estás seguro de dónde estás, pero la luz que entra por la persiana destrozada te da una idea.
Estás soñando. Una extraña y muy real pesadilla. No tiene otra explicación posible. Es un producto de tu borracha mente. Sólo hay una alternativa, pero es demasiado descabellada, una auténtica locura, es totalmente imposible.
Pero, a primera vista, todo parece indicar que todo de repente está cabeza abajo…

Llevas minutos, horas, no sabes cuánto, sentado en una esquina del techo. Las manos contra la cabeza. Estás loco, no hay otra explicación. ¡No es posible que de buenas a primeras el mundo se dé la vuelta!
Poco a poco, decides levantarte.
A tu alrededor todo es un completo desastre. Los muebles, los electrodomésticos, todo se amontona por el techo. Durante un segundo de lucidez agradeces que te hubiera cogido en el pasillo y no en la cama, pues ahora tu cadáver estaría aplastado bajo el colchón. ¿O acaso no habría sido mejor así?
Finalmente te levantas. Vas caminando por el pasillo, tus pies descalzos recorren el techo hacia tu habitación.
No es hasta que levantas la pierna para cruzar el vano de la puerta, y ves el desastre que hay en tu cuarto, que te acuerdas del resto del mundo. De tu familia, de tus amigos. ¿Estarían en sus casas? ¿Yacerían sus cuerpos bajo montones de muebles?
Buscas mecánicamente unos zapatos mientras te preguntas qué habrá pasado con la gente que estaba fuera de sus casas.
La luz entra por la ventana, las cortinas yacen sobre el techo y la persiana, torcida, está a medio abrir.
Pensaste que vivir en un décimo sería beneficioso para mitigar tu miedo a las alturas, pero no funcionó. Ahora mirar por la ventana te da más miedo que nunca.
Una y otra vez te levantas y te acercas a la ventana, y una y otra vez vuelves a sentarte en tu rincón seguro. Te llevas las manos a la cabeza. Quieres llorar, quieres vomitar, quieres salir de ahí, pero, ¿a dónde?

Duermes. Te despiertas a oscuras. No hay electricidad, y las botellas de licor están destrozadas, mezclando las bebidas y esparciéndolas por el techo.
Apesta.
Pero siempre será mejor que el olor que viene del cuarto de baño.
En ocasiones te preguntas si alguien vendrá en algún momento a ayudar. ¿Pero quién? ¿Los bomberos? ¿El ejército? Quien quiera que haya sobrevivido a esto no va a poder salir de donde quiera que esté. ¡Suerte esperando a Superman!
Tu mundo se ha dado la vuelta. No entiendes gran cosa de física o astronomía o lo que quiera que pueda darte una respuesta a lo que está pasando. Simplemente sabes que es imposible que esto pase. La Tierra no es plana y no puede darse la vuelta como una tostada que se precipita al suelo (la idea, por un momento, hace crecer el terror dentro de ti). Si algo sabes de astronomía es que la Tierra es (más o menos) redonda, y que atrae las cosas, no las repele.
Empiezas a pensar demasiado para lo que quieres creer que es una pesadilla.
¿Y si ahora le ha dado por girar al contrario? ¿Tendría sentido? Empieza a girar al revés, muy rápido, por lo que sea, y se sacude la mierda de encima como un perro mojado que se sacude la lluvia.
Sin saber cómo, estás seguro de que eso no puede pasar.
Tus teorías te distraen por un momento, pero entonces, un estruendo te devuelve a lo que temes que es el mundo real.
Es un crujido colosal, como si el mundo se abriera. Pero no es eso, no.
Es el edificio al otro lado de la calle. Horrorizado, caes en la cuenta de que los edificios han sido diseñados para mantenerse en pie sobre el suelo, no para colgar de él.
Aterrorizado, te acercas a la ventana y te atreves a mirar al otro lado. El edificio sigue prácticamente entero, pero una enorme grieta atraviesa su fachada. Algunos trozos se precipitan contra el cielo nublado, allá abajo. Trozos cada vez más grandes, y, en ocasiones, ¡por Dios!, ves a alguna persona caer…
Te propulsas hacia atrás, tropezando y cayendo contra el techo.

Vuelves a despertar. Pero no te mueves. Permaneces tendido en el techo. Quieres llorar, quieres gritar, pero, sobre todo, quieres despertar. No paras de pensar en cómo habrá afectado esto al resto del mundo.
Imaginas las selvas y las sabanas, con tigres y elefantes que echan a volar hacia el cielo, a los animales que viven en sus cuevas, atrapados como lo estás tú, esperando a morir de hambre, los árboles, colgados hacia el cielo, soltando semillas que no conocerán la tierra, muriendo finalmente, extinguiéndose, los mares y los desiertos, quedándose vacíos, toda esa arena, ese barro y ese agua, precipitándose al espacio.
Tal vez habrías tenido más suerte si te hubiera pillado en un barco o en un avión. Dios, en un avión… Te estremeces al imaginar las terribles turbulencias, y cómo la aeronave estaría buscando un sitio para aterrizar mientras ve cómo se le acaba el combustible…
¿Y los volcanes? ¿Irán vaciándose poco a poco, goteando magma como esas botellas de ketchup cuando se agoten?
En ese momento, el estruendo que esperabas y temías tiene lugar, y ves cómo el edificio frente a ti se agrieta finalmente, partiéndose en dos.
Ves cómo la enorme mole de cemento y ladrillo cae, reventando cañerías mientras escuchas un centenar de gargantas que gritan y lloran hasta que se hunden en el cielo y en tu cerebro…
Por un segundo piensas que el planeta está viviendo la crisis más brutal que podría imaginarse, y tú sólo piensas en el tiempo que le queda a tu edificio hasta que corra la misma suerte que el de enfrente.
Cierto que aquel edificio era más viejo y más masivo que el tuyo, ¿pero acaso eso cambia algo? Sabes que en algún momento tú también caerás, y eso será si no mueres antes de hambre, sed, o alguna infección.
Entonces recuerdas las palabras de una antigua novia, que no compartía en absoluto tu miedo a las alturas.
“No hay que tener miedo a las alturas”, te decía. “En todo caso, hay que tener miedo del suelo”. Y se reía. ¿Qué pensará ahora de aquello? Ahora es de la altura de lo que hay que tener miedo, mientras que el suelo se te antoja totalmente inalcanzable.
Recuerdas lo mucho que, en ocasiones, la echas de menos, mientras piensas si seguirá con vida.
Recuerdas la última vez que la viste. No hubo adiós. No hubo lágrimas. No hubo rencor.
Ella simplemente fue más lista que tú. Y más valiente.
Siempre quiso vivir más allá de la seguridad, quería arriesgarse, aventurarse, conocer cosas nuevas, descubrir lugares y sensaciones, y tú no fuiste capaz de dárselo.
Quería vivir más de lo que tú eras capaz de soñar.
Los dos sabíais que lo vuestro fallaría tarde o temprano. Ella supo verlo venir y quiso ahorraros más dolor. Tal vez hubo amor, pero aquello no fue suficiente.
Seguramente su valor la habría matado ya, pero ella al menos vivió.
Mientras aquello pasó, ella estaría navegando un mar desconocido o trepando la montaña más alta que osó alcanzar.
Seguramente estaría muerta, pero moriría tras haber vivido. Habría sido rápido, sin tiempo a preguntarse qué pasó, sin miedo, sin ansiedad, sin dolor…
Sin remordimiento.
Con una amarga sonrisa, piensas que a ella no la cogerían con vida.
Por un momento piensas en coger el teléfono y llamar a tu familia, pero recuerdas que todos los teléfonos de la casa están destrozados, que no hay electricidad, y seguramente las líneas estarán destruidas.
Apuestas a que los satélites se han ido a tomar por culo.
El fin del mundo. Es lo que debe ser, no queda otra explicación.
Desde luego, no era así como te lo esperabas. Una guerra nuclear, un cometa, que el Sol dijera hasta aquí hemos llegado…
Desde luego, no te lo esperabas así, y, desde luego, esperabas no estar presente, pero así es. Aquí estás, con tu mundo patas arriba, tratando decidir qué hacer, si esperar una muerta lenta y dolorosa, salvo que tu edificio caiga primero o, quizás… que no te cojan con vida.
Pero, de momento, tienes hambre.
Te diriges a la cocina, o a lo que queda de ella. Haces el intento de levantar el frigorífico.
Inútil.
Miras en las alacenas y consigues rescatar una botella de agua y unas galletas.
No será un gran festín, pero al menos hace que tu estómago no te castigue. Así sólo tienes que preocuparte de la pierna y la cabeza.
Coges algo más de ropa. Llevas no sabes cuándo con los calzoncillos y con una camiseta, y está refrescando.
Retiras los restos de la cama de encima del colchón y recuperas algunas sábanas. El colchón es una notable mejora respecto al techo, lo cual, sumado al estrés acumulado, hace que caigas en un profundo sueño…

Despiertas.
Suena el despertador.
Miras a tu alrededor y sueltas una risotada. Tus pies se posan sobre el frío suelo de tu habitación, y sonríes.
Miras el despertador. Las seis y media. Hoy te sientes con más energías que nunca.
Vas al baño, unas el retrete y te das una ducha caliente, a pesar de estar en pleno mes de junio.
Simplemente, te apetecía.
Vas a la cocina, totalmente vestido. Pones a hacerse el café mientras miras por la ventana. Vuelves a tu cuarto, levantas la persiana y miras al edificio de enfrente. La luz del sol empieza a recorrer su fachada. Te sientes estúpidamente tranquilo al ver que sigue ahí, donde lo dejaste la noche anterior.
Abres la ventana, y el fresco aire de la mañana primaveral inunda tu rostro.
Durante un segundo, piensas en esa horrible pesadilla que has tenido hace sólo un rato. Y piensas en la ironía del asunto.
Siempre has vivido en un mundo al revés. Un mundo en el que los listos de la clase recibían insultos de sus compañeros mientras los más brutos recibían sus elogios, donde los buenos chicos estaban solos y los cerdos conseguían a todas las chicas, donde el trabajador pasaba hambre y el vago conseguía el éxito con sólo tener ciertos amigos, influencias, o compañeros de cama, donde el ciudadano tenía miedo de aquel que debía protegerle, donde los gobiernos caminaban hacia el pasado, robando derechos a aquellos a quienes deben su puesto de poder, donde el que robaba fortunas recibía el perdón o incluso era premiado, y cuando su víctima se veía forzado a robar para comer, acababa con sus huesos en la cárcel.
Un mundo donde el peor crimen era soñar por un mundo mejor.
Te acercas más a la ventana, y miras hacia el suelo.
Ahí está. Y ahí va a quedarse.
De repente, ya no te da tanto miedo.
No es que vayas a hacer escalada libre, ¡pero es un progreso!
Por un segundo, piensas que el mundo no está tan mal. Incluso te planteas tomarte el día libre.
Sin pensarlo más, coges el teléfono y marcas el número de la oficina.
– Sí. Hola.
– No, me he levantado fatal.
– Algo que comí ayer.
– Te ahorraré los detalles, pero del estómago es. Ha sido una noche muy larga, y esto va a continuar.
– Claro, no te preocupes. Lo siento.
– Mañana sin falta.
– Claro, claro.
– Adiós.
Mientras vuelves a tu habitación, intentas decidir en qué invertir tu día libre. Sin duda, salir a pasear bajo el sol parece una buena idea.
Pero lo primero es lo primero. Te quitas los zapatos y te tiras en la cama, respiras hondo y cierras los ojos.
Un par de horas más de sueño no pueden hacerte ningún mal.
Pero te equivocas.

Te despiertas. En el colchón. En el techo.
No, no, no, ¡NO!
Te levantas como buenamente puedes. La pierna te duele más que nunca.
Recorres la habitación, esquivando muebles y otra basura, llorando de impotencia.
Pateas un montón de ropa, vuelcas el colchón, golpeas la pared y tiras lo que queda del despertador contra la ventana.
Te tumbas en el colchón y miras al suelo.
Piensas en todos los obstáculos que se te han cruzado a lo largo de tu vida. En todos los problemas, en todas las veces que has pensado en tirar la toalla.
En todas las veces en que venciste a la adversidad.
Pero esto lo supera todo.
Recuerdas tus estudios, el esfuerzo que invertiste desde muy temprana edad para labrarte un futuro con esfuerzo y sacrificio. Recuerdas el equipo del instituto, cómo al principio te rechazaban, cómo finalmente te aceptaron entre ellos, aunque durante semanas calentaste el banquillo, hasta que los primeros minutos en el campo demostraron tu valía. Recuerdas la universidad, cómo una carrera tediosa parecía no tener fin, y la promesa de un trabajo seguro no parecía suficiente. Recuerdas a las mujeres de tu vida, cómo una a una fueron dejándote atrás en su camino en pos de sus sueños y ambiciones, y cómo ninguna de ellas logró romperte el corazón. Recuerdas todos los trabajos que te echaron, todos los motivos que te dieron, todos aquellos que no te dieron motivos, y todas aquellas entrevistas que terminaron con un vacío “ya le llamaremos”. Recuerdas los duros inicios en tu actual trabajo, y cómo finalmente, tras todos esos golpes, sigues de pie, luchando, día tras día.
Pero, esta vez, esto lo supera a todo.
Te acercas a la ventana.
La abres, y respiras profundamente, inundando tu pecho con el fresco aire primaveral.
Amanece. Ves el sol aparecer por el horizonte. Nunca te preocupaste por saber si eso era el este o el oeste, y ahora, de pronto, sientes una gran curiosidad.
De todas formas, antes los edificios te obstaculizaban la vista.
Ahora no hay edificios.
No hay nada, sólo una extraña calma.
No sabes cuánto durará. No sabes qué pasará a partir de ahora.
Sólo sabes que el miedo es un lujo que no tiene sentido ahora.
Y piensas en ella. Ella no tuvo miedo nunca, y tú ahora sabes qué se siente cuando todo te da igual. Cuando sabes que es el fin, pero no sientes desesperación alguna.
Lo has aceptado.
Y, mientras apoyas un pie en el marco de la ventana, te preguntas qué pasará a partir de ahora con el mundo.
Pero no te importa. Sólo sabes una cosa.
Que no te cogerán con vida…

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