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El beso del fantasma. Capítulo 5

julio 30, 2017

Dije que cuando llegásemos a los 1000 euros en el crowdfunding, lo subiría, y me he despistado casi 200 euros. Perdón… =)

Si os habéis despistado hasta ahora, aquí están los capítulos 1, 2, 3 y 4.

Gracias por leer.

 

– ¿Hay algo que te gustaría hacer antes de morir? – preguntó Manolo.
– No lo sé – respondió Ruth, tras meditarlo unos segundos.
Ese era un momento típico cada vez que salía el grupo, explicó David a Ana.
– Llega un momento, normalmente pasadas las dos y media, en el que Manolo se nos pone trascendental.
Hacía tres semanas escasas que Ana y David habían empezado a verse. Sin embargo, se habían hecho grandes amigos.
Y las miradas de los colegas de David hacían pensar que creían que había algo más.
En su interior, David esperaba que no se equivocaran…
Esa noche paseaban juntos sin un destino claro cuando se cruzaron con la pandilla de David, que llevaba tres semanas preguntándose qué sería de su amigo.
Al final, acabaron todos juntos.
Como era costumbre, se quedaron tomando unas bebidas en el parque junto a la Plaza de Astarté. Como tres miembros de la pandilla vivían allí, era donde solían verse desde tiempos inmemoriales, en el parque en el que pasaron la infancia jugando cada día, y en el que cada noche de su adolescencia pasaron en juegos algo más maduros.
Ana pareció entenderse perfectamente con Ricardo, Mata y Ruth desde el principio. Luisa y Paco le resultaban simpáticos. Manolo era un poco más difícil de conquistar. Y empezaba a pensar en serio que nunca se entendería con Jana.
A decir verdad, Mata le pareció de primeras un tío imponente. Metro noventa de alto, constitución fuerte, con un pelo negro y rizado, barba y una voz de precoz devoto de Ducados le hacían aparentar muchos años por encima de los 18 que su DNI aseguraba que aún tenía. Conocía a David desde que empezaron en el instituto, y Mata juraba y perjuraba que, de no haber sido por su divina intervención, David pasaría su vida escuchando cualquier porquería que radiaran. Era el vocalista del grupo que, aún sin nombre, empezaba a gestarse. Sin duda, su voz era capaz de sentar a una multitud enfervorizada de “jevis jaleosos”, como él mismo afirmaba.
Pero, en el fondo, era un cachito de pan. Como Ricardo, que tocaba la batería. Ricardo era un niño mono, pensó Ana. Tenía el pelo rubio, y empezaba a ser largo, lo que hacía que destacaran más en su cara pálida ese par de ojos negros como pozos. No conocía desde hacía tanto a David, pero sí a Mata. De hecho, se conocían desde el colegio, aunque Mata era casi dos años mayor.
Manolo llevaba tocando la guitarra con David desde antes de saber qué demonios iban a tocar… y juntos descubrieron, de manos de Mata, el bello a la par que duro mundo del metal. Finalmente, Manolo optó por ser solista, mientras que David acabó siendo el rítmica. Físicamente era muy parecido a David, aunque un poco más alto, y aparentemente mayor, aunque sólo le sacaba cuatro meses.
El bajo era, finalmente, cosa de Paco. De aspecto tímido, oculta la mirada bajo su negro flequillo, sorprendía con un aluvión de atenciones y afectos una vez le cogías el tranquillo. Era un poco más bajo que los demás, salvo quizás Ricardo. Todo de negro. Pelo negro. Piel morena. Ojos negros. Sólo su sonrisa iluminaba algo, y lo hacía bastante, tanta sombra que parecía ser.
En cuanto a las chicas, Ruth, la novia de Mata, era la típica “jeva”. Todos lo decían, y a ella no le importaba. Rubia, alta, ojos oscuros, ropa negra… guapísima. A Ana no le costaba admitir que Ruth era una belleza. Y se comprendieron desde el primer momento. Según Ruth, David siempre había sido su niño mimado, y, si ella tenía algo con él, ella era su protegida.
Luisa era la más callada del grupo. Casi siempre se limitaba a sonreír, o dar su opinión cuando alguien la pedía. Sin embargo, lejos de ser incómoda, su presencia parecía ser una especie de terapia antiestrés. Pequeña y morena, era como un juguete para los demás, que la tenían como una muñequita, e incluso, Ana pudo ver cómo Mata y Manolo se la pasaban como si fuera una pelota. Era entonces cuando Luisa se descubría, y reía y chillaba divertida.
En cuanto a Jana, era un poco más difícil. Miraba de reojo a Ana con sus ojos azules a través de sus ondas rojizas, sobre esa cara pálida de mejillas pecosas… no le hablaba directamente, nunca lo hizo, y Ana estaba segura de que nunca lo haría. Sin duda se debía a que Jana se hizo muy amiga de la antigua novia de David, Lucía, y, desde que la pareja se rompió, la amistad entre ambas chicas sufrió mucho. Ya apenas se veían, y Jana la echaba mucho de menos.
– Yo creo que tengo que irme ya – anunció Ana levantándose del banco que ocupaban.
– Te acompaño – dijo David levantándose tras ella.
– No hace falta – sonrió Ana.
– Ya… – respondió el muchacho.
– ¿No te parece que esto empieza a ser incómodo? – preguntó David cuando, durante el camino a casa de Ana, llevaban callados cerca de cinco minutos.
– No – rió Ana.
Silencio.
– ¿Qué te ha parecido esta gentucilla?
– Bien…
Silencio…
– ¿Nos vemos mañana? – preguntó Ana.
– Claro… ¿a la misma hora?
– Vale… en el mismo sitio, ¿vale?
– Vale…
Silencio…
Finalmente, llegaron junto a la cancela de la casa de Ana.
– Pues nos vemos mañana.
David puso la mano en la cintura de Ana dispuesto a darle un beso de despedida, pero se sorprendió al notar la mano de Ana rodeando su cuello.
Tal vez ella también se sorprendiera del hecho de que se estaban abrazando tiernamente.
– Ana… – musitó David una vez sus cuerpos se separaron.
– Dime… – respondió ella sonriendo.
– Tal vez vaya a decirte algo que mejor me callaría, lo sé, pero es que, si no te lo digo… bueno… voy a estar arrepintiéndome hasta que pueda volver a verte… o más allá, seguramente… y es algo importante que quiero decirte… y es de las típicas cosas que uno, y yo especialmente, no sabe cómo decir… y no sé si esta es la mejor manera… bueno… en verdad… dudo que sea siquiera una buena manera de hacerlo… pero eso… básicamente, lo que quería decirte es… pues eso… que… no sé, lo mismo no debería, pero ya he empezado a hablar… y es una de esas situaciones en las que no sé hasta qué momento puedo seguir hablando sin decir nada… pero eso… que después de estas semanas… que eso… vamos… no sé… ¿te gustaría…?… no sé… a lo mejor… tener… algo… una especie de… no sé… ¿romance conmigo?
Ana seguía sonriendo.
– ¿Romance, idilio, aventura…? ¿Cosa?
Ana seguía sonriendo…
Se encogió de hombros.
Volvió a abrazar a David, con más firmeza, pero a la vez, con más ternura.
Y, levemente, sus labios se posaron en los de él, probando el frescor de su caramelo.
– No sé. Ya veremos – contestó.
Y se alejó hacia la puerta, dejando a David, finalmente, callado.
Y pensando que un simple “sí” o “no” habría evitado que pasara las próximas casi 24 horas, mínimo, dándole vueltas al asunto…

 

¡Quedan dos horas para que termine el crowdfunding! ¡Aporta o comparte! ¡Muchas gracias!

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