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Senda de perdición (8)

Noviembre 30, 2009

¿Seguís ahí? Bien, eso es bueno…
Pues la cosa se empieza a complicar.
Bueno, releo esto mientras lo voy subiendo hace más de un mes (estamos a 10 de octubre mientras escribo estas palabras), y me voy dando cuenta de lo mucho que he aprendido en estos años…
¡Joder! ¡Si no hubiera dejado de escribir, a saber dónde estaría ahora! :lol:
Y bueno, no me enrollo más… Ahí abajo os dejo el octavo capítulo de Senda de perdición (¿Ves? Ahora mismo le habría puesto otro título.. :P )
Espero que lo estéis disfrutando… ¡Nos leemos!

Tendido sobre su cama, Lázaro miraba la hora, las doce y cuarto, abandonando por un momento su obsesivo pensamiento: Isabel.
Llevaba toda la mañana pensando en la noche anterior. En como Isabel y él fueron uno, por primera vez. Pero no por última, esperaba.
“Por siempre, uno”, recordó el título de aquella canción de Yngwie Malmsteen. Pensó en levantarse para buscar el Seventh Sing, pues le apetecía escuchar la balada. Se lo pensó un poco. Finalmente, apoyó los nudillos en el colchón y se levantó de sopetón. No tardaría mucho en arrepentirse.
Aquella mañana, tal y como prometió a su amiga-amada-novia-amante, esperó a su despertar, que se sucedió al amanecer, cuando los rayos del sol se posaron suavemente en los tiernos ojos de Isa, que, tras intentar ocultarse de su luz, abrió los ojos, ocultos ya con la sombra de los dedos de Lázaro, que llevaba ya rato despierto, contemplando y acariciando suavemente el ovillo en el que estaba convertida Isabel en la que les pareció la noche más cálida del verano del 2006.
Desde luego, para ellos lo fue.
Eran entre las seis y las siete. Las siete fueron cuando, finalmente, se vistieron y se fueron de la vieja casa.
Durante el camino hasta la casa de Isabel, no cruzaron una sola palabra. Se limitaron a caminar abrazados, intercambiando miradas cómplices y cargadas de alegría mezclada con falso pudor. Finalmente, se despidieron con un beso y una cita para la tarde siguiente… la de ese mismo día.
Al llegar a su casa, en el mayor de los silencios, Lázaro se dirigió a su cuarto y se acostó. Eran cerca de las ocho.
Hacía menos de cuatro horas que se durmió. En la vieja casa de Isa, apenas concilió el sueño. En ninguna de las dos ocasiones pudo descansar debidamente.
Fue por eso que los colores se confundieron cuando su cabeza aumentó de peso al levantarse con tanta violencia.
Se llevó las manos a la cabeza, y vio, debajo de la mesa, sobresaliendo, el cuaderno que le trajo Ángeles horas antes de que se convirtiese en su prima política.
Olvidando la música, se dirigió a su diario. Lo sacó del montón de trastos inútiles, y lo abrió por la primera página.
“Si algo me pasase (¡Cielos, espero que no!), este cuaderno debe caer en manos de María de los Ángeles Soto Pelayo. Firmado, Lázaro Sanjuán Ortiz. 13-V-1999″
Bueno, eso era algo de lo que nunca estuvo del todo seguro, pero, después de todo, Ángeles era su mejor amiga.
Eso lo escribió cuando ya llevaba bastante tiempo con ese viejo cuaderno. Lo recordó al ver la primera entrada.
“6-X-1997
Siguiendo el consejo de Dani, quien, en un alarde de fe en mi persona, dice que debería escribir un diario, para cuando sea un famoso dibujante de cómic, las generaciones venideras puedan conocer el camino por el que me guió el destino, y cómo ello influyó en mi obra. Dani está colgado. Pero me convenció. ¿Y qué carajo voy a contar? Mi vida no es tan divertida. Pero, ¿qué ha pasado hoy? Hoy he conocido a una chavala increíble. Un montón de guapa. Tiene los ojos azules, el pelo castaño, rizado. No es muy alta, pero está para mojar pan. Muy buena chiquilla, parece. Tiene una sonrisa muy bonita. Olga, se llama.”
Por aquella época, a Lázaro le pareció que ese cuaderno contaría, principalmente, su historia con Olga. Aunque dejó de escribir cuando, mes y pico después, comenzaron a salir, para sorpresa de propios y extraños. Cuando, seis meses después cortaron, el diario volvió a crecer.
Dani. Apenas podía recordar quién era Dani.
¿Cuándo conoció a Isabel?
“8-VI-1998
Ayer por la tarde venía del tuto (¡ya queda menos!) y me encontré a Ángeles charlando con una chavala, que resultó ser su prima. Esto no tendría más cosa si no fuese porque la niña está que no te veas. Casualmente, es como a mí me gustan: bajita, con el pelo largo y liso, no muy oscuro, con los ojos claros, y muy guapa. Parece una chavala muy simpática. Isabel, se llama.”
Lázaro dibujó una sonrisa en su rostro. Buscó unas páginas más adelante.
“23-VI-1998
Putos exámenes… me van a quedar lo menos dos [...]. Hoy he vuelto a ver a la prima de Ángeles. Aquella tan linda. Estuve hablando con ella un poco. Parece una chavala muy interesante. Desde luego, me cae muy bien. Habrá que profundizar en la relación…”
Buscó un poco más adelante.
“16-VII-1998
Anoche, en la feria, encontramos a Ángeles y a las otras. Estaba Isabel (¡Ole!). Estuvimos un rato con ellas en la caseta de Magisterio. Y pude bailar un poco con ella. No mucho, pero algo es algo. Esa chavala podría llegar a ser algo importante.”
Lázaro pareció sorprenderse. Aquello era algo que no recordaba del todo.
Recordó entonces el momento clave en ese diario, lo que, quizás, provocó la ira de Ángeles. Avanzó hasta la zona en la que la paranoia de que alguien que no fuese Ángeles, la que mejor le conocía, leyese eso, le impulsó a escribir en una clave que sólo podría comprender quien tan profundamente conociese sus sentimientos como su mejor amiga.
“El 20 de octubre de 1999, en mi mente veo una maravilla sobre el muro… Aquella que segó su broncínea cabellera a la caída del otoño, como sauce de hoja caduca, se manifestó como ángel mensajero de la alegría. Su sonrisa trajo un inesperado mensaje de fe. Cuando la Mariposa de Hierro cantó una historia de dos amantes, ella llevó sorprendida sus manos a su boca, anunciando su pasión por dicho canto. Tal vez, sea ella, Mi maravilla.”
Habían pasado ya casi siete años de aquello… y aún no sabía si el sauce era de hoja caduca o perenne.
Desde mucho atrás, todo era dolor en aquella libreta. Lo de Nuria tenía todas las papeletas para ser un desastre, como resultó ser. Hasta ese día. Pasó de largo voluntariamente la noche que soñó con la tormenta. Aquella misma noche. Aquella en la que, definitivamente, se convenció a sí mismo que era Isabel quien le gustaba de verdad. Aunque fuese demasiado tarde.
Pasó también de largo aquella larga temporada en la que apenas vio a Nuria o a Isabel (aunque por esta última no le afectaba tanto), hasta que llegó al final de ese año.
“El uno de enero del año 2000, tu reflejo reveló mi deseo, y en el frío de la noche te hiciste presente en mi memoria. Aquella fría y vieja noche, desprecié mi mala fortuna, sin saber lo favorable que hasta entonces me fue. Con la mirada rechacé a la ninfa. Con el corazón vencí el pesar. El uno de enero del año 2000 todo empezaba y todo acababa. El viento del norte arrastraba mi cuerpo, sacando la poca vida en mí. Yo no lo sabía, pero estaba muriendo, y con mis manos aferraba la urna que guardaría las cenizas de mi corazón. La vida se me iba y yo sólo pensaba en ti.”
Lázaro recordó con una triste sonrisa aquellos momentos. La última nochevieja del milenio, según se mirase. Aquella noche iban a irse todos juntos por ahí, pero por causas nunca del todo esclarecidas, no pudo ser, y las niñas se fueron por su parte con Hugo, y los demás acabaron en otro sitio. Recordó a aquella chica a la que vio con su novio. Al principio, el susto que se llevó Lázaro al verlos fue lo que casi le amarga toda la noche: era casi idéntica a Nuria, pero no era ella, y no podía ser su hermana, ya que es hija única. Pero eso la devolvió a su mente, ya que la tenía un poco olvidada, y ya no le gustaba tanto como antes. Hasta que vio a su “reflejo”. Entonces, Nuria volvía a ser prioridad para él, hasta el punto de rechazar a una chavala, morena, de pelo corto y liso, de ojos oscuros y… bueno, la tía estaba bien buena. Y, aunque Lázaro nunca estuvo seguro de los planes de esa chica, él se limitó a pasar de ella.
Aquella noche, recordó Lázaro, era fría, húmeda… y muy aburrida. Le hubiera gustado irse con el otro grupo, pero no pudo ser. Y lo intentó, eso seguro. Aunque tal vez así fuese mejor. Esa noche era la que eligió para pedirle salir a Nuria, a pesar del breve olvido en el que la tenía. Y esa fue la noche en la que Nuria empezó a salir con Jesús. En parte, un poco de él murió esa noche. Al llegar a casa se sintió tan mal consigo mismo, que estuvo casi una semana sin salir de casa. Incluso enfermó. Tardó mucho en recibir la mala noticia.
“El siete de enero del año 2000 llegó el Apocalipsis a mi corazón. Y lloro en los hombros de los Reyes Magos, pues no me trajeron lo que pedí. Y las sombras se ciernen sobre mi luz. Pero el ave fénix resurge de las cenizas, iluminando mi triste senda con su fuego. Me quema, pero a él me aferro, mientras toma forma de mujer.”
“Los Reyes Magos”. Se refería a sus tres mejores amigos: Hugo, Rocío y Ángeles. Fue ese el día más triste desde que cortó con Olga, el que supo lo de Jesús. Y, sin embargo, dentro de su corazón, Isabel volvió a emerger. Esa noche… ¿soñó con ella? No podía estar seguro. ¿Salía ya con Josele? No, aún no… ¿no? ¿O sí? ¿Se refería realmente a Isabel?
Intentó poner en orden sus recuerdos.
Para empezar, fue por noviembre que empezó a salir con Olga, y cortaron en primavera, por raro que pareciese. Tenía él quince años. Poco después conoció a Isabel. A Nuria ya la conocía de antes.
Pero, durante un momento, Lázaro se sintió muy confundido. No era verdad que hubiese conocido a Isabel cuando empezó a gustarle Nuria, como pensaba hasta entonces. La conoció mucho antes de lo que pensaba en un principio… poco después de cortar con Olga.
Todo parecía cambiar su lugar en su memoria. Siguió leyendo.
“El veinte de enero del año 2000, Lázaro encontró la senda de la perdición. Ojalá nuestro tiempo no fuera pasado. Ojalá nuestra distancia no fuera espacio. ¿Por qué tienes que ser como eres? ¿Por qué tienes que ser única? ¿Por qué el pájaro de fuego vuelve a llamarme?”
La senda de la perdición…
Ese fue el día en el que Lázaro decidió que se acabaría eso de guiarse por sus sentimientos. Bastantes problemas tenía ya.
“¿Perdición?”, pensó Lázaro. Bueno, según pensaba Lázaro, la suerte no acompañaba a los que seguían un camino recto. Después de todo, todas aquellas a las que quiso, pero que se fueron con otros, fue siempre con gente a los que Lázaro consideraba inferiores tanto a ellas como a él mismo. Gentuza que no merecía a aquellas que conseguían. Gente que seguía la senda de perdición.
Como Josele.
En verdad, él no era malo. Pero Isabel era mucho mejor.
Y el pájaro de fuego. De nuevo, Isabel. Isabel y Josele, un binomio maldito.
Estaba claro que, por aquella época, Isabel volvía a interesarle. Algo tarde.
Siguió leyendo.
“El cuatro de febrero del año 2000 volví a amar como siempre a quien amé como nunca. Hermana por siempre deseada, amiga donde todos me fallaron. Amante soñada de todo amante soñador, que en toda mi vida amante en soledad fui.”
Vale, eso podía haber enfadado a Ángeles. Que tal vez empezase a sentir algo por ella, era algo razonable para ocultarle a su mejor amiga. Además, ella tendría que comprender que pasaba por una mala racha. No sólo por lo de Nuria o Isabel, si no también por lo de sus padres. Y lo de decidir darse a la mala vida.
Un escalofrío recorrió la espalda de Lázaro antes de seguir leyendo.
“El once de febrero del año 2000 ardió en mi corazón la llama sofocada. El azabache rechazó el baile por abrazar el ceniciento carbón. Pero el oro, entre mis manos, se mantenía lejano, por mi voluntad, ignorante, el tesoro, de lo que pasaba en mi corazón. Los ángeles nos guiaban, y yo, añorando, junto a su pelo, los viejos tiempos que nunca fueron.”
Vaya. Eso era algo que casi había olvidado también.
Era el cumpleaños de Marta, antes de que saliese con Tato. Y se fueron por ahí, de botellón y a bailar. Todo el mundo estaba esperando a que Tato le pidiese aunque fuese un baile a Marta, ya que era del dominio público que se gustaban desde hacía más de un año, desde poco después de que Marta rechazase a Lázaro. De eso no se acordaba. Apenas. Sí, bueno, le gustaba Marta, antiguamente. Pero en esa época le gustaba Nuria, aunque ella estuviese con ese Jesús y él hubiese decidido darse a la mala vida. Por eso, cuando Lázaro le pidió un baile a Marta, a nadie le sorprendió el hecho de que le rechazase, ni tan siquiera a él, aunque sólo lo hiciese porque le daba cosa dejarla así. Pensó que debería haber agarrado a Tato y hacerle bailar con Marta… (¡Agh, la cabeza empezó a dolerle!)… Pero él bailó con Nuria, aprovechando que Jesús no estaba por ahí. De hecho, aún ahora, seis años después, Lázaro ni le había visto…
Pero, sí. Le vio una vez.
Ahora recordaba…
Fue el día antes de enterarse de la noticia. El día de reyes.
Les vio a los dos juntos, caminando de la mano…
¡El tío era un tarugo!
Ahora recordaba… pero le importaba un carajo.
“El doce de febrero del año 2000, rebelión de placeres en mi interior. El deseo encuentra el camino a seguir.”
No tenía ni idea de qué quería decir con eso. Suponía que se refería a Nuria o a alguien. ¿Esperar a que cortase? No, eso no iba con su personalidad. ¿Provocar la ruptura? Lázaro agitó la cabeza. ¿Y qué pasaba con el camino de la buena mala vida?
“El catorce de febrero del año 2000, otro más en soledad. Las rosas se marchitan a mi alrededor, y los claveles florecen.”
Sin duda, Lázaro odiaba San Valentín. Y más en el instituto. La gente iba por ahí repartiendo las flores que amantes y enamorados se enviaban. Quitando cuando estuvo con Olga, todos los demás días de San Valentín estaba sólo… y precisamente ese día, Olga no fue a clase. Bueno, estaba deprimido porque era San Valentín. No pensaba que fuese necesario una entrada sólo para eso que ya le había pasado diecisiete veces.
“El dieciocho de febrero del año 2000 los puñales florecen en mi espalda. Mañana rechazaré el beso de Judas. Cortaré la cabeza de Dios. Mi tesoro con ella no compartiré. Así como el dinero llama al dinero, y el deseo llama a la corrupción, la mentira conduce a la fatalidad.”
Ese fue el día que Marta y Tato empezaron a salir. Estaba cabreado con todo Dios. Aún así, en aquel tiempo lo miró fríamente: Marta le dijo que no quería salir con nadie, pero salió con Tato. La perdonó, porque hacía más de un año de aquello. Tato, tal vez aún creyendo que a él todavía le gustaba Marta, le pidió salir. Le perdonaba, porque él habría hecho lo mismo. Se dio cuenta que con quien estaba realmente enfadado era con Rocío. Más que nada, por ser ella la principal causante de esa pareja. En el fondo, se alegraba por ellos, pero es que Rocío le engañó perramente. Llevaba más de un año diciendo que ella nunca haría algo parecido a lo que hizo con Tato y Marta. Por eso decidió que Rocío ya no era más su amiga. Aunque fue incapaz de hacerlo. De todas formas, fue ella quien se alejó tanto de él como del resto de los tíos del grupo.
“El cuatro de marzo del año 2000, el miedo a la incertidumbre insinúa la verdad. Mientras, el fruto del árbol sabio y el colmillo amigo contemplan la gloria del miserable”.
Su primera noche de Carnaval en Cádiz. Y la última, hasta la fecha. Encontró a una compañera del instituto, que parecía no dejar de insinuársele. Al menos, eso es lo que pensaban el Pera y Alfonso. Pero él no le siguió el juego. No recordaba muy bien quién era, pero había alguien que le gustaba demasiado en eso momento. ¿Sería Nuria o Isabel?
El caso es que aquel día acababa el diario, casi justo al final de la página. Aún así, la giró.
Para su sorpresa, había escrito algo más. Y su estremecimiento fue enorme al leer la fecha.
“El dieciocho de marzo del año 2000 la senda de la duda conduce a la verdad, como el curso de un río se pierde en el mar. Pero todo es confuso, y nadie es como ella.”
Vale, perfecto. Ahora sí que estaba confuso.
¿A quién demonios se refería? ¿A Nuria? ¿A Isa? ¿A Marta? ¿A Ángeles? ¿A Palma? ¿A Olga? ¿A quién demonios?
Sólo sabía que ese era el día en el que descubrió la ruptura de Nuria y el tal Jesús. ¿Lo sabía ya en el momento de escribir esas líneas? Si así fuese, tal vez se refiriese a ella. Pero no, no fue hasta esa noche que lo supo. ¿No? Si no, ¿qué pasó aquél día? ¿Qué pasó ese dieciocho de marzo del dos mil? Aparte, claro, de que casi murió.
Ese día acabó una vida y empezó otra.
Durante seis años estuvo muerto, viviendo en su propio paraíso particular, donde todo el dolor del pasado quedó olvidado. Pero volvió a ese mundo de dolor, donde encontró a unos padres de nuevo enamorados, a unos amigos unidos como nunca. A una mujer que le amaba.
Pero toda la felicidad que le acompañó mientras no estaba ahí, quedó olvidada… menos cuando dormía.
¿Tendría esa clase de sueños mientras estaba en aquel otro lugar? ¿Soñaría con Nuria, con Olga, con Tato o el Pera, Alfonso, Hugo, Palma, Susi…? Bueno, Hugo estaba ahí, como Isabel.
Lázaro miró el calendario de su reloj: miércoles. Hasta el martes no vería a Josan. A ver qué carajo podía hacer por él.
Entonces, alguien llamó a la puerta. Lázaro fue abrir, tras comprobar que estaba solo, y se alegró al ver a quien llamaba.
- ¡Hola, fornicador! – saludó Ángeles con una maliciosa sonrisa.
- Las noticias vuelan, ¿eh?
- Isa me mandó un mensaje hará cuatro horas. De los detalles ya se encargará luego. ¿Me dejas que pase?
- Claro, pasa.
Ángeles entró a la casa de su amigo, que advirtió entonces que cargaba con una vieja mochila a sus espaldas.
- ¿Qué llevas ahí?
- Algunos álbumes de fotos. De los últimos seis años. Supuse que te gustaría verlos. - Supusiste bien – sonrió Lázaro.
Ángeles y Lázaro se sentaron en el sofá, y la chica metió una mano en la mochila.
- ¿Por dónde te gustaría empezar?
- Lo suyo sería empezar por el principio, ¿no?
- Bueno…
Ángeles sacó un pequeño álbum de tapas rojas.
- Este es muy antiguo. Del 97. Mejor saco otro.
- No, déjame verlo.
Lázaro abrió el álbum por la primera página. Allí estaban Alfonso, Palma, Gema, el Pera, Susi, y él mismo junto a otras tres chavalas, en el Cerro, nueve años atrás.
- ¿Quiénes son estas tres?
- Son Sandra, Julia y Amparo.
- ¡Joder, es verdad! Ni me acordaba de ellas. ¿Dónde están?
- Perdidas, las tres. Creo que están aquí por el verano, pero yo no las he visto.
Lázaro pasó una página, y en las dos fotos aparecía Susi agarrando al Pera. En una, acompañados por Palma, Tato, Alfonso y él mismo. En la otra, por Ángeles y Amparo.
- Quién lo diría, ¿eh? – comentó Ángeles.
- Bueno, había sospechas. Pero no pensaba que, después de seis años… bueno, nueve en verdad.
- Bueno, ya estuvieron juntos una noche antes.
- ¿Sí? ¿Cuándo?
- En una excursión a Alicante.
- Vaya…
Lázaro pasó una página más.
- Eso fue en Navidades, en casa de Isa.
Lázaro se quedó petrificado mirando la escena.
- ¿Qué pasa?
Lázaro posó el dedo sobre la imagen de Isa.
- ¿Esta es Isabel?
- Sí. ¿Qué pasa?
- Nunca la había visto así.
Lázaro mentía. Sí que la había visto así. En sueños.
- ¿Es por el pelo? En verdad es así de rizado. Lo que pasa es que poco después empezó a alisarlo. Y luego, se lo cortó.
- ¿Y tan oscuro?
- Es su color natural. Con el sol del verano se aclara. Es normal. ¿Qué pasa?
- No recuerdo haberla visto así.
- Claro. Cuando os conocisteis, ya se lo alisaba. Y creo que casi siempre os veíais de noche , ¿no? Por eso no le notabas el tono.
- Ya, pero…
Lázaro no supo continuar.
- ¿Te pasa algo?
- Ángeles, tú sabes que yo siempre te lo cuento todo, ¿no?
- Sí, bueno, eso pensaba.
- Pues te voy a confesar algo, pero debes jurarme que guardarás el secreto.
- ¿Qué pasa?
- Durante estos últimos seis años, he estado en otro sitio.

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Senda de perdición (7)

Noviembre 25, 2009

Capítulo siete ya.
Y bueno… ahora empezamos a entrar de verdad en materia… ¡así que agarráos!

Lázaro llamó a la puerta, y recibió permiso para entrar desde el otro lado. El joven entró en el despacho, donde le esperaba un hombre de unos treinta años, con el pelo despeinado y la barba descuidada.
- ¿Doctor Velázquez? – preguntó Lázaro tímidamente.
El hombre levantó la mano y negó con la cabeza.
- Jose Ángel, si no te importa. O Josan, mejor. Tú eres Lázaro Sanjuán, ¿a que sí?
- Sí.
- Entra. Hombre. Pasa y siéntate.
Lázaro entró al despacho del psicólogo. Las paredes estaban decoradas con un montón de fotos de niños y un par de posters de arte contemporáneo. Cerca de la mesa, había un butacón con aspecto de ser cómodo. Sobre ella, aparte de un montón de papeles, había un cenicero con la inscripción “No fumes, ¡coño!” en el fondo, un pañuelo para las gafas y un paquete a medias de chicles de nicotina.
El médico intentó poner en orden el maremágnum que tenía sobre la mesa sin hacer mucho caso de su paciente.
- Bueno – dijo finalmente -. Lázaro.
Jose Ángel tenía una costra de mugre en las gafas que impedían que mirase a los ojos con su interlocutor.
- ¿Sí?
- Es interesante tu caso.
- Me lo imagino.
- No, en serio. A ver si me equivoco: pasas seis años en coma, tras los cuales desapareces del mapa, y, de repente, a las tres semanas, apareces sin más recuerdo de lo que pasó que unos tatuajes en los brazos, ¿no? ¿Se me olvida algo?
- Sí – respondió Lázaro, al darse cuenta de que el psicólogo olvidó lo que a él le parecía lo más interesante.
- ¡Ya! Esos sueños, ¿no? -. El gesto del médico se llenó de intriga al mencionar los sueños.
- Sí.
- Bueno, tal vez no tenga tanta importancia.
- Pues…
- Pero habrá tiempo para hablar de eso. Bueno. Lo primero que tengo que decirte es que es la primera vez que oigo algo semejante. Porque no debe suceder todos los días que un paciente que lleva seis años en coma se levante de buenas a primeras y desaparezca durante… bueno, creo que eso ya lo he dicho. Pero lo que me tiene más mosqueado es lo de los tatuajes. ¿Me dejas verlos?
Lázaro, confundido por las palabras del médico, extendió sus brazos hacia él. Jose Ángel los observó detenidamente. No parecían representar nada concreto. Eran un gran montón de símbolos repartidos a lo largo de sus antebrazos.
- No he visto nada parecido – dijo finalmente.
- ¿Sabes qué pueden ser?
- Podrían ser ideogramas, como los kanji japoneses y chinos, las runas o los jeroglíficos egipcios.
- Ya.
- Pero es sólo una idea. Podría ser cualquier cosa. Supongo que los conocerás mejor que yo, ¿no?
- Sí.
- ¿Qué has podido observar?
- Bueno… no mucho, sólo que son parecidos, del mismo estilo, pero no hay dos iguales.
- ¿Y no te habían dejado ninguna cicatriz? – preguntó Josan, sin apartar los ojos de los brazos de Laza.
- No. Es como si llevasen aquí todo ese tiempo.
Jose Ángel examinó detenidamente aquellas marcas.
- Son todas del mismo tono – anunció el médico.
- Ya.
- Menos esta – añadió, señalando una similar a la “Y”, aunque con tres líneas ondulantes transversales, que se encontraba junto a la muñeca de Lázaro.
Laza la observó durante unos segundos. Era azul, como todas las otras, pero de un tono menos intenso.
- Es verdad – dijo -. Pero juraría que todas eran iguales.
- No creo que se haya desteñido – respondió Jose Ángel -. Pero, ¿estás seguro de que todas, eran iguales?
- Sí… aunque ahora lo empiezo a dudar.
- Bueno, no pasa nada… supongo. Y dime, ¿qué tal te ha ido desde que despertaste?
- Un poco raro. Pero bien, por lo general.
- Cuenta.
- Bueno… al principio, todo era muy confuso. Cuando desperté, no recordaba nada. Mi madre me dijo que pregunté por ella, pero dudo que recordase ni su cara. El caso es que no recordaba nada, pero, a medida que veía a la gente, lo recordaba todo.
- ¿Cómo?
- Sí, bueno, al principio, no le daba ninguna importancia. Supuse que sería normal. Pero, cuando me encontré a mis amigos, recordé de golpe cada una de sus vidas. O mi novia.
- ¿Qué pasa con ella?
- Bueno, llevo saliendo semana y pico con ella, pero, antes del coma, ya nos conocíamos. Es la prima de mi mejor amiga, y me gustaba bastante, pero no me acordaba de ella en absoluto, hasta que la vi, y ya llevaba tiempo despierto. Y mi ex, lo mismo. Ni siquiera recordaba la cara de mi mejor amigo, hasta que le vi en una foto. Y no recordaría ni que existió si no fuera porque me hablaban mucho de él.
- Interesante – dijo Jose Ángel, anotando algo en un cuaderno.
El médico se cruzó de brazos y apoyó los codos sobre el escritorio.
- Háblame ahora sobre esos sueños.
- ¿Mis sueños? Bueno. Lo único que te puedo decir es que parecen muy reales. En todos ellos me veo a mí y a mis amigos viviendo en el campo, como en una época antigua. Bueno, en verdad, sólo he visto a Hugo, mi mejor amigo. También hay una mujer. No sé quién es. Sólo te puedo decir que tiene el pelo castaño oscuro, largo y rizado. Antes creía que era Olga, mi ex novia, pero ahora no lo creo. Tenía unos dibujos con todo lo que veía, pero me los he dejado en casa.
- A ver si me los podrías traer la próxima vez.
- Claro. Otra cosa de esos sueños es que nunca me doy cuenta de que estoy soñando. - Bueno, eso es normal. No es fácil distinguir el sueño de la vigilia. Lo dijo Descartes.
- Ya.
- Pues mira lo que vas a hacer. Vas a coger un cuaderno, y no te vas a separar de él. Y vas a anotar en él todo lo que vayas recordando. Y todas las semanas me lo vas trayendo. Y ahora, si no te importa, me tengo que ir. Tengo que hacer un montón de cosas y voy fatal de tiempo.
- Claro – dijo Lázaro, levantándose.
El psicólogo también se levantó, sacó un maletín de debajo de la mesa y metió los chicles de nicotina, el cenicero y todos sus papeles.
- ¿Por qué haces esto? – preguntó Lázaro.
- ¿Llevar tu caso?
- No, llevarlo gratis.
- Ah, sí – sonrió -. Eres mi tesis. O parte de ella, vamos.
- Todavía no eres doctor.
- Emm… no. Espero que no te importe.
- No… bueno, no sé.
- Este despacho ni siquiera es mío.
- ¿De qué va la tesis?
- De sueños y tal, y su influencia en la vida real. Y viceversa.
- Ah… No sabía que hiciese falta una tesis para ejercer de psicólogo.
- Yo no soy psicólogo.
- Hombre, ya…
- No, digo que no estudio psicología.
- ¿No?
- No.
- ¿Y qué estudias? – Lázaro buscó la palabra -. ¿“Onirología”?
- Eso es una rama de lo mío.
- ¿Y qué…?
El sonido del teléfono interrumpió a Lázaro. Josan lo miró y, tras tres señales, lo descolgó.
- ¿Sí? … No, ahora mismo no está. … Estará al caer. … ¿Yo? Un estudiante. Estoy usando su despacho. … ¡Claro que lo sabe! ¡Si fue él mismo el que me lo cedió! … Venga, espere que anote…
- Josan – llamó Lázaro en voz baja -. Que yo me voy.
- Venga, hasta el martes. Y no te olvides de los dibujos. ¡No, no es a usted! … Sí, dígame…

- Y, si no era psicólogo, ¿qué demonios era?
- No lo sé. Cuando me lo iba a decir, sonó el teléfono. Ya le preguntaré el martes.
- Ohú… ¡que mal suena eso…!
Aquella noche hacía mucho calor, y la luna llena iluminaba el camino de la pareja hacia la casa de la chica.
- ¿Qué tal ha quedado la casa?
- ¿Qué?
- Tu casa.
- Ah, muy bien. A ver si la ves cuando vengas a conocer a mis padres.
- Sí, ya…
- Vamos, niño, no te pongas así – dijo Isabel -. Llevamos ya más de una semana y todavía no te conocen. Ya sé que es pronto, pero van a pensar que salgo con un… con algo que no enseñaría a mis padres.
Lázaro sonrió.
- ¿Y qué pasa con los tuyos? – añadió Isabel -. Voy a pensar que te avergüenzas de mí.
- ¡Pues mira..! – rió Lázaro. A lo lejos se veía ya el portal del edificio de Isabel. Ya se había acostumbrado a acompañarla hasta la de su abuela.
Una vez junto a la puerta, Isabel miraba de un lado a otro sin fijar la mirada en ningún punto en concreto.
- ¿Ya estás mejor? – preguntó Lázaro recordando que no hacía ni media hora esa muchacha le estaba pidiendo que la acompañara a su casa, pues se sentía muy mareada.
- ¿Qué? – preguntó Isabel, que en ese momento se dedicaba a darse puñetazos en la palma de la mano -. ¡Ah! Sí.
Isabel podía notar algo extraño en Lázaro. No esperaba un beso de despedida. Sin embargo, permanecía en silencio, como esperando a que ella hablara… si es que tenía que decir algo.
- Laza…
- Dime.
- En verdad, no estábamos de obras -. Lázaro parecía comprender, aunque esperaba no arrastrarse por las ilusiones -. Y mi abuela no vive donde creías. Allí vivo yo.
- ¿Qué…?
- Aquí ya no vivimos. Nos mudamos hará tres meses -. Isabel miró al edificio que se erguía junto a ellos -. Aquí sólo quedan algunos muebles viejos.
- ¿Dices que…?
- ¿Tú que crees? – sonrió ella.
- Bueno… -. Lázaro no estaba del todo seguro de lo que quería Isa, pero sospechaba algo.
- ¿Quieres subir?

La vieja cama crujió al sentarse Isabel, que, lentamente, se despojaba de su camiseta de licra, dejando al descubierto un sencillo sujetador marrón. Sus movimientos eran lentos y serenos, aunque las manos parecían temblarle un poco. Lázaro, por su parte, tardó una eternidad en desabrochar cada uno de los botones de su camisa. Se la arrancó del cuerpo cuando aún quedaba uno, que salió disparado sin que la pareja le diese mayor importancia. De un sencillo a la vez que sensual movimiento de sus pies, Isabel se quitó las sandalias, mientras que su novio sufrió para quitarse los tenis. Tras quitarse los pantalones, Isabel se tendió sobre el desnudo colchón en espera de su amante, que no la hizo esperar demasiado. Lázaro se acercó a la cama, recorriendo los flancos de su amada con sus manos, clavándole la mirada, y besándola tiernamente, mientras que, sufriendo un poco, recorría la espalda de Isabel en busca del modo de quitarle el sostén. Tras un minuto de lucha sin cuartel, Isabel no pudo evitar reír ante la inutilidad que presentaba su querido a la hora de llevar a cabo tan sencilla maniobra. Ella misma, con una sonrisa en los labios, se llevó las manos a la espalda, buscando con la derecha la de Lázaro, mientras que, con la izquierda, efectuaba un sencillo movimiento que desabrochó el maldito sujetador. Lázaro fue, sin embargo, el que, lentamente, despojó a Isabel de su penúltima prenda. Y, para cuando quiso darse cuenta, sus pantalones se deslizaban hacia sus pies, sin que él hubiese ni tocado el cinturón. Con su brazo derecho, Lázaro rodeó la cintura de su novia, mientras que, con la otra, la desnudaba por completo. Una vez así, Isa se arrastró como una serpiente por lo que quedaba de cama, hasta que su cabeza ocupaba el lugar en que solía haber una almohada. Por su parte, su novio rebuscaba algo en el pantalón. Sacó la cartera, extrayendo de ella el “Bienaventurado”, que era como él llamaba a ese trozo de látex del que tanto esperaba desde que lo compró hacía una semana. Mientras, con una sonrisa, Isabel había sacado un pariente del mismo de su bolso. Lázaro sonrió mientras se tendía junto a Isabel, alegre, pero sin sonrisa. Ella sí sonreía. Sus cortos cabellos eran recorridos suavemente por los dedos de Laza, que, finalmente, poniendo su mano tras su cabeza, fundió sus labios con los de ella. Durante un rato, sus manos recorrían los cuerpos del otro, y sus pieles mezclaban sus sudores, reflejando la pálida luz de la luna, que entraba libremente a través de la ventana desnuda, como única iluminación en lo que fue antaño la habitación de Isabel.

Una hora larga después, ni Lázaro ni Isabel habían vuelto a abrir la boca. Tras la experiencia, ambos permanecían en silencio, limitándose a observarse mutuamente sin poder dejar de sonreír. Finalmente, fue Isabel la que apoyó su cabeza contra el hombro de Lázaro, aunque sin intención de volver a mezclar sus cuerpos. Si no tan sólo de tener aún más cerca al causante de aquello que sentía.
- Isa… – dijo él al fin.
- Dime.
- ¿Puedo preguntarte una cosa?
- La respuesta es que sí.
- No iba a preguntarte eso. Ya me había dado cuenta que era también la primera vez para ti.
- ¿Y qué me ibas a preguntar?
- Bueno, me dijiste que los otros dos con los que estuviste, que cortaste porque iban muy rápido. Y, bueno, nosotros…
Isabel cerró los labios de Lázaro usando los suyos propios.
- Calla, tontorrón – dijo ella -. Creía que te darías cuenta por ti mismo.
- ¿De qué?
- Ay… desde luego, a los hombres os lo tenemos que explicar todo… ¿No te has dado cuenta que yo no podía haber estado con esos dos?
- ¿Por qué?
Isabel dibujó en su cara una media sonrisa.
- ¿Pues por qué va a ser? Porque te quería a ti.
- ¿A mí?
- Claro.
- Pero si estaba en coma.
- Ya. Y fue entonces por lo que me di cuenta de que yo te quería a ti. Por eso dejé a Josele.
Lázaro no podía dar crédito a lo que estaba oyendo.
- Y ahora no pienses más en eso. Descansa. Y prométeme que, al amanecer, estarás junto a mí.
Lázaro sonrió.
- Claro, mi Cielo.
El silencio volvió al viejo cuarto de Isabel. Ahora ella dormía dándole la espalda, mientras él rodeaba su cintura con su brazo. En espera de que el sueño le devolviese junto a su amada.
Tuvo que vivir dos vidas para hacerlo, pero, finalmente lo hizo. Pero aquello no era lo más importante. Estaba más enamorado que nunca. Con la oreja de Isabel a escasos milímetros de sus propios labios, le dio, sin embargo, por pensar. ¿Estaría tan enamorado de la mujer de su sueño?
Estuvo con ella aquella tarde en la que las grises nubes cubrían el cielo, allá en las montañas. Desde ahí arriba veían cómo la gente del pueblo se preparaba para la inminente tormenta. Mientras ellos no hacían caso de las nubes que anunciaban malas noticias.
Hasta que fue demasiado tarde.
La tormenta estaba ya sobre ellos. Y el viejo templo carecía desde hacía mucho de un techado. Y la cabaña de Lázaro estaba demasiado lejos.
Pero no tan lejos estaba el granero de Lucas. Allí se dirigieron corriendo, con sus cuerpos totalmente mojados.
Una vez dentro, comenzaron a quitarse las ropas, sin atender a que estaban los dos juntos. Cuando lo advirtieron, se acercaron lentamente el uno a la otra, y se fundieron en un abrazo. Se ocultaron en un cálido rincón, entre balas de paja, y allí yacieron juntos. Lázaro le pasó la mano por la cara, apartándole los mojados cabellos, que ocultaban su rostro, y la miró.
Era Isabel…
Lázaro despertó, inmóvil. Se sentó lentamente en el colchón, y miró a Isabel, tumbada boca abajo a su lado. Totalmente desnuda, con la cara hacia donde estaba él. La podía ver con el pelo largo, rizado, y más oscuro. Era lo único que las diferenciaba. El pelo de aquella con la que estaba en ese momento era más corto, liso, y un poco más claro.
Lázaro se preguntaba qué podía estar pasando. ¿Sería sólo su imaginación? ¿Habría transformado inconscientemente a aquella que soñaba hasta ser aquella a la que amaba?
Finalmente, se tendió sobre el colchón, rodeando el cuerpo de Isa con su brazo, y acercándose a ella.

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Senda de perdición (6)

Noviembre 20, 2009

Y seis ya…
A estas alturas (20 de noviembre se supone que es ya), estaré de vuelta en la Isla, pero bueno… como seguramente se me haya ido la bola, programo esta también…
Y puede que las siguientes, quién sabe… Que, visto con perspectiva, esto es tela de cómodo… :p
Y bueno, ya no me enrollo más… ¡os dejo con el sexto capítulo!

Que bien, ¿no? – comentó Hugo.
Con una sonrisa, Lázaro asintió.
- La verdad es que sí – añadió -. Es una chica increíble.
- ¿Y la quieres de verdad?
- Esa pregunta…
Lázaro tomó un sorbo de la bebida. Miró el fondo del vaso una vez lo apuró. Quedaba un pequeño poso, que bebió también.
- Claro que sí. ¿Por qué preguntas eso?
- No, por nada – dijo Hugo, encogiéndose de hombros -. Bueno… – añadió, mirando al cielo -. Pues yo creo que me voy a ir ya. ¿Te vas a quedar mucho más?
- No. Sólo un rato más.
- Nos vemos esta noche, ¿no?
- Sí, claro.
- Pues hasta esta noche.
Hugo se levantó y se despidió de su amigo con un gesto de la mano. Por su parte, Lázaro cogió su herramienta. Pronto empezaría a oscurecer, y todavía tenía que talar un poco más. Levantó su hacha y golpeó la madera.

¿Qué había sido eso?
Ese era Hugo, de eso no cabía duda. Pero, ¿qué pintaba él ahí?
Bueno, era el sueño aquel que se repetía como una comida pesada. Cierto que hacía tiempo que ni pensaba en ello, pero, ¿por qué mierda venía ahora?
La verdad, es que, para meterse en un sueño, aquel en el que estaba: en la playa, tirado sobre la arena, bajo la sombrilla, y con Isabel tumbada a su lado.
Estaba despierta. Su frente se apoyaba sobre el hombro de Lázaro, mientras le miraba directamente a los ojos.
- Hola… – susurró ella.
Lázaro la tomó de la cintura, arrastrándola hacia él.
- Hola – respondió Lázaro al tiempo que la besaba.
Hacía casi una semana que Lázaro e Isabel empezaron a salir. Esa noche, en el “Aventino”… Lázaro no la podría olvidar. ¿Y cómo iba a quererlo?
Aquel día quedaron para ir a la playa con todos sus amigos, pero, en ese momento, no parecía haber nadie más por ahí. Mejor así. Necesitaban algo de intimidad.
- ¿Nos pegamos un baño? – propuso Isabel, mientras se levantaba.
- Venga.
Allí en el agua, algunos de los amigos de Lázaro se dedicaban a toda clase de juegos, a los que la nueva pareja se unió.
Aquello era increíble para él. Hace sólo un mes (o seis años), estaba destrozado. De tal manera, que casi le lleva a la muerte. Por una tontería.
¡Y de qué forma había cambiado todo!
Ahora tenía una novia fantástica: guapa, muy agradable, lista, noble, sincera, trabajadora… a Lázaro se le desbordaba el mar por la baba que se le caía.
Aquello era algo fuera de lo común.
Su piel caliente al sol y fresca en el agua… sus salados labios de mar… sus suaves pero firmes abrazos… sus ojos celestes, que reflejaban el cielo y el mar…
¿Era aquello de lo que hablaban los poetas?
Laza sólo sabía que, cada vez que inspiraba hondo, podía sentir como la felicidad se le colaba por dentro.
Cada vez que Isabel se encaramaba a su cuerpo, le abrazaba y le besaba…
Si aquello era otra vez sólo un sueño, Lázaro sólo esperaba que fuese tan largo como el que le mantuvo en otro sitio durante seis años. O no volver a despertar.
La vida era perfecta. Y duraría tanto como el sol.

O la luna.
Lázaro esperaba con Hugo y el Pera a sus respectivas novias. Esa noche quedaron en salir las tres parejas que quedaban en el grupo.
- Mira que volver con Rocío – comentó el Pera.
- Quillo… déjame tranquilo – se defendió Hugo -. Y tú – dijo dirigiéndose a Lázaro -. Deja de tocarte.
- Joder, que no eres mi madre.
Lázaro llevaba desde hacía rato intentando arrancarse una postilla que se hizo afeitándose sin que ello provocara una hemorragia.
- Parece que no te sabes afeitar – dijo el Pera.
- A ver, coño, Pera, tú llevarás seis o siete años afeitándote, pero para mí es más nuevo.
- No tiene nada que ver – replicó el Pera -. ¿Cada cuanto te afeitas tú?
- Cada dos días.
El Pera y Hugo se sorprendieron ante la afirmación de su colega.
- ¿Tanto?
- Joder… que ya tengo 23 tacos. No es tanto, ¿no? Mi padre se tiene que afeitar todos los días.
- Ya, pero no es poco – dijo Hugo.
- ¿Y el pelo? – preguntó el Pera.
- ¿Qué pasa con mi pelo?
- Que te crece mucho.
- Sí. Ya mismo tengo que ir a pelarme. ¡Parece que en el hospital me han bombardeado a hormonas!
- ¿Has ido al médico desde que saliste del hospital? – preguntó Hugo.
- No.
- Pues deberías.
- Debería. Pero estoy mejor que nunca. Además, no tengo tiempo.
- Claro – respondió el Pera -. Como estás tan ocupado con Isabelita…
Lázaro sonrió.
- Sí…
Corrigió su posición y procuró sentarse como correspondía a alguien de su edad.
- Así que en esto consiste el ser adulto – meditó Lázaro -. En comportarnos como si fuésemos adolescentes cargados de hormonas, ¿no?
- Bueno – respondió el Pera -. A ti te han bombardeado en el hospital.
Los tres rieron durante unos segundos.
- Mira – anunció Hugo -. Por ahí vienen esas tres.
“Qué raro”, pensó Lázaro. “No sabía que fuesen tan amigas de Rocío”.

- …y entonces yo le dije “¿Y qué coño te crees que estoy haciendo?”
Todos rieron la anécdota del Pera, menos Lázaro.
- ¿No te ha hecho gracia? – preguntó Susi.
- Es que no me he enterado del principio – respondió Lázaro.
- Pues paso de repetirla – dijo el Pera.
- Da lo mismo.
- ¡Qué “da lo mismo”, ni “da lo mismo”! ¡Si no estuvieses tan atento a tu niña y más a los demás!
- Es que ella es más atractiva que tú, Pera, picha.
- ¡Que pasteloso que eres, hijo! – exclamó Isabel.
- Bueno, pues me voy a echar una caña – anunció Lázaro.
- Tráeme otra – pidió el Pera.
- Tío, Pera, que voy a mear.
- Ah… pues tráeme una caña.
“¿Querrá que le mee en un vaso y se lo lleve?”, pensaba Lázaro con una sonrisa mientras avanzaba hacia el servicio.
“Con lo que voy soltando, le podría llenar una pinta”, pensaba de pie ante el urinario. “¿Con qué le podría hacer la espuma?”.
Lázaro, con una risa, se arrepintió de su actitud.
“¡Vaya mierda de adulto!”
Frente al espejo, Lázaro se retocaba un poco el pelo.
“Mañana me pelo. Sin falta.”
Se miró entonces una mancha oscura que le salía de la barbilla.
“¡Joder, con el hombre lobo!”
Salió del servicio pensando que algo de lavavajillas sería perfecto para simular la espuma de la birra para el Pera. Pero algo le separó de sus absurdas cavilaciones. Una chica de pelo castaño y ligeramente rizado estaba de pie junto a la barra, charlando amistosamente con la chica que la atendía. No era muy alta, pero sí muy guapa. Sus ojos eran oscuros y su sonrisa luminosa. Pero la sonrisa se convirtió en un gesto cargado de seriedad cuando sus miradas se cruzaron. Lázaro pudo notar, desde su posición, a media docena de metros, cómo la respiración de la muchacha se entrecortaba y aceleraba. Lázaro se acercó a ella por instinto, como arrastrado por una fuerza desconocida. Se quedaron en silencio, uno frente al otro, mirándose al fondo de los ojos.
- ¿Lázaro? – preguntó la chica -. ¿Eres tú?
- ¿Olga?
- ¡Joder, tío! – exclamó Olga sonriendo, a la vez que abrazaba a su antiguo amor -. ¡Estas vivo!
- Oye, ¿qué pasa? – preguntó Lázaro -. ¿Cómo estás?
- Yo muy bien – contestó Olga secándose las lágrimas -. Veo que tú también.
- Sí.
Olga sonreía conteniendo las lágrimas.
-¿Y desde cuándo estás…?
- ¿Vivo? Hará medio mes, ya.
- ¿De verdad? ¿Y qué tal tu nueva vida?
- Muy bien, gracias por preguntar. ¿Y cómo te va a ti?
- Pues acabo de volver de vacaciones con mi novio.
- ¿Ah, sí?
- Sí. Hemos pasado dos semanas por ahí, los dos solos.
- Anda, tú. Mira que bien. Pues yo también tengo novia.
- ¿Sí? Tú no pierdes el tiempo, ¿eh?
- Seis años, he perdido ya.
Olga sonrió.
- Que bonito eso que has dicho.
- ¡Mira a quién me he encontrado por ahí! – exclamó la voz de Isabel.
Lázaro se giró y fue testigo de una extraña experiencia. No estaba muy seguro de lo que sintió al ver a Isabel agarrada a la mano de otro tío. Tal vez no fuese tanto si no fuese porque aquel le recordaba a alguien.
- ¿Josele?
- ¡Hola, Lázaro! – saludó el ex novio de su novia mientras le propinaba un fuerte abrazo -. Me alegro de verte tan bien.
- Y yo de verte a ti.
- Hola, Olga – saludó Isabel a la ex novia de su novio mientras le daba dos besos -. ¿Qué tal las vacaciones?
- Muy bien – respondió -. Ya te contaré.
Lázaro miró extrañado la escena. ¿Se lo parecía o Josele agarraba de la cintura a Olga?
- Qué coincidencia, ¿no? – comentó Josele -. Parece que hemos cambiado las parejas.
Lázaro rió la ocurrencia de Josele.
- ¿Y os va bien? – preguntó Lázaro -. Parece que sí, ¿no?
- Sí. ¿Y a vosotros?
- En cinco días, del carajo.
- Pues podríamos haber cambiado antes – comentó Olga.

- ¿Qué te ha parecido ver otra vez a Olga? – preguntó Isabel de vuelta a su casa.
- La verdad, es que no me lo esperaba.
- No sabía si decirte que ahora estaba con Josele.
- ¿Por qué no? – preguntó Lázaro -. Josele siempre me ha caído bien -. Sonrió al ver sonreír a Isabel -. Además, tiene muy buen gusto.
Isabel rió la ocurrencia de Lázaro.
- ¿Has salido con alguien más desde que cortaste con él? – preguntó Lázaro.
Isabel se extrañó. Ese era un tema que no habían tocado aún.
- Sí – respondió ella con calma -. Estuve saliendo con un chaval de mi instituto, pero no hicimos ni un mes -. Miró a Lázaro a los ojos -. Y hace dos veranos, medio estuve con uno que vino a pasar las vacaciones, pero ni dos semanas.
- ¿Qué pasó? – preguntó Lázaro.
- Tenían demasiada prisa.
- Ya…
- ¿Y tú?
- ¿Qué?
- Entre Olga y… yo.
- No. Yo no.
- Ya…
- Lo intenté con Nuria, pero, bueno… ya sabes.
- Pues aquí estamos – anunció Isabel al llegar al portal de la casa de su abuela.
- Nos vemos mañana, ¿vale?
- Sí, venga. A las doce en la parada, ¿no?
- Eso es – respondió Lázaro mientras recibía el beso de Isabel.
Esa parte le encantaba.
Ninguno podría decir cuánto tiempo pasaron besándose aquella noche. Tal vez un par de segundos, tal vez media hora.
- Pues… me voy para arriba – anunció Isabel.
- Despídete al menos, ¿no?
- Venga, anda, dame un beso.
Tras ese otro beso, Lázaro se quedó mirando a Isabel con la mirada perdida.
- ¿Qué? – preguntó Isa, intrigada.
- Niña… cuando desaparecí del hospital…
- ¡No me recuerdes eso! No veas el susto que nos diste. No pude irme de vacaciones hasta que apareciste.
- Sí, ya, vale… ¿tres semanas?
- Sí. Tres semanas fueron.
- ¿Y antes de eso?
- ¿Antes de eso qué?
- ¿Seguro que no me moví de ahí?
- Ni un palmo. ¿Cómo ibas a moverte?
- No nada.
Isabel clavaba sus claros ojos en los de Lázaro.
- ¿Pasa algo? – le preguntó.
- No. Nada.
- Son esos sueños, ¿verdad?
- Sí.
- Vamos, olvídalo. “Los sueños, sueños son”, ¿recuerdas?
- Sí, claro.
Isabel besó nuevamente a Lázaro.
- No pienses más en ello.
Entró en el portal y se despidió de su novio con un gesto de la mano, mientras sonreía.
“La vida es un sueño”, pensó Lázaro, rememorando los versos de Calderón. “Y los sueños, sueños son”.
- Me cago en Descartes…

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Senda de perdición (5)

Noviembre 15, 2009

… por el…
Bueno… ¿Qué es hoy? ¿15? Me pregunto si ya me he colao con esto de actualizar…
Pero nada… que ahí os dejo el quinto capítulo.
Estoy deseando que las cosas se empiezen a poner complicadas aquí, jiá, jiá, jiá…
A mí me quedan cuatro días aquí en Sabadell… Joer, qué rápido pasa lo bueno… sobre todo cuando dedicas un par de minutos a preparar cosas que saldrán cada 5/6 días con un mes de antelación…
Pues allá, sin más dilación, más
Senda de perdición… :P

Isabel era, para Lázaro, una de las personas más increíbles que se habían cruzado en su camino. Le resultaba demasiado fácil hablar de la belleza que, no sólo irradiaba, sino que también inspiraba. Por eso, en cuanto la vio, no pudo dejar de llenar aquel cuaderno sin cuadros con dibujos que representaban a la chica del pelo castaño.
“Lo más lindo que hay”, pensaba.
Pero había más. No sabía qué. Tal vez la forma que tenía de moverse, de hablar, de reír.
Tal vez lo que sintió tras verla aquella noche en la que volvió a la calle. Cuando la reconoció. La única comparación que se le ocurría era “como si me hubiesen aplastado el pecho y vuelto a abrir para que respirase aire fresco”.
No era muy poético, pero lo suyo era el dibujo.
Así, intentó plasmar en las hojas de la libreta el singular encanto de aquella criatura celestial, de aquel sueño de viento y fuego. De luz y de carne.
¿Se estaría obsesionando?
“Como Warren”, pensó, observando el bello y simpático retrato que hizo de su amiga, vestida con una cota de malla, al estilo del dibujante americano.
Pero no le satisfizo.
Aún así, le gustó. Y lo firmó, anotando la comparación anterior.
Fue hojeando el cuaderno hacia atrás, y leía todas las anotaciones al pie de los retratos de sus amigos, entre los que destacaban los de Isabel.
“Como Campbell…, como Bermejo…, como Madureira…, como Hagiwara…, como López…, como Katsura…, como Jim Lee…, como Yamada…, como Manara…”
¡Qué bueno se consideraba!
Incluso había un retrato coral de todos “como Jan”.
Fue entonces cuando le dio por mirar las primeras hojas. Aquellas en las que garabateara durante sus primeros días despierto.
Y se notaba que no hubiese cogido un lápiz (ni nada) durante seis años, ya que los trazos eran imprecisos, dando a sus dibujos un aspecto bastante tosco.
“¡Claro, joder!”, se recriminó a sí mismo. “¡Hay que ser idiota! ¿Cómo no me he dado cuenta antes?”
Ahí estaba la clave de su sueño. En esos días, aún atontado por todo, se puso a pintar monas, para, más que nada, recuperar cuanto antes la agilidad manual.
¡Tal vez dibujaba su sueño!
Ahí estaban, justo antes del retrato de Ángeles “como Al Rio”, el primero que hizo tras salir, justo unas horas antes de ver a Isabel…
En el último retrato veía a una mujer mayor. Era como aquella que intentaba poner orden entre los niños. ¿Pero quién era? No le sonaba su cara en absoluto. Salvo por lo que recordó mientras charlaba con Hugo. No era posible que se la hubiese inventado. Llevaba los blancos (al menos, no coloreados) cabellos cortados. ¿Guardaría luto?
El dibujo anterior mostraba a una niña que abrazaba una muñeca de trapo a la que le faltaba una pierna. Sus grandes y tristes ojos lloraban, aunque, aún así, parecía ser feliz. Pronto se limpiaría los mocos con la manga y se iría a jugar con los demás.
Lázaro cerró el cuaderno. ¿Qué le hizo pensar eso?
Lo abrió por la misma página en la que estaban la niña y la muñeca lisiada. Retrocedió una página más. Allí estaba representado el interior de aquel templo pagano. Es decir, eso era lo que pensaba Lázaro. ¡Por supuesto, él nunca había estado allí!
La página anterior mostraba, por el contrario, la fachada de la iglesia. Ese viejo edificio no tendría que haber sido siempre una iglesia. De hecho, parecía mucho más antiguo que el mismo templo pagano. Salvo por la cruz… ¡Al menos en el dibujo!
Una página más atrás, y se encontró con más niños. Al parecer, el lugar estaba lleno de ellos. Debía de ser un lugar muy feliz. Todos los niños reían. Incluso le pareció ver en otro dibujo a la misma llorona. Se saltó un montón de páginas en las que suponía más críos.
“¡Joder si había dibujado esos días! Ya me podría haber dado por mirarlos antes…”
Abrió el cuaderno por la primera página.
Y allí estaba ella.
¿No era aquella que le había preguntado dónde se había metido, aquella con la que se veía a escondidas en el templo pagano, aquella de los oscuros rizos?
¿Y quién carajo era esa?
Lázaro decidió que demasiado tenía ya con obsesionarse con Isabel, como para acabar igual con aquél dibujo, así que cerró el cuaderno, lo depositó sobre la mesa y encendió la tele.
No estuvo mucho tiempo encendida, ya que no había nada digerible. ¿Qué iba a haber en pleno verano, a las siete de la mañana?
¿Ya eran las siete? ¡No era posible! ¿Se había pasado toda la noche dibujando? ¡Qué animal!
Llegó a casa a las tres, pero no tenía ganas de irse a dormir. No había visto a Isabel ni a las demás, así que luego Lázaro no tenía ganas de meterse en la cama a darle vueltas al asunto. Prefirió dibujar un rato antes de acostarse. Y había perdido por completo la noción del tiempo. Y lo más curioso era que no tenía demasiado sueño. Claro, que la mañana anterior la pasó entera durmiendo… igual que pasaría aquella.

O eso, al menos, intentaría. Pero Ángeles apareció en su cuarto levantando la persiana a unas horas intempestivas.
Con media cara aplastada contra la almohada y la otra media cubierta por el tatuado brazo, dejando al descubierto tan sólo un ojo que pugnaba por mantenerse abierto, Lázaro contuvo la sarta de maldiciones al adivinar la figura de aquella persona que más deseaba ver en ese momento.
- Creo que es el segundo día que te despiertan así – observó Ángeles.
Lázaro sonrió.
- Angelita… ¿qué te trae a estas horas, que son para dormir?
- ¿Qué dices, chulo, que es la una y media?
- Bueno, pues nada.
- Venía a traerte esto – dijo poniendo un cuaderno sobre la mesa -, y a echarte la bronca.
Lázaro estaba confuso. ¿Era ese cuaderno lo que él pensaba?
- ¿Por qué?
- ¿Desde cuando nos conocemos?
- ¿Desde… 1989?
- ¿Y desde cuando eres mi mejor amigo?
- ¿Desde… el 97?
- Lo que hacen nueve años de profunda amistad.
- Bueno hija… si quitamos los seis… -. Ángeles detuvo a Lázaro con un gesto de la mano.
El pobre muchacho, temiéndose lo peor (¡el cuaderno que trajo!), se limitó a ponerse unas bermudas.
- ¿Qué pasa?
Lázaro no creía que, en ese cuaderno, pudiese haber nada que Ángeles no supiese ya. No al menos como para ponerse así.
- ¿No tienes nada que decirme? -. El rostro de Ángeles era una máscara de furia.
Lázaro se encogió de hombros.
- ¿Lo siento?
Aturdida en un principio, Ángeles rompió a reír.
- ¿Qué pasa?
- No, nada.
- ¿Tiene algo que ver con eso? – preguntó Lázaro señalando al cuaderno que reposaba sobre la mesa.
- No, hijo, nada. No hay nada ahí que no me hubieses contado ya, ni nada por lo que no te hubiese podido abroncar ya.
Ángeles se sentó en la cama, junto a Lázaro.
- Pero tú me ocultas algo.
- Eso es verdad.
- Tú estás enamorado de mi prima.
“¿Enamorado?”. A Lázaro no se le habría ocurrido decir tanto.
- Vale – prosiguió Ángeles -. En el diario mucho “Isabel es muy guapa, muy simpática y muy todo…”. Pero, cabroncete, tú estás enamorado de mi prima y no me has dicho nada.
La sonrisa en los labios de Ángeles no era la que Lázaro estaba acostumbrado al recibir una bronca.
- ¿Por qué no me lo habías dicho antes?
- Bueno – Lázaro se encogió de hombros -. A lo mejor, porque, al ser alguien más cercano a ti… no sé. Me daba cosa.
- ¡Qué tonto eres! – rió Ángeles, que no podía dejar de pensar en el asunto -. ¡Qué bueno! – susurró.
Lázaro miró con ojos maliciosos a su amiga.
- ¿Te ha comentado algo Isabel?
- Que le caes muy bien. Y yo me tengo que ir. Que tengo que comer.
- ¡Espera y quieta ahí! ¿Cómo que te tienes que ir? ¿Qué te ha dicho Isa?
Ángeles miró sonriente a los ojos de Lázaro.
- No te lo puedo decir.
Lázaro respiró hondo.
- ¿Por qué no?
- Porque me lo hizo jurar – respondió Ángeles, saliendo del cuarto de su amigo.
- ¡Hey! ¡Espera, quieta ahí! – exclamó él saltando de la cama y saliendo en persecución de su amiga -. ¿Qué te hizo jurar, exactamente?
- Vamos, Laza, no seas crío – iba diciendo Ángeles mientras era perseguida por su amigo por toda su casa -. ¡Adiós, Magda! – se despidió de la madre de Lázaro.
- ¿Ya te vas?
- Sí. Hasta ahora. Y tú – dijo dirigiéndose a Lázaro -. Dile a tus amigos que hoy salimos todos juntos, que nos vamos a bailar -. Le dio un beso en la mejilla como despedida -. Y ponte guapo – susurró a su oído.
Lázaro vio como, tras abandonar Ángeles su casa, su madre se le quedaba mirando. - ¿Qué?
- No. Nada…

“Aventino” era un sitio nuevo. Al menos, para Lázaro, lo era.
- ¿Qué clase de sitio es este? – preguntó a Susi.
- Es un pub que abrió hará dos años. Te gustará.
La verdad, desde fuera, tenía buena pinta.
Por el momento, sólo habían llegado Lázaro, Susi, el Pera, Tato, Marta y Alfonso, pero aún era pronto para soltar a los perros.
- Contestadme a una cosa – dijo Lázaro -. Chayanne ya ha pasado de moda, ¿verdad?
- No tengas miedo – respondió Tato -. Te gustará.
Lázaro no se fiaba.
- Por allí llega esta gente – anunció Susi al ver acercarse al resto del “Pabellón psiquiátrico”.
- Bueno – dijo el Pera -. Ahora sólo faltan estos tíos y estas tías.
- Hola – saludó Isabel besando las mejillas de Lázaro mientras acariciaba su brazo tatuado -. ¿Cómo te va?
- Muy bien. ¿Y a ti?
Isabel se limitó a sonreír, sin dejar de tocar el brazo de su amigo.

- ¿Será posible? – se preguntaba Lázaro en voz alta, mientras señalaba el vaso de cocacola que tan caro le costó -. ¿Y cuánto se supone que habría costado en pesetas?
- Pues no creas que es caro – respondió Alfonso, encogiéndose de hombros.
Ese no fue el único incidente de la noche. Para empezar, Hugo y Rocío llevaban toda la noche bailando juntos. Era sospechoso, teniendo en cuenta el tiempo que hace que cortaron. A Lázaro, en el fondo, aquello no le preocupaba, ya que, últimamente, Rocío parecía volver a ser la que era antes. Esperaba no equivocarse. Por otro lado, el Pera volvía a exagerar con su estado de embriaguez. Eso tampoco le molestaba, ya que alegraba el cotarro con su interpretación.
El “Aventino” era parecido a una discoteca, ya que contaba con una extensa barra y una amplia pista de baile, que lo mismo valía para bailar que para cualquier otra cosa, pero esa noche no estaba muy llena, como solía pasar en verano, en el que la gente prefiere salir de la ciudad hacia las vecinas. La amplitud del espacio permitía a Lázaro y a sus amigos moverse a sus anchas por la pista bailando los ritmos que inundaban la sala.
Afortunadamente para Lázaro, no había ritmos caribeños, salvo algunas canciones reggae, pero esas le gustaban.
- ¡Hola, tío! – saludó Ángeles.
- ¡Hola, niña!
- ¿Es que no piensas sacar a bailar a mi prima?
- Sí, claro, luego.
- Luego, ¿eh?
Dicho esto, Ángeles se acercó al barman, que estaba junto al equipo de música, y pareció decirle algo. Este respondió con señas que después.
Cuando terminó de sonar Staring at the Sun de Offspring, una suave melodía sintética dio paso a la voz de un hombre que cantaba con dulce voz, adelantándose a unos acordes de guitarra, mitad duros, mitad delicados, y al sonido de la batería. Fue en ese momento cuando notó que alguien le tiraba del brazo. Era Isabel.
- ¡Baila conmigo! – le pidió.
Ni aún buscando, Lázaro habría podido encontrar motivos para negarse. La tomó de la cintura y se dirigieron a la pista de baile.
- ¿Qué es esto? – preguntó Lázaro a su compañera de baile.
- Mi canción favorita, Resurrection, de HIM.
Era una canción que parecía hablar de amor, de pasión. Y la bailaban juntos. ¿Por qué tenía Lázaro la impresión de que hablaba de él?
Tal vez por el título.
La canción era muy bonita, lenta, pero con ritmo. Lázaro se sentía como si bailase con un sueño, que apoyaba la cabeza en su pecho.
Ambos flotaban por la pista de baile, como guiados por ángeles, sin importarle en absoluto las miradas de los demás. Pues no había nadie más.
En los estribillos, Isabel se movía más de un lado a otro, arrastrando a su amigo resucitado con él.
Lázaro se sentía extraño. No había sentido eso nunca antes. ¿Era aquello la verdadera felicidad? Tal vez aún estaba por llegar. Y él había pasado tanto tiempo fuera…
No cabía duda para Lázaro, la canción hablaba, de alguna forma, de ellos.
Y si no hablaba, hablaría.
En el que parecía el último estribillo, Isabel apretó su cuerpo contra el de Lázaro, como si hubiese esperado años para hacerlo. Apretaba su rostro contra el pecho de su amigo, como queriendo ocultar su mirada.
Cuando la canción anunciaba su final, Isabel miró a Lázaro. Sus ojos estaban tristes, pero alegres. Un pequeño destello asomaba en su lagrimar. Sí, estaba triste, pero estaba alegre. Rodeó con sus manos el cuello de Lázaro. Y sus labios se fundieron en un beso que duró más allá de la canción, incluso cuando la música cambió su ritmo y la canción se tornó en otra llena de alegría, sin dejar de sonar el mismo grupo, y la pista se llenó de gente, Lázaro e Isabel permanecían unidos en el beso.
Se separaron y se miraron durante unos instantes.
- Esta ya es otra canción – anunció Isabel.
- Pues no he notado la pausa – respondió Lázaro.
- Es que van pegadas.
- Pues como si fuera la misma.
Y se siguieron besando, hasta que esta otra canción dejó de sonar.
- Te quiero.
- Y yo a ti.

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Senda de perdición (4)

Noviembre 10, 2009

Estamos a 10 de noviembre, ¿no? Eso es un mes después de preparar esta entrada, vaya… :P
Esto te preparar tantas cosas con tanta antelación… Ya verás que, tarde o temprano, me cuelo… si no lo he hecho ya :P
Pero bueno… Pasado mañana es el aniversario de Lirael y mío… Cómo ha cambiado todo desde que escribí esta novela, jeje…
¡Felicidades otra vez, nena! ^^
Y felicidades a mi cuñada, que fue su cumple hace unos días =)
Y eso… Cuarto capítulo. Atentos, que las cosas se empiezan a complicar ahora.
¿Os va gustando?

Era una tarde muy soleada. Muy buena en septiembre. El verano daba ya sus últimos coletazos, y derrochaba las fuerzas acumuladas en los últimos días en un último esfuerzo por ofrecer semejante día a los mortales.
Se encontraban en la casa de campo que Palma tenía en Chiclana, y se habían reunido todos para despedir las vacaciones. El tiempo así lo exigía.
Para sorpresa de Lázaro, sus amigos también fueron invitados, y estos, mayor sorpresa, accedieron a ir. Teniendo en cuenta que, además, irían Rocío y sus amigas, Lázaro podía estar feliz de reunir entre las lindes de la propiedad del padre de Palma a todos aquellos amigos a los que más quería.
La tarde fue perfecta.
Desde que llegaron los primeros, los más madrugadores, sobre las once de la mañana, hasta que los primeros empezaron a recoger sus cosas, a eso de las siete u ocho, la tarde pasó entre risas y juegos, cuatro horas de barbacoa y una y media fregando. Un torneo de fútbol-2, un concurso de dardos, un certamen de chistes malos, un concierto de eructos…
Pero el verano, como se ha dicho, gastó en esa tarde todas sus fuerzas antes de morir. Antes de que los primeros fuesen a salir por la puerta, empezó a llover. Cada vez con más fuerza. Hugo, Tato y Pablo intentaron llegar a la parada del “Canario”, pero no les fue posible llegar. La lluvia era una tormenta en toda regla. A su regreso, supieron que las carreteras acababan de ser cortadas. Estaban atrapados en el campo de Palma hasta nuevo aviso.
Y nada hacía presagiar que eso fuese pronto…
Así que decidieron hacerse a la idea, algunos con más entusiasmo que otros. Cogieron todos los colchones de la casa (Palma tiene cinco hermanos) y los colocaron en el salón, donde pasarían todos la noche durmiendo lo menos posible.
- Ya que vamos a estar todos aquí – había dicho Palma -, lo mejor será que nos vigilemos.
En verdad, era para prolongar la fiesta. Pero eso no hacía falta decirlo.
Estuvieron toda la noche, que, a pesar de la tormenta, era cálida, riendo y contando historias y anécdotas. Lo pasaron aún mejor que durante el día. Pero las fuerzas iban menguando. Uno a uno, todos iban sucumbiendo al sueño. Lázaro se acostó lejos de Nuria, contrariamente a sus deseos. Se tendió junto a Alfonso, que era el único que quedaba despierto. A su espalda, un hueco, y más allá, estaba el sofá, sobre el que dormía Isabel. Pero, al darse la vuelta tras dormirse Alfonso, vio que allí estaba Isa. Respirando lentamente. Entonces despertó. Miró al estático Lázaro y sonrió. Linda.
- Hola… – saludó en voz baja.
- Hola… – respondió él.
- ¿No puedes dormir?
- No. Tengo demasiadas ganas de cachondeo.
Un relámpago vino a recordar que la tormenta seguía allí, mientras iluminaba el rostro de la niña. Acababa de cortar su lacia melena, y se veía tan linda… Se acercó un poco a su amigo.
- ¿Tienes miedo a la tormenta? – preguntó él en voz apenas audible.
- No… no mucho.
Durante toda la noche, hasta que pudo recordar, Lázaro estuvo charlando con Isabel. Especial rincón guarda en su memoria para el momento en el que Isabel, con motivo de ir al servicio, se levantó, y Lázaro pudo ver como se sacaba el trasero del bañador de entre sus carnes.
¡Ella tampoco hizo nada por disimular!
Al despertar, Lázaro vio que el sol había salido con ganas, y que Isabel reposaba su cabeza contra su pecho.
Entonces volvió a despertar. No estaba Isabel. Ni ninguno de sus amigos. Ni la casa de Palma. Ni el verano. Estaba él sólo, en su cuarto, y en otoño. En parte triste, y en parte alegre. ¿Habría olvidado a Nuria? Por lo que sabía, ella no quería estar con nadie, y eso le incluía a él. E Isabel… en parte, le gustaba. Parecía evidente que le gustaba ahora más. Dos días antes se la cruzó en la calle, y aunque sólo se saludaron… En parte, eso parecía, en determinados momentos, suficiente para él.
Tres días después, Isabel empezaba a salir con Josele.
No le dio mayor importancia. Bueno, un poco sí. Pero, en el fondo, seguía gustándole Nuria.
Ella, por lo menos, aunque no quisiese estar con él, por lo menos, tampoco con algún otro. Parecía un consuelo patético. Pero así era él.
Ahora, seis años y pico después de ese sueño, Lázaro no podía quitarse a Isabel de la cabeza. ¿Y no se acordó de ella hasta la noche del día que salió del hospital? Increíble. No se lo perdonaría.
¿La vería a la noche siguiente?
Rezaría, pero dejó de creer. Ahora, sólo esperaba.
Seis años después de soñar con la tormenta, la duda volvió a desaparecer en parte.
Pero prefirió apartar a las mujeres de su pensamiento por unos instantes. Se dedicó a pensar cómo habían evolucionado los distintos grupos de amigos durante su ausencia.
Los recuerdos de los primeros años de colegio aparecieron en su mente, pero no porque fuese entonces cuando conoció a “Huguete” y a Alfonso, sino porque visualizó mentalmente diagramas de Venn, en los que iba metiendo las caras de sus amigos. En primer lugar, estaba el conjunto que llamó “1”, o de los “Colmillos” (como se hacían llamar en esos años escolares). En él se encontraban, junto con los tres compañeros de colegio, el Pera y Tato, que se incorporaron en el primer año de instituto. Luego estaba el grupo “2”, en el que estaban Rocío, Marta, Nuria, Gema y “Lotra”… o de las “Ángeles Negros” (Lázaro no sabía por qué se le ocurrió ese nombre, pero sonaba muy heavy… a ellas no les gustaría). Este grupo apareció en escena cuando Rocío le pidió salir a Hugo. Más tarde, la unión entre ambos conjuntos se reforzó con la unión de Tato y Marta. A pesar de que ambas uniones acabaron ya, las relaciones entre ambos grupos podrían seguir calificándose de “cordiales”. Luego estaba el grupo “3” (Lázaro tardó en pensar en un nombre hortera e inútil para este grupo, al que acabó bautizando como “Pabellón psiquiátrico”), formado por Ángeles (que conocía a Lázaro desde la infancia, al ser esta la vecina de su amigo Hugo), Susi y Palma. Y Amparo, Julia y Sandra, que, desde que se fueron a estudiar fuera, no las veían apenas. Lázaro, desde luego, desde antes del coma, no les veía el pelo. Luego se incorporó Isabel, la prima de Ángeles. Pero eso no fue hasta el “encasquetamiento” del grupo llamado “4”… también conocido como “Omega Supreme”. Luego estaba Pablo, pero ese era aparte, y ahora era el novio de “Lotra”. El Pera se “unió sentimentalmente” a Palma, haciendo que, en ausencia de Lázaro, el grupo que había dejado atrás siguiese relacionándose con aquel en el que se encontraba su mejor amiga. Relación que sufrió un ligero paréntesis, primero drástico, de separación total (coincidiendo con la ruptura entre el Pera y Palma), pero que, poco a poco, se fue haciendo más suave. Volvieron a ser amigos, a pesar de que el Pera empezase a salir con Susi, la mejor amiga de Palma, las cosas siguieron bien. Raro le parecía a Lázaro, pero Palma, por muy dura que fuese, o fingiese ser, era demasiado buena como para enfadarse con nadie. Así, las relaciones entre los grupos “1” y “3”, seguían siendo buenas, no así entre “2” y “3”, ya que, por algún motivo que Lázaro no acertaba a entender, Rocío no podía ver ni en pintura a Palma. ¿Tendría algún motivo oculto? Al menos, oculto para Lázaro. Probablemente. El grupo “4”, estaba ahí. Y poco más. No eran tan cercanos a los otros desde que Josele e Isabel cortaron, pero se seguían llevando bien, o eso decían. Pero estaban ahí todos para ver a Lázaro al despertar. Y eso le bastaba.
Bueno, a fin de cuentas, parecía que se las arreglaron para llevarse bien sin él. ¡Pero se había perdido tanto…! Por ejemplo, cómo empezaron a salir el Pera y Susi. Eso debería haber sido de antología. Cómo Pablo decidía meterse a profesional. Cómo se fueron todos a Sevilla para la Feria de Abril en una furgoneta, sin gustarle el flamenco a ninguno. Los últimos seis carnavales. Las últimas seis Nocheviejas. Cómo le contaría Hugo, entre avergonzado y excitado, el hecho de haber perdido la virginidad… Ahora que lo pensaba… ¡Era el único de sus amigos que seguía siendo virgen! ¿O no? Bueno, después de todo, lo de Hugo y Rocío lo daba por sentado. Y lo de Tato y Marta, también. El Pera había estado con Palma y con otras cuantas. Y ahora, con Susi. Y Alfonso… Alfonso el “Pichabrava”.
“¡Mierda…!”
No es que el hecho en sí le preocupase. ¿Y qué más daba, después de todo? Él sólo había vivido diecisiete años. Tan patético no podía ser. Pero, que sus amigos ya… ¿E iba a ser él el último? ¿Precisamente él?
“Bueno”, pensó. “A lo mejor me equivoco. Marta siempre pareció bastante casta. Y algo pava. Pero no tiene nada que ver. Si quería a Tato tanto como parece ser que fue… Y el Pera… bueno, quitando a Susi y Palma, nunca ha durado mucho con ninguna. Pero es que en esas dos está el problema. No es que sean unas guarras, ni mucho menos. Pero es que, a su edad, con lo ricas que están… si siguen intactas es que no quieren… ¿Y por qué no?”
Sería mejor dejar de pensar en eso. Tenía mayores problemas que su virginidad. Por ejemplo, sus estudios. No tenía ni el BUP, y, ahora, ni existía. ¿Qué iba a hacer ahora? Esperaba no tener que repetir toda la secundaria.
“¡Joder!”, pensó. “Si me hubiese presentado a física, a lo mejor ya tenía el bachillerato.”
Los arrepentimientos por no haberse presentado a la pendiente nunca fueron mayores. Aunque le consolaba pensar que, de todas formas, hubiera suspendido. Y, de todas formas, ¿para qué le servía? Aunque tuviese el bachillerato, no podría hacer el COU. ¿Y cómo se las iba a arreglar para entrar en veterinaria?
Lázaro dio una vuelta en la cama, mientras consideraba el moverse y sacar la sábana de debajo de él, antes de que hiciese demasiado frío. Pero, ¡qué demonios!, era julio.
Él siempre había sido un tío listo. Y mejor estudiante de lo que merecía ser. Saldría de esta.
¿Sería de verdad el único virgen del grupo?

La luz que se colaba por la ventana como un descarado caudal obligó a Lázaro a abrir los ojos mientras blasfemaba contra la sacrílega cortina.
- ¡Levántate y anda! – escuchó a una autoritaria voz.
Lázaro sólo conseguía ver una mancha oscura, hasta que se dio cuenta de que estaba con la nariz pegada a la pared. Se volvió y pudo ver a un sonriente Hugo.
- ¡Me cago en la puta de oros! – exclamó Lázaro, que se levantó de un salto y apretó entre sus brazos a su mejor amigo, hasta el punto en que este debió golpearle para que le dejase respirar.
- Vale, vale, tranquilo… – respiró Hugo -. Que parece que no me hayas visto en seis años.
- Eres un mierda. ¿Dónde has estado?
- En Segovia, de vacaciones.
- Ya, pero, ¿cómo se te ocurre irte allí en verano…?
Ambos callaron unos momentos.
- Cabroncete… ¿Qué has estado haciendo en Segovia?
- Lo de siempre… ver a la familia…
- ¿Cuándo llegaste?
- Anoche. Tenía un mensaje de Tato en el contestador, que me dijo que te habías levantado. Enseguida me duché y me vine, pero tu madre me dijo que habías salido. Y salí a buscaros, pero no te encontré.
- ¡Espera un momentito! Yo te vi anoche.
- ¿Cuándo?
- ¿Tú no me dijiste que cuándo iba a volver?
- ¿Anoche?
- Sí. En la calle de “Lotra”, pasando su casa.
- ¡Coño! No me digas que eras tú.
- ¿Eras tú?
- Sí. Estaba hablando por teléfono, y no te eché cuenta.
- ¿Con quién hablabas?
- Nada. Una amiga.
Lázaro calló y miró con mirada inquisitiva.
- Ya me contarás.
- Sí, ya. Bueno, eso y un montón de cosas que me tendrás que contar tú.
- No creo que haya mucho que contar.
- ¿Que no? No es eso lo que dice Ángeles.
- ¿Cuándo la has visto?
- Esta mañana, en la parada de debajo de mi casa. El autobús estaba llegando, así que no me ha contado nada. Sólo que estabas levantado. Yo le dije que ya lo sabía, que a eso venía. No le dio tiempo a más, porque ya se iba el autobús.
- Así que Ángeles piensa que pasa algo, ¿eh? -. Lázaro se llevó la mano a la barbilla en una pose de Sherlock de pacotilla -. Resulta interesante.
- Y, bueno, lo que todo el mundo se ha estado preguntando el último mes… ¿dónde carajo estabas?
¿Cómo qué dónde estuvo? ¿Dónde iba a estar? Estuvo seis años de su juventud tirado en una cama, enchufado a un montón de cosas en las que no quería ni pensar, perdiendo uno a uno todos esos días que no volverían. Seis años y tres meses perdidos para siempre… Seis años durmiendo… y soñando…
En un momento, todos esos años cobraron cuerpo en su memoria. ¿Podría volver a recordar un sueño una vez lo olvidó?
La tierra era grande y hermosa en aquellos tiempos. Bañada por el mar que acá golpeaba furioso contra las rocas, allá acariciaba suavemente las arenas. En una brusca línea, el oro de la playa se enfrentaba a la esmeralda del campo, dando paso al pueblo. Un pequeño grupo de casas de madera, humildes, pero bien construidas. Sencillas y fuertes, hechas para resistir las lluvias del invierno. Allí los niños jugueteaban con él, como hacía años no veía en sus calles, entre los establos y los campos de labranza. Una mujer mayor les llamaba al orden, mientras ellos correteaban a su alrededor para alegría de todos. Un edificio algo mayor, hecho en piedra mucho tiempo atrás, con una nueva cruz sobre su torre más alta, se erguía humilde entre sus vecinos. De su interior, salían dos ancianos, uno de ellos parecía el sacerdote. Departía amistosamente con su compañero acerca de los milagros del Señor para ese día, mientras saludaba con una sonrisa a aquel que no quería creer en el nuevo dios. El sonido de una forja llamó su atención, y allí, cubierto de hollín y sudor, el herrero llamaba a las muchachas que por allí pasaban, haciendo alarde de sí mismo, con una descarada sonrisa en los labios. Él le saludó y siguió caminando, tierra adentro. Allí estaba el bosque. Era su hogar y su centro de trabajo. Su herramienta, el hacha. Era leñador, y todos los días bajaba con su carro lleno de leña para abastecer a la modesta industria del poblado. Ya era primavera, y su propio negocio se resentía, pero le daba igual. Seguía siendo feliz. Hacia el este veía la colina, en cuya cima estaba el viejo templo pagano, donde tantas veces le esperaba ella. Pero ahora, no estaba allí, si no frente a él. Había aparecido del bosque, sin que él lo notara. Sonrió, apartándose del rostro sus castaños rizos.
- ¿Dónde has estado? – preguntó ella.
- ¿Dónde has estado? – había preguntado Huguete.
- ¿Dónde quieres que estuviese? En el hospital…
- No, picha, digo los días aquellos que te escapaste. No nos quedamos tranquilos hasta que apareciste.
Lázaro miró los tatuajes de su piel.
- Pues no tengo ni idea.

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Senda de perdición (3)

Noviembre 5, 2009

Y allá va la tercera parte…
Si la agenda se ha cumplido, ya he estado en mi primer Salón del Manga de Barcelona, cosa que ya explicaré cuando tenga un rato en mi otro blog.
Hoy estaremos a 5 de noviembre, así que mañana es el cumpleaños de mi novia, cuya casa okupo en estos momentos.
¡21 veces felicidades, nena! ^_^
Y, sin más dilación, allá va el capítulo…

Aunque las cosas pudieron haber ido peor, no habían sido del todo favorables. Algunos de los caballos se negaban a continuar la marcha. Llovía con más fuerza, pero Lázaro no estaba dispuesto a retroceder.
Desde arriba, el continuo chorro de agua empezaba a ser fango. Y eso podría llegar a ser peligroso. Lázaro miró abajo. El pueblo no estaba muy lejos. Miró arriba, y pensó en los largos rizos oscuros. Y pensó si verdaderamente merecía la pena.
- ¿Qué piensas hacer? – le preguntó alguien a su espalda.
- Yo no sé tú – respondió Lázaro -, pero yo voy para arriba.
Eso era todo lo que recordaba de aquel sueño. Tal vez fuese más de lo que necesitaba, o tal vez no. ¿Había regresado a su antiguo sueño? Sólo tal vez. Lo verdaderamente importante era que empezaba a recordar.
La luz del sol entraba por el balcón mientras Lázaro se desperezaba tras su improvisada siesta. Miró el reloj. Sólo eran las seis. Cerró los ojos mientras abría la boca en un enorme bostezo, que fue interrumpido por un cojín lanzado por Paco.
- ¡Joder, papá! – exclamó Lázaro mientras él y su padre reían.
- ¿Cómo es posible? ¡Vaya asco de juventud! ¿No se te ocurre otro modo de malgastar estos años?
Tenía razón. Ya había perdido seis.
- Anda, ponte bien – pidió el padre a su hijo haciéndole gestos para que se incorporase.
Ambos se quedaron unos momentos en silencio.
- ¿Qué pasa?
- Piensas en esa chica, ¿a que sí?
- ¡¿Qué dices?! -, “¿Qué chica?”
- No me hagas caso – dijo su padre sonriendo malicioso -. Escucha, hijo. Durante este tiempo han cambiado muchas cosas.
- No me digas…
- No, en serio. Tú sabes que tu madre y yo teníamos muchos problemas antes de que tú…
- Cayese en coma.
- Sí. Eso. No creo que haga falta decírtelo. Tu madre y yo nos sentimos culpables y con motivo…
- No, papá…
- Sí, Lázaro. Sé, y tu madre también lo sabe, que fuimos la causa, aunque fuese indirecta, de tu accidente.
Eso era cierto. En parte.
- Quiero pedirte perdón…
- Papá…
- ¡No, escucha! También quiero darte las gracias.
“¿Las gracias?”
- Sé que no era tu intención, pero, la verdad, es que eso nos unió a tu madre y a mí. Ahora volvemos a estar juntos, y no se nos ocurriría volver a separarnos. Y eso es gracias a ti.
- Bueno, papá… De nada, hijo.
El padre sonrió.
- ¿Vas a salir esta noche? – preguntó Paco.
- Claro que sí.
- Tú no haces caso de eso del reposo, ¿no?
- ¿Y malgastar mi juventud?
Lázaro se levantó y se dirigió a la ducha.
- Reposo ni reposo… ¿y qué te crees que era esto? – dijo por el camino.
Una vez en la ducha, abriendo por completo el agua fría, respiró hondo y se puso bajo el chorro, que caía desde su cabeza por sus brazos, hasta la punta de sus dedos, recorriendo los extraños tatuajes a los que todos habían dejado de tener en cuenta.
Una semana antes, se había acercado con Ángeles a un tatuador, al que le explicó la historia de cómo aparecieron en su piel. Él dijo que no era posible que se los hubiesen hecho sin que se diese cuenta. Tendría que haber estado inconsciente, y durante mucho tiempo. Aún así, la técnica utilizada parecía bastante rudimentaria. Y, lo que le pareció más extraño: habían cicatrizado a la perfección. El tatuador se ofreció a darles un repaso, pero Lázaro declinó la oferta.
“Pues son bonitos”, dijo para sí. “Por lo menos, a Isabel le gustan”.
Isabel.
¿Sería posible que no pudiese dejar de pensar en ella en todo este tiempo? Tres días, y ni un momento dejó de pensar en ella.
¿Se estaría convirtiendo en una obsesión? ¿O tal vez intentaba recuperar el tiempo que había perdido olvidándola?
Eso, desde luego, no se lo iba a perdonar.
¿Qué hora sería? Ah, claro, las seis.
¿Qué era eso que había soñado? ¿Sería lo mismo que durante esos seis años? Lo único que sabía era que esa noche había quedado con sus amigos para ir por ahí, a liarla un poco. Seguramente, irían a ese bar nuevo… que llevaba cuatro años abierto. ¿Vería esa noche a Isabel? Lázaro se reprendió a sí mismo de pensar como un chaval de diecisiete años.
“¡Que ya tengo veintitrés!”

- …y por eso, como ya he dicho, es por lo que creo que España hizo bien no entrando en la Guerra.
- ¿Pero qué dices? Si España no entró en la Segunda Guerra Mundial fue porque no quiso Hitler.
- ¿Qué hablas? Yo creo que no.
- ¿Cómo que no? Hitler tenía a Franco comiendo de su mano, así -. El Pera hizo un gesto que no indicaba que le comiese de la mano, sino de otro sitio… -. Además, habría sido un fracaso para el Eje. Nosotros acabábamos de salir de la Guerra Civil. ¡Si éramos los más pobres de Europa!
- De todas formas, el Eje la cagó.
- Y menos mal…
Por encima de la música clásica (Héroes del Silencio) que salía de los altavoces del local, Nuria llamó la atención de Lázaro.
- ¿Qué ha pasado aquí? – le preguntó -. Cuando me fui, estabais hablando de películas cachondas.
¿Sería ese el momento para hablar por fin con ella?
- Será que eras la alegría de la reunión… ¡No, es coña!… Lo que pasa es que estábamos recordando La vida de Brian, cuando dije que yo sólo me había reído más que con esa película jugando a los juegos de Monkey Island. Entonces pregunté si habían sacado la cuarta parte, o alguna otra de Indiana Jones, y el tema cambió a las películas de Indiana Jones. Luego, a otras películas de la Segunda Guerra Mundial…
- … Stalingrado, la mejor… – interrumpió Tato.
- ¡La gran evasión! – se escuchó una réplica.
- …y, de eso, a la historia. Y al debate de dos borrachos – añadió señalando a Tato y al Pera.
-¿Tú no crees que La gran evasión es la mejor película sobre la Segunda Guerra Mundial? -. Lázaro se giró al escuchar tras de sí la voz de Isabel.
“¡Dioses, qué linda es!”
- La verdad, es que sí. Sin duda – respondió Lázaro -. ¿Cómo tú por aquí? – le preguntó tras darle dos besos.
- Esta, que me ha arrastrado acá – respondió Isabel señalando a su prima.
- ¿Qué? ¿Cómo estás? – saludó la chica castaña de enormes ojos verdes besando a su amigo.
- Aquí, departiendo acerca de la historia del pasado siglo – respondió su ex compañero de colegio e instituto adoptando pose intelectual.
- Ya, claro – respondió Ángeles.
- ¿Con quién estáis? – preguntó Laza.
- Con unas compañeras de clase. ¿Has hablado…? ¡Hola! – exclamó Ángeles al tiempo que se iba a saludar a Susi, quien estaba hablando con Isa -. Ahora vengo – le dijo a su amigo.
Isabel se acercó de nuevo a su antiguo “paciente”.
- ¿Qué? – preguntó ella a media voz.
Lázaro se encogió de hombros.
Tras finalizar Flor venenosa, una música que bien podría ser de los años setenta salió de los altavoces. Era un órgano que a Lázaro se le antojó que contaría la historia de dos amantes. Al reconocer la pieza, miró a la chica que tenía frente a él, que sonreía como el más lindo de los duendes.

Otra noche más, al tirarse sobre la cama, Lázaro comenzó a darle vueltas al mismo asunto.
Por un lado estaba Nuria, la chica que, sin saberlo ni quererlo, tanto le hiciese sufrir. Aquella que, durante los últimos meses de su antigua vida, más sonrisas le sacó, más hermosos recuerdos le evocó, más horas de sueño le quitó y más lágrimas le hizo derramar. Ya no era aquella chiquilla de pelo largo, negro y poco cuidado. Aquella neo-hippie de quince años, que siempre pensaba en sus amigos ante todo. Aquella que, con una simple mirada inocente, hizo que la vida de Lázaro diese un fuerte quiebro de un día a otro, cambiando la senda que seguiría. Aquella futura comunera a la que no se le gastaban los temas de conversación. Ahora, Nuria llevaba el pelo mucho más cuidado. Estaba más alta y delgada, y parecía menos alegre. Pero, por lo demás, era Nuria.
Por otro, estaba Isabel. Antes de caer, apenas la conocía. Intentó hacer memoria, y no era capaz de contar hasta diez (se quedó en ocho) cuando recordó las veces que la había visto. No ya intercambiar con ella algunas palabras (sólo seis veces) o tener una conversación auténtica (sólo una). Ahora se veía en muchas ocasiones con ella, ya fuese de forma más o menos casual, o intencionada. Y Lázaro lo agradecía.
Ahora tenían veintidós y veintiún años. Ya eran unas mujeres. Y él sólo era un chaval de diecisiete años. Y como tal eran sus problemas.
Debería de preocuparse por lo que haría después del verano, se repetía. ¿Tendría que volver al instituto? Sólo se perdió seis años, pero qué seis…
Y durante esos años, ¿qué habrían hecho Nuria e Isabel? ¿Y qué había hecho él?
Lázaro sabía que, si al despertar, no recordaba un sueño, ya no lo recordaría. Eso lo sabía bien. Entonces, ¿por qué insistía? Nunca recordaría sus sueños del coma.
Y ese loco…
A la vuelta de su salida, se había cruzado con un tío al que no recordaba haber visto en la vida. “¿Cuándo vas a volver?”, le había dicho. No le echó cuenta hasta un rato después. Hasta entonces, no pensaba que le hablase a él. Pero ya era tarde. Y no volvió a considerarlo importante.
Además, tenía cosas más importantes a las que darle vueltas.
¿Se estaba enamorando de Isabel? Eso parecía evidente. En Nuria, apenas pensaba ya. ¿Merecía la pena? Después de lo que le hizo…
¿Merecía la pena recordar lo que pasó aquella noche?

- Quiero que salgamos juntos – le dijo.
Nuria callaba. Ya no reía. ¿Qué le causaba tal reacción? Estaban charlando los dos junto a la barra tan tranquilos… y, de repente, cuando el chico consiguió reunir las fuerzas necesarias, todo el coraje acumulado en los últimos meses… no se explicaba la fría reacción de su amiga.
- Lo sé – contestó ella.
Tras eso, la niña de negra melena con puntas abiertas salió del bar, ante la mirada atónita de Rocío, que interrumpió el paso de Lázaro preguntándole qué le había hecho. Lázaro sólo podía encogerse de hombros.
Desde aquel momento, Nuria había desaparecido para Lázaro. ¿Tan difícil le resultaba, simplemente, el haberle dicho que no, simple y llanamente no? Aunque sólo siguiesen siendo amigos. Incluso eso era preferible a aquello que estaba pasando.
Tres meses. Tres meses hacía que había cortado con Jesús. Y no salieron casi nada. ¿No le parecía suficiente? Tal vez no, pero era joven ¿Acaso pensaba que él sería igual? Lázaro no comprendía qué podría haberle pasado a una chiquilla como Nuria para que, con sólo quince años, le demostrase de esa forma que había perdido la fe en la humanidad. Y pensar que él estuvo a punto de dejarlo todo por ella… ¿Qué le haría Jesús en tan poco tiempo para que sufriese tanto? Y, ¿por qué tenía que tener nada que ver él con todo esto?
El caso es que, durante el resto de la noche, Nuria se negó a hablar, o incluso ya cruzarse siquiera, con él. Y no eran ni las doce. Las doce menos cuarto del dieciocho de marzo del año 2000.
Fue entonces cuando, casualmente, se encontró con Ángeles. Él estaba entre confundido y echo polvo.
- ¿Qué te pasa? – preguntó ella.
- Se lo he dicho.
- ¿Y qué ha pasado?
Lázaro tardó en responder.
- Nada. No quiere ni verme.
Ángeles se quedó pensando.
- ¿Se lo habías comentado a alguien?
- ¿El qué?
- Que se lo ibas a pedir.
- Claro, a Hugo, a Alfonso, al Pera, a Tato… y ya está.
- Pero, ¿lo sabía alguien más?
- Supongo que la noticia… se habrían enterado todos los tíos. Porque Pablo me dijo que con dos cojones…
- Pues alguien se ha chivado…
- Hola, ¿qué pasa?
Recordó Lázaro entonces que apareció en ese momento Isabel. Hacía algo que salía con Josele, unos cuatro meses. Creía recordar que también él rondaba la zona.
- Es Nuria – respondió Ángeles.
- ¿Se lo has dicho? – preguntó Isabel.
Lázaro no recordaba si estaba o no alegre.
La verdad, es que no recordaba haberle respondido. Bastante mal lo estaba pasando ya.
Ahora se le cruzaba por la mente, ¿no era mucha casualidad que siempre se acabase encontrando con Ángeles y las demás?
Fue esa, posiblemente, la octava vez que vio a Isabel en su vida. La última en la antigua. A Isabel y a Ángeles. Y a Palma. Y a Susi, y a Hugo, Rocío, Tato, Alfonso, Marta, “Lotra”, Pablo, María, Luis, Antonio, Gema, Jose, Vicente y al Pera. Y a Nuria.
Nuria desapareció junto con sus amigas, excepto Rocío, que permaneció para amargarles la noche a Lázaro y sus amigos, con la excusa de que ella, sin Hugo no se iba.
Y se fue lo justo para perderse la ronda de cubalibres que vino luego.
Lázaro cogió la primera de la que suponía una larga serie de bebidas. Pero se detuvo. “¿Me voy a emborrachar por una mujer?”, pensó. “Por una mujer que no tiene ni tan siquiera el valor de decirme lo que piensa a la cara, aunque sólo sea por hacerme el favor de saber qué es lo que pasa”. Dudó un rato. Él no era por costumbre bebedor. No salía mucho. Tal vez, en un año. Pero, ¿qué carajo, para cuándo lo iba a dejar? Tenía diecisiete años. “¿Me voy a emborrachar por una mujer? ¿Y por quién mejor?”. Por los veintitrés años de matrimonio de sus padres, que se iban al carajo. Tras eso, otro, y otro. Y, luego, ron solo. Parecía ser que los amigos de Lázaro le animarían por todos los medios. Aunque fuesen los menos ortodoxos.
- ¿Pastilla azul o roja? -. ¿Le habían hecho esa pregunta, o la recordaba de Matrix? Lo que sí sabía era que ya no razonaba. Sólo que convenció a Alfonso, que iba más o menos como él, para que le dejase dar una vuelta en la moto. Luego, las cosas son confusas, hasta que despertó a los seis años.
¿Era el coma una especie de venganza hacia Nuria? Él no quería verlo así. Para él era una forma, no intencionada, eso sí, de pedirle perdón.
¿Le habría perdonado? Parecía que sí. Pero él se preguntaba si Nuria se culpaba a sí misma. Esperaba que no. No tenía sentido.

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Dos viejos amigos

Noviembre 4, 2009

¡¡Buinas!!
¿Qué tal todo? ¿Bien? Wai… Pues nada, que os dejo un relatillo que hice en un ratico para celebrar el quinto aniversario del Blog de Jotacé.
Y nada… Que os guste :P
¡Saludetes!

- Lo tienes todo bien claro, ¿verdad?
- Sí, claro. Tú tranquilo que yo me encargo.
- Vale, vale… Pero escóndete pronto, que ya llega.
El joven se ocultó entre las sombras mientras su mentor permanecía en pie a la espera de su invitado.
- Buenas noches, viejo amigo – se escuchó la voz del recién llegado. Aquel que le esperaba se giró lentamente, encarándole, ondeando dramáticamente su capa negra.
La imponente forma del recién llegado surgió de entre la negrura, los ojos rojos escrutando su entorno.
- ¿Estás solo?
- ¡Sí! ¿Qué pasa? ¡¿Por qué nunca confías en mí?! ¡¡Deja de usar tus poderes telepáticos marcianos conmigo!!
- Eh, eh, tranquilo, Bruce… somos amigos.
- ¡Sí, claro, amigos!
- Bueno, eh, a ver qué pasa aquí… Calmemos esos nervios, ¿ok? Antes de empezar a tratar el tema, me prometiste algo.
- Sí, claro, es cierto.
Bruce saca un envoltorio de papel plateado de su cinturón y se lo arroja a John, quien lo atrapa al vuelo.
- Hmmm… ricas Oreos…
John, por su parte, se saca de no se sabe muy bien dónde, un enorme vaso de leche. Abriendo el paquete, comienza un ritual repetido durante generaciones.
- Destapas, lames, mojas, comes… destapas, lames, mojas, comes…
- ¡Joder, John! ¿Te estás escuchando? Y luego el que tiene fama soy yo.
- Fama y muy sucia la lengua desde que te cogió Frank Miller la última vez.
- Tú siempre tienes una salida para todo.
- ¿Es de eso de lo que querías hablar, Bruce?
- ¿Desde cuándo nos conocemos, John?
- Espero que sea una pregunta retórica. ¿Quién te crees que soy? ¿Calduch?
- Detective Comics, número 225, noviembre de 1955.
- ¡Oh, p****s! Ya me ha fastidiado la merienda.
- ¿Recuerdas cuando empezaste? Hacías noticias. Breves, con tu estilo. Pero entonces…
- Entonces no me comía un rosco… abrir, lamer, mojar, comer…
- Pero entonces, llegó él.
- ¿Él?
- Alf.
- Ah… Alf. Esa foca dio mucho que hablar, ¿no?
- Malditos alienígenas, siempre apoyándoos los unos en los otros.
- ¿De qué estás hablando, Bruce?
- ¿Que de qué hablo? Pues te diré que sé que lo tenías todo planeado. ¿Acaso piensas que no fue todo un plan orquestado para desacreditarme?
- ¿Para desacreditarte? ¡Pero si te desacreditas tú sólo! Desde el momento en que vas por ahí con un crío en bañador…
- ¡Pero es como mi hijo!
- Sí, ya, uuuh… Arréglalo.
- ¿Lo ves? No puedo hacer nada sin que dudéis de mi… bueno… de mi todo.
- ¿De tu heterosexualidad?
- ¡Sí, eso mismo!
- Pero si Bob Kane mismo dijo que…
- ¡También dijo que hizo todo el trabajo! Pero no hablamos de eso.
- No. Hablamos de las cachas de Robin.
- ¿De cuál de ellos? ¡He tenido cinc…! ¡Cuatro!
- ¿Cuatro?
- Sí… de momento. Y una era chica.
- ¿Estaba buena? ¡Por H’ronmeer , Bruce, seguro que era menor!
- ¡Eh, que yo no he dicho nada! ¡No saques nada de contex… ¿¡Pero qué digo!? ¡Eso es lo que siempre haces!
- Bueno, Bruce… tranqui… ¿Qué es lo que te pasa?
- Yo crecí sin padres, ¿sabías?
- ¡Pero…! ¿A qué viene eso? ¡Claro que lo sabía!
- Y claro, no es fácil crecer en esa enorme mansión sin padres y con un británico llamándote todo el tiempo “Amo Bruce”. ¡Demasiado bien he salido! ¿Por eso me atacas?
- ¿Que yo te…?
- ¿O es porque no tengo poderes? ¡Vamos, dímelo! ¿Es por eso?
- Pero yo no… No es nada personal y tú lo sabes…
- Bueno… Es verdad que no respetas a nadie…
- Claro que no, majo. Es sólo que contigo hay más… ¿Cómo lo diría yo…? Me lo ponen más fácil.
- Ya veo… Pero claro, podrías darle más caña a cualquier otro. Como a Clark. Diosss… qué asco me da… Tan bueno, tan perfecto, tan todo… Mira qué cuco lo ponen en la portada del All Star, sentadito en la nube… Sólo le faltan las alas, el harpa y un pan con Philadelphia.
- Ahora que lo dices…
- Además, en esa postura… Pareciera que estuviera plantando un pino kryptoniano. ¿Te imaginas eso? Kansas azotada por un meteorito de kryptonita marrón. ¡A ver cómo se le quedaba la cara a su legión de fans! Malditos alienígenas…
- Sería curioso… Anota, anota… Creo que tengo post para el jueves por la tarde. Bueno, pues, si ya hemos aclarado todo esto… Yo creo que me voy.
- Detente, J’onn. No creerías en serio que te he traído sólo para lloriquearte, ¿verdad?
- Emm… ¿no?
Bruce sonrió siniestramente. Por otro lado, era la mejor manera en la que Batman sonreía.
- No, mi viejo amigo. No. Te tengo preparado algo… ¡¡Pero qué haces!!
- El culito a la pared, Bruce, no me fío ni un pelo de ti.
- ¡¿Es que ni siquiera en un momento así puedes ser serio?!
- ¿Es que no has leído mi blog?
- ¡Escúchame, J’onn! Hay algo que debes saber…
- Miedo me das…
- J’onn… tengo que darte las gracias.
- ¡Está bien! ¡No volveré a ¿qué?
- Pues eso, Marciano. Darte las gracias por estos años dedicados a hacernos reír. Por cada vez que hemos conocido el lado oculto de nuestros personajes favoritos, por mostrarnos un mundo lleno de chochoas y p****s, por el Big Culo Day, por instituir (aún sin pretenderlo) la Guardia Habitual, por los gorilas del Salón del Cómic de 2008, por hacer que nos calentemos la cabeza en medio de la resaca del domingo con tus jeroglíficos, por hacernos partícipes de tu obra en tantas ocasiones y, en definitiva, por hacernos intentar gritar PRIME! doce veces a la semana. Y es que, amigo mío, el roce hace el cariño. Por eso y por todo lo demás… Por todos estos… ¿Cuántos años cumple el blog?
El Detective Marciano, con los ojos ligeramente llorosos y un leve temblor en la voz, apenas acertó a articular la respuesta.
- Cinco…
Una explosión de luz y color inundó el callejón. De las azoteas y las ventanas aparecieron todos sus compañeros de profesión, sin importad bando, editorial o realidad alternativa. Confeti, matasuegras y Robin apareciendo del interior de una tarta sorprendieron y entusiasmaron al Marciano mientras un enorme cartel aparecía iluminado sobre sus cabezas con un enigmático lema:

¡¡¡¡POR EL C*** TE LA JINCO!!!!

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Senda de perdición (2)

Octubre 30, 2009

Hoooola otra vez.
Pues nada, aquí vuelvo con más de
Senda de Perdición. No sé si os habrá gustado la primera parte… porque… bueno, acabo de subirla, y no debería aparecer en el blog hasta dentro de 15 días… :P
Pero igualmente os he dejado programado el segundo capítulo. Para que veáis… :P
Y nada más… hoy debería ser 30 de octubre, así que aprovecho para felicitar a mi hermano, que hoy cumple 31 tacos.
¡Felicidades, calvito!
Y, sin más que añadir, siguiente capítulo…

Frente al espejo, Lázaro se probaba la camisa que se acababa de comprar. En los últimos seis años, toda aquella ropa se le había quedado algo pequeña. Lázaro se alegró entonces más que nunca de no seguir las modas, porque, ¿cómo habría cambiado la muy puñetera en todo este tiempo? Aparte, Lázaro siempre pensó que, cuando uno estaba en coma, poco podría crecer. Es más, le sorprendía la buena forma en que se encontraba.
“Y nada de secuelas, ni rehabilitación…”
Siguió abrochándose la camisa a lo largo de su torso, algo más grande y velludo.
“¡Joder, como estoy de bueno!”, pensó con una sonrisa.
“¿Habrá cambiado mucho toda esta gente?”, pensó luego.
No tenía ni idea de las ganas que tenía de volver a verles. No sabía por qué, pero ahora se daba cuenta de que los había echado de menos. Idea que le pareció absurda, ya que él no se había movido de allí. Él sólo se dio una vuelta en la moto de Alfonso y, luego, un rato después, despertaba como si nada hubiese pasado.
Pero habían pasado seis años. Eran ellos los que tendrían que haberle echado de menos.
Y Nuria. Allí estaba, para su sorpresa, tan hermosa como no podría haber recordado en un millar de años. No pensaba que pudiese volver a querer saber nada de él. Y, no obstante, allí estaba. La veía y se sentía culpable. Y notaba en la mirada de ella que, tal vez, ella sintiese lo mismo.
“¿Me voy a emborrachar por una mujer?”
Recordó esas dolorosas palabras, pronunciadas hacía sólo tres semanas… hacía ya seis años…
Hablaría con Nuria. Intentaría aclarar lo sucedido aquella noche, y, después, haría lo que fuese por borrar la tristeza de sus ojos.
Saliendo de sus pensamientos, Lázaro miró el reloj. Eran casi las once, y aún tendría que recorrer unos cientos de metros antes de llegar al lugar de encuentro: la casa de Tato. Llegaría tarde. En eso no había cambiado.

Mientras se dirigía a casa de Tato, rezaba para sus adentros para que, esa noche, no hubiese guerra. En el camino, Lázaro rememoraba como, seis años atrás, reunir a todos sus amigos era equivalente a lanzar una granada en Jerusalén: habría problemas. Uno a uno fue desentrañando todas las fases del conflicto. Esperaban cualquier momento para echarse en cara las faltas de otro. Hasta ahí, el problema no lo era tal, pero siempre había uno que decía algo de alguien erróneamente… o no tanto. Y el otro así lo hacía saber. Como aquella vez en que Alfonso empezó a recriminarle a Hugo que le perdió un libro, cuando entonces el otro le respondió que él le perdió un balón, y saltaba el otro diciendo que él no, que fue Tato, que hasta entonces, no había tenido nada que decir, y saltó, para vengarse, tal vez, con lo de que, por su culpa, él no salió nunca con Gema, y saltaba entonces el Pera con lo de que si Gema era una guarra y una cabrona (cuando lo único que había de verdad en eso era que no quería liarse con él), y empezó a recibir los golpes de Tato antes de que el Pera pudiese enterarse de que se refería a “la otra” Gema (a la que, para evitar futuros conflictos, acabaron rebautizando como “Lotra”… cosa que a ella, al principio, no le hizo ninguna gracia…), y entonces le echaba las culpas a Lázaro, que, para defenderse… optaba por una estratégica retirada y buscaba refugio en cualquiera otra gente que encontrase cerca. Cosas de niños. Tal vez, en seis años, hubiesen madurado algo.
Por cierto, de Hugo no había sabido nada hasta el momento.
“¡Qué putada!”, pensó. “Mi mejor amigo, y tiene que irse de vacaciones justo ahora”.

- ¿Pablito en el ejército? – preguntó Lázaro sorprendido.
- “Posí” – respondió “Lotra” -. Acabó el COU y empezó la carrera, pero la dejó en segundo y se metió al ejército.
- ¡Qué bajo ha caído! – exclamó Lázaro divertido -. ¿Y cuándo viene del Ferrol?
- El mes que viene ya está aquí.
- Pues qué bien. Tengo un montón de ganas de verlo.
Tras tomar un último trago de su vaso, Lázaro se le quedó mirando, y lanzó una ojeada a las bolsas.
- Ahora vengo, tengo que repostar.
De camino a la bebida, Lázaro sonreía de ver como sus amigos pasaban momentáneamente de él para ocuparse de sí mismos. No estaba seguro de poder aguantarles a todos a la vez preguntándoles qué tal estaba, cuando estaba claro que mejor no podía estar, y sin tener nada que contarles, salvo ese único sueño que tuvo en seis años. Del que apenas recordaba nada. Y de cómo intentó ir a mear, pero no le dejaron. Tampoco creía poder soportar a todos a la vez encima de él, contándoles las cosas de los últimos seis años. Por lo pronto, había charlado con “Lotra”, que resultaba que llevaba cuatro años ya saliendo con Pablo. Tato le contó que había cortado con Marta, pero seguían siendo muy amigos. De hecho, ahí estaban, charlando. Y lo más sorprendente: el Pera, el que nunca ligaba, después de una corta relación con una chavala del instituto de la que Lázaro no recordaba mucho, había estado saliendo con unas cuantas chavalas, incluyendo a la gloriosa Palma, y ahora estaba prácticamente comprometido con Susi, que tanto le gustó siempre. Alfonso estaba hecho un pichabrava, pero eso se lo sonsacó a Tato, ya que con él todavía no había hablado. Y de Hugo sabía, aunque no estaba, había cortado con Rocío, quedando, en teoría, como amigos, pero, la verdad, según la propia Rocío, es que no era como con Tato y Marta. En el fondo, eso le alegraba. Rocío parecía buena al principio, pero después, algo cambió en ella. Justo antes del accidente.
- Hola -. La dulce voz de Nuria sacó a Lázaro de su repaso a los últimos seis años.
- Hola – respondió Laza -. Contigo quería yo hablar.
- Y yo contigo.
- Es sobre lo de aquella noche.
- Ya. Yo también.
- Creo que tengo que pedirte disculpas.
- ¿Por qué? – respondió Nuria.
Lázaro, la verdad, no sabía qué responder. ¿Sería ella la que, en verdad, debía pedir perdón?
- ¿Qué pasó aquella noche? – preguntó finalmente el muchacho.
Nuria estaba confusa.
- ¿No lo sabes?
Lázaro meditó su respuesta.
- Yo sé mi parte. Lo de los demás, no lo sé.
Nuria miraba sorprendida a su amigo.
- Creo que eso deberíamos discutirlo en otro momento, con más calma – propuso Nuria.
- Está bien – respondió Lázaro tras pensarlo un poco.
- ¡Laza! -. La voz de Palma sacudió la molesta calma que se creó en torno a Lázaro y Nuria, anunciando la tardía llegada de la otra parte del grupo de amigos de Lázaro.
En un gesto infantil, Susi agarró al Pera, en un absurdo anuncio a su amiga para recordarle quién era ahora su chica. Aunque bien sabían todos que no era necesario.
Palma no venía sola, como era de esperar. Venía acompañada por Ángeles, Gema y otra chica, pequeña, de pelo castaño corto y hermosos ojos claros. Su linda mirada despertó los recuerdos de Lázaro.
- ¿Te acuerdas de mi prima? – le preguntó Ángeles a su amigo.
- Claro que sí – respondió este -. No hace tanto tiempo que no nos vemos. Hola, Isabel.
- Hola, Lázaro – respondió Isabel, recibiendo, sorprendida, el tierno abrazo de Lázaro -. ¿Cómo te encuentras?
- Mejor no podía estar.
Lázaro miraba a Isabel sonriendo.
- ¿Qué? – preguntó la muchacha
- ¡Joder! ¿Es que vas a ser la única que no me va a decir que me ha echado de menos?
- Es que no te he echado de menos.
- ¡Ah, vale, yo también te quiero!
Isabel no pudo contener una risa.
- ¡Pero si no hace ni un mes que te he visto!
Lázaro estaba confuso.
- He estado haciendo las prácticas de enfermería en el hospital en el que estabas – dijo ella al fin -. Pero, desde que empecé las vacaciones he estado fuera. Por eso no te he ido a ver antes.
- ¿Y cuándo has llegado?
- Hoy.
Lázaro sonrió.
- Justo el día en el que a mí me han soltado – comentó.
- Ya.
¿Qué había en ese “ya”? Lázaro no quería creerse nada raro.
- Pues me alegra el haber estado en tan buenas – “hermosas” – manos.
- ¡Anda ya! ¡Si lo único que he hecho es cambiarte el gotero!
“¿Me habrá lavado ella?”. Lázaro se llenó el vaso. Y se lo bebió en un trago. “¡Joder, que vergüenza!”

- ¿Hablaste con Nuria? – preguntó Ángeles.
- Algo sí – respondió Lázaro.
- ¡¿Cómo que “algo sí”?! – se escandalizó Isabel -. ¿Pero en qué estabas pensando? – dijo al tiempo que le golpeaba el brazo con los nudillos.
- ¡Isa! Que duele… – se lamentó el pobre muchacho.
- Llevas desde lo de aquella noche esperando para hablar con ella. Y seguro que ella opina igual. ¡Puede que para ti sólo hayan pasado tres o cuatro días, pero para ella son seis años más!
La reacción de Isabel le dejó perplejo.
- Tú también tienes curiosidad, ¿verdad?
Isabel puso morritos.
- La verdad es que sí.
- Habría hablado con ella, pero es que, en ese momento, llegasteis vosotras.
- Ahora va a ser nuestra culpa – dijo Ángeles.
- Y vosotras también. En seis años, ya le podríais haber preguntado. Que tiempo habéis tenido.
- Sí, ya – respondió Isabel -. Pero es que ella siempre ha estado muy sensible con ese tema.
- Pues bueno – dijo Ángeles deteniéndose -. Yo voy para allá.
- Oye, es verdad – dijo Lázaro mientras se despedía de su amiga -. Que tú vives por allí.
Cuando Ángeles estaba ya lo suficientemente lejos (ya había entrado en su portal), Lázaro se dio cuenta de que Isabel le miraba, con una gran sonrisa. Estaban los dos quietos. Él, con la manos en los bolsillos, descolgado de los hombros. Ella, agarrando su bolso con ambas manos, caído sobre sus piernas. Balanceaba suavemente sus hombros y su cabeza, mientras no apartaba los ojos del hombre que tenía frente a ella.
El hombre estaba perplejo.
- ¿Tú no vivías por allí? – dijo señalando el lugar del que venían.
- Me he mudado.
- Ya. ¿Hace mucho?
- ¡No, no es eso! – se apresuró en responder Isabel -. Es que estoy pasando unos días en casa de mi abuela. Estamos de obras.
- Ah, ya. ¿Está muy lejos?
- Aquí mismo.
Caminaron durante unos metros más, sin pronunciar palabra. Ambos se miraban, sonreían, canturreaban alguna canción. Pero no hablaron.
- Bueno, aquí es – anunció Isabel.
- ¿Qué fue de Josele? – preguntó al fin Lázaro.
- ¿Josele? – repitió Isabel -. Cortamos.
- Vaya, lo siento – “Mentira”.
- Era lo mejor que podíamos hacer.
- Pues fíjate que me acabo de acordar de él – “Llevo toda la noche queriéndotelo preguntar”.
- Me preguntaba mucho por ti.
- Es buena gente – “Eso es nuevo”.
- Tú le caías muy bien.
- Y él a mí – “Menos cuando fue más rápido que yo”.
- Ahora mismo no sé dónde estará. De vacaciones, supongo.
- A él siempre le gustó viajar – “Se podría haber perdido en el campo” -. ¿Cuánto hace que… – “despabilaste”?
- Hace más o menos seis años.
- ¡Coño! – “¡Coño!”
- ¿Qué pasa?
- No sabía que hiciese tanto tiempo – “¡Eso tendría que ser poco después de mi coma!”.
- Sí, bueno. Pero seguimos siendo amigos. Por eso me preguntaba por ti.
- ¿Y por qué le dejaste? – “Me querías, ¿a que sí?”
- Fue él el que me dejó.
- ¡Que hijoputa! – “Creo que le quiero”
- Bueno, mejor así –. Isabel desvió la mirada hacia los brazos de Lázaro -. Bonitos tatuajes – dijo antes de entrar al portal.
Lázaro, sin darle mayor importancia, siguió caminando calle abajo. Cuatro calles más abajo, sacó su llave y entró al portal.
¿Cómo era posible que, hasta esa noche, no se hubiese acordado de Isabel?
Una vez se metió en la cama, los recuerdos empezaron a surgir. Quizás Lázaro hubiese conocido a Isabel en un mal momento: al poco de que Nuria empezase a gustarle. Durante mucho tiempo, Lázaro y Nuria habían sido amigos. No unos amigos muy especiales, pero se caían bien. Tal vez, demasiado bien. Pero no parecía haber nada más allá de una mayor atracción por parte de Lázaro. Se dio cuenta de que quería algo más de una forma un poco rara. Simplemente, ella se cruzó un buen día en sus pensamientos y en su camino. Y poco después, apareció Isabel. Pero él estaba demasiado ofuscado a causa de Nuria como para darse cuenta. Tal vez llegó a sentir algo más, pero Josele fue, de cualquier forma, más rápido. Luego, una mala noche, una triste sucesión de acontecimientos, cubalibre, una ilusión que se rompe, más cubalibre, esa extraña pastilla que no debió probar, cubalibre sin cola, la moto de Alfonso… y un idiota que pone fin al primer párrafo de la historia de su vida. Y suerte tuvo de poder continuar.
Pero, ¿fue suerte?
Durante seis años, vivió en un mundo en el que era feliz. Era un mundo creado por sus sueños. No recordaba nada de eso. Pero sabía que le había gustado.
No era lógico que, tras pasar seis años en coma, sólo desease volver a dormir.
Y eso era todo lo que él quería.
Volver a soñar.
Con su mundo…
Pero no siempre los sueños se dedicaban a hacerle más placentera esa importante parte de su no muy afortunada existencia. A veces le parecían malignos demonios enviados por los espíritus del viento (Lázaro había oído que los antiguos relacionaban al viento con los sueños), como aquella vez que soñó la tormenta. Despertar significó el dolor, al saber que su sueño no podría ser realidad. Y, tras seis años de sueño, despertar volvió a significar lo mismo. Sólo que esta vez su dolor se debía a que aquello sólo fue un sueño, no fue la realidad. Y esta vez no había remedio posible.
Lázaro recordó entonces que, seis años antes, sus padres estaban a punto de divorciarse. Y allí estaban, durmiendo juntos en la habitación a escasos metros de la suya propia.
Entonces sonrió. Y cerró los ojos, dispuesto a entrar de nuevo en su sueño.
Aunque no había regresado desde que despertó.

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Senda de perdición (1)

Octubre 25, 2009

¡Buiiiiinas!
Si lo de las entradas programadas funciona, y, de momento, nada me hace pensar lo contrario, para cuando esto salga yo estaré ya en tierras catalanas. Pero como soy así de majete, os dejo esta cosita para teneros enganchados a mi blog lo mejor que sepa.
Y bueno, comentaros que esta novela la escribí, como ya dije anteriormente, hace tela de tiempo. Concretamente, creo que empecé con ella a finales del 99, pero, entre una cosa y otra (parones, otras cosas que tenía a medias, repasos y hasta alguna reescritura), hasta el 2003 no la terminé.
Aunque en verdad el grueso del trabajo me lo curré en unos dos o tres meses… ¿no es raro?
Y bueno. Que aquí empieza el camino…
¡Espero que lo paséis bien!


Y he de cruzar
dar el paso hacia una vida anterior
Si hay destellos de magia
entre los besos de la traición

- Héroes del Silencio, Senda -

Aquella era una de esas mañanas por las que merecía la pena vivir.
A pesar de lo lejano que quedaba aún el verano, las altas presiones regalaban a nuestra pequeña parte del mundo con un día envidiable. La gente paseaba ajena a todo, llevando en sus brazos las ropas de abrigo que les estorbaban. Jerseys atados a la cintura, chaquetas abiertas de par en par, camisas remangadas y sacadas fuera de la cintura.
Era una mañana exacta a la anterior, y a la anterior, y a la anterior, e igual a como serían la posterior, y la posterior, y la posterior…
Y, después, sólo sombras.
Las tinieblas le rodeaban, acosándole por todos lados. Miedo. Era todo lo que tenía. Miedo de no saber qué era lo que pasaba. Miedo de no saber qué le pasaría. Miedo porque, lo único que sabía, era que no le gustaría.
Pero despertó. De nuevo, estaba vivo. Y no sabía si alegrarse. No sabía si perder el miedo. No sabía si era ahora cuando estaba muerto.
Sólo sabía que estaba confuso. Pero ni tan siquiera de eso podía estar seguro.
- Los calmantes que le hemos suministrado le dejarán aturdido por algún tiempo.
Sólo veía una fuente de tenue luz arriba suyo. Todo cuanto miraba alrededor aparecía borroso a sus ojos.
- Espero que no vuelva a suceder nada parecido.
Le pareció que eso era la voz de su madre.
Intentó decir algo, pero de su garganta sólo salieron gemidos y balbuceos.
- ¿Hijo? ¿Me oyes, Lázaro?
No veía a su madre. Sólo una mancha que le tomaba la mano. Pero, ¿era eso su mano? Desde luego, no era ahí donde la sentía.
Pero sintió los labios maternos rozar sus dedos.
Después, de nuevo las sombras.

- ¡Ihh…!
Con un lastimoso quejido, Lázaro volvió de nuevo al mundo de los vivos. El brusco movimiento con que despertó hizo que su cabeza golpease la de alguien a quien no pudo ver hasta entonces. Y la vio.
- ¿Ángeles? – logró preguntar.
La niña aún intentaba recuperarse del susto.
- Sí, Lázaro – respondió ella, dibujando una amplia sonrisa -. Soy yo.
Algo andaba mal. Parecía Ángeles. Hablaba como ella. Pero esta era mayor. Ángeles sólo tenía quince años, y aquella a la que veía era toda una mujer.
- No te muevas de aquí – dijo la chica -, ahora vengo.
Lázaro seguía confuso. Intentó incorporarse, pero los brazos no le respondían. Así que se limitó a observar a su alrededor.
Parecía estar en una habitación de hospital. Conectado a un gotero y a otro par de cacharros. Algo le picaba en la cara y le hacía cosquillas alrededor de las orejas, pero no tenía fuerzas ni para rascarse.

Una vez más, despertó. Esta vez, estaba sólo. La habitación estaba oscura, pero lo suficientemente iluminada como para poder distinguir algunas formas a su alrededor. Se sintió extraño. Se veía los pies demasiado lejos. La cara le seguía picando. Se llevó la mano a las mejillas para rascarse, y se llevó una extraña sorpresa: aquello estaba lleno de pelo. Y sus brazos, cubiertos por cantidad de marcas y extraños símbolos negros. Tenía ganas de ir al servicio. Hizo acopio de fuerzas y se apoyó en sus brazos. Un desagradable hormigueo, una molesta sensación de debilidad, recorrió su cuerpo cuando consiguió al fin levantarse. Entonces se sintió mareado. Los colores se confundieron en su mirada cuando la cabeza le comenzó a arder. Y los hombros. Sentía sobre ellos el peso de una enorme carga inexistente. Se dirigió hacia la puerta que le quedaba más cerca, pero el dolor en sus brazos le recordó que seguía atado al gotero. Pudo ver entonces un botón rojo que pendía de un cable junto a su cama. Se acercó, y lo pulsó.
Cuando la enfermera abrió la puerta, se lo encontró de pie, apoyado en la pared.
- ¿Qué estás haciendo? Acuéstate.
Le agarró de la cintura y le condujo de vuelta a la cama. Lázaro intentó decirle algo, pero de su garganta no salió nada que la enfermera pudiese entender.
- Ahora mismo llamo al doctor. Estate tranquilo. Tu familia está aquí. Están deseando verte.
De nuevo tumbado en la cama, Lázaro miraba la puerta por la que salió la enfermera, deseando seguirla y salir de ese lugar extraño…

- ¿Y tú sólo querías ir a mear? – preguntó Alfonso.
- Sí. Y la enfermera, en vez de ayudarme a llegar al water, va y me lleva otra vez a la cama. Menos mal que me pude volver a levantar, porque, si no, es que me meaba encima.
Las risas de los amigos llenaban la habitación del hospital. Habían pasado ya tres días desde que Lázaro se despertara lleno de dolor y confusión.
Entonces, una enfermera distinta a la que estuvo a punto de hacer reventar a Lázaro, entró en la habitación de muy mal humor.
- ¡Ya está bien! ¡Ahora sí! El horario de visitas acabó hace casi dos horas. El paciente debe descansar.
- Por mí no te preocupes, Juanita – respondió Lázaro -. Que llevo seis años durmiendo… y sólo tres semanas de cachondeo, dicen.
- No, de todas formas – dijo Palma -, nos tenemos que ir. Y tú, sigue con tu buen humor – le dijo a su amigo mientras se despedía con un gesto de la mano. Ya vendremos a verte otro día.
- Vale…
- Yo volveré mañana – dijo Ángeles -. Todavía tengo muchas cosas que contarte.
- Hasta otro día, Laza – se despidió Luis.
- Te hemos echado mucho de menos – se emocionó “Lotra” mientras abrazaba a su amigo.
Cuando Ángeles, Susi, María, Luis, Palma, Alfonso, Nuria, “Lotra”, Antonio, Tato, Gema, Jose, Vicente y el Pera abandonaron la habitación, esta se quedó tan sola que, de nuevo, Lázaro tuvo la sensación de soledad que tuvo los últimos días de su antigua vida. Y tal vez se habría echado a llorar si en ese momento la puerta no se hubiese abierto de nuevo.
- Hola, Lázaro – saludó Ángeles -. Me he olvidado el bolso -. La chica entró a la habitación y avanzó hacia la silla en la que seguía la pequeña mochila negra. Era increíble. Ángeles se había transformado por completo. Bueno, eso no era del todo cierto. Seguía siendo ella. No había cambiado nada. Sólo que ahora llevaba el pelo más corto y la ropa más ceñida. Entonces, ¿por qué le resultaba tan distinta? -. ¿Por qué me miras así?
- ¿Qué?
- Me miras de una forma muy rara – dijo sonriendo.
Lázaro levantó la barbilla, mirando su cuerpo pequeño y macizo, su pelo corto y sus enormes ojos claros.
- Estás muy guapa.
Ángeles sonrió.
- Gracias. Tú estás mejor así.
- ¿Así cómo?
- Así, afeitadito y peladito.
- Eso es verdad. ¿Por qué tenía esas pintas cuando me desperté? Aquí me han descuidado un poquito.
- Bueno, lo del pelo era porque, bueno, antes de eso, decías que te querías dejar el pelo largo. Y lo de las barbas, es que esas tres semanas… ¿De verdad que no te acuerdas de nada?
- De verdad que no me acuerdo de nada – respondió Lázaro -. No me acuerdo de nada desde la noche del coma.
Ángeles se acercó a la cama y se sentó en ella. Clavó sus ojos en los de Lázaro. Se echó hacia delante y abrazó el cuello de su amigo, besándole en la mejilla, llena de cariño y ternura.
- No vuelvas a hacernos esto – le susurró al oído.
- No tengo la intención – sonrió.
Volvieron a mirarse a los ojos. Ángeles acarició el pelo de Lázaro, mientras desviaba la mirada a sus antebrazos.
- ¿Tampoco recuerdas nada de esto?
Lázaro miraba los tatuajes que cubrían su piel.
- No tengo ni idea. Pero son chulos, ¿eh?
- Cuando desapareciste el mes pasado no los tenías. ¿De verdad que no recuerdas nada?
Lázaro miró a los profundos ojos de su amiga.
- ¿Te lo ocultaría?
- Pero algo debes recordar…
- Ángeles…
- Haz un esfuerzo.
Lázaro calló.
- Tal vez más adelante recuerde algo – asintió al fin.
Ángeles sonrió.
- Me voy. Ya volveré mañana. Esto estará más tranquilo, sin los hipócritas de tus amigos.
- Son unos hipócritas, ¿a que sí?
- Di que sí, que en seis años apenas han venido a verte.
- ¿Y tú sí has venido?
- Un par de veces.
Golpearon a la puerta. Ésta se abrió y apareció Palma.
- Ángeles, ¿qué pasa con el bolso?
- Ya voy. Bueno, hasta mañana, Laza.
- Hasta mañana.
- Nos vemos, guapetón – se despidió Palma.
- Eso espero, portento de la naturaleza.
En ese momento apareció en la puerta el padre de Lázaro. Sonrió a las amigas de su hijo mientras soltaba una bolsa y se desprendía de la chaqueta.
- Hola, Angelita.
- Hola, Paco. Bueno, hasta mañana.
Lázaro estaba perplejo.
- ¿Y esas confianzas? – preguntó el hijo una vez las chicas salieron.
- Bueno, tú sabes. El contacto -. Se acercó a su hijo y le dio un beso.
- ¿Cómo que el contacto? Oye, no te habrás propasado con mis amigas, ¿eh? – rió Lázaro.
Su padre sonrió.
- ¿Ha venido mucho por aquí?
- ¿Ángeles? Sí, bastante.
- Ah, ¿sí?
- Todos los fines de semana estaba un rato contigo. Sentada en esa silla. Mirándote. A veces te hablaba. Te contaba los chismes, sus problemas, de todo. Siempre que entraba y estábamos aquí tu madre y yo, nos saludaba y luego te saludaba a ti, y te daba un beso, como si te fueses a levantar y devolvérselo. Pero, claro, eso era sólo cuando pasó un tiempo. Al principio, sólo te miraba. Y a veces lloraba.
- Ya…
- Te quiere mucho.
- Sí, bueno. Hace mucho que nos conocemos. Once años… bueno, diecisiete.
- Todavía no te acostumbras, ¿eh?
- Compréndelo. Ahora tengo veintitrés años. Me he pasado el final de mi adolescencia aquí postrado. Al final me perdí el cambio de milenio – sonrió irónico -. Si no podía ser. ¿Me has traído eso?
- ¡Ah, sí, toma! – dijo Paco mientras sacaba de la bolsa un cuaderno escolar y algunos bolígrafos y lápices – ¿Para qué quieres eso?
- No sé, por si me aburro.
Lázaro abrió el cuaderno y contempló las hojas blancas y limpias.
- Sin cuadros, como te gusta.
- Perfecto.

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El Zorro y la Avispa (V) (fanfic)

Octubre 23, 2009

Pues nada… os dejo programada la última parte de esta cosa. Para cuando salga publicada, yo estaré en un avioncillo rumbo al Prat. Os he dejado cositas preparadas, así que… ¡no dejarme solo! :P
Como siempre, os pongo los enlaces a la primera, segunda, tercera y cuarta partes.
Ea… portáos bien… ;P

¿Por qué tenía miedo Caroline?
Todo era tan confuso de repente… Todo estaba muy bien en la fiesta hacía escasamente unos minutos.
Había salido con Laurie y sus amigos raros, y, por alguna razón, Melvin se cruzó esa noche con ellos, y fue efusivamente invitado por Laurie. El muchacho, claro está, aceptó.
Durante toda la noche, Melvin y Caroline no se separaron apenas un minuto, y charlaban animadamente, descubriendo lo mucho que tenían en común.
Hasta que aparecieron esos cuatro gamberros.
Aparecieron sin avisar. Y atacaron sin provocación.
Empezaron a decirle borderíos a Laurie, pero ella, con su desparpajo habitual, hacía que sus burlas se volviesen en contra de los pandilleros. Más tarde empezaron con Caroline, y eso provocó la ira de Peyton. La excusa perfecta para empezar una pelea…
Ellos eran cuatro. Uno tendría unos trece años tan sólo, un niño guapo, que parecía el líder del grupo. Los otros tres, mayores y más agresivos, fueron los que se lanzaron contra el grupo.
Tras mucho intentar evitarlos, especialmente Laurie y sus amigos, finalmente, la provocación rebasó todos los límites.
Fue entonces cuando Forrest, el grandullón, y Walter, el gracioso del grupo, decidieron plantarles cara. Peyton, a pesar de las recomendaciones de Forrest de mantenerse al margen, quiso poner fin a la situación al igual que los demás.
Sin embargo, la extraña y absurda danza que parecían mantener los contendientes dejaba tanto a Caroline como a Peyton con la extraña sensación de estar en un retorcido sueño.
Y Peyton entró en ese baile, en esa lucha con armas imaginarias, como un juego de niños, en la que los contendientes llevan a cabo una justa blandiendo armas hechas con su imaginación.
Todo era absurdo.
Hasta que rodearon a Peyton. Y uno lo derribó con el puño.

Nisa abrió la boca para gritar. Pero nada salió de su garganta. Ardo luchaba fieramente, sin recibir el tacto del hierro frío, y soportando con entereza su cercanía.
Todo se desarrollaba con gran lentitud. Los arcos trazados por las hojas de las armas cortaban el aire con la parsimonia de un macabro baile de acero. Los guerreros eran fieros y valientes, pero sólo uno saldría vivo.
Nisa miraba la escena aterrada, ignorante de la batalla que se desarrollaba a su alrededor.
Inspiró profundamente, los llorosos ojos inundando su bronceado rostro, abrió los labios, y un desgarrador alarido rompió el cielo cuando Peyton clavó la rodilla en el suelo.
Un golpe en la espalda le derribó, y la Fantasía arrancó su corazón de hada de las profundidades del olvido a la superficie de su cuerpo mortal.
Una explosión de luz y color, de música y fragancias antiguas como los bosques sacaron a Nisa de su letargo al ver aparecer, en el muchacho que caía, a su amado Ardo ap Fiona.
Antes de perder totalmente el equilibrio, el joven guerrero rodó sobre su hombro y, sacando la espada de su vaina, surcó el aire hasta la cabeza del monstruoso redcap que a punto estuvo de tragar su último salivazo.
Pero el Aguijón detuvo el golpe.
- Así no, amor mío – dijo Nisa, con una enamorada sonrisa.
Y su codo se incrustó en el rostro del redcap.
- ¡¡Vale, vale!! ¡Ya está bien!
Todos se detuvieron al escuchar la aniñada voz.
El joven líder del grupo de matones estaba de pie sobre un banco. Pero el banco era ahora de rojo cuero, remachado por pequeños trozos de metal negro, reflejo de las aventuras amorosas que sobre él tuvieron lugar.
- ¿Luca?
El redcap se tambaleaba con la nariz sangrante, ayudado por sus dos compinches. Hizo un intento de abalanzarse contra Nisa, pero un gesto de la mano del niño bastó para que el fiero guerrero se detuviese.
La altiva Nisa, enfundada en su blanca armadura, miraba con sus ojos dorados a sus viejos amigos. Ardo vestía su viejo chaquetón de cuero negro sin mangas sobre la plateada cota de anillos. Él también la miró. Llevaba su salvaje pelo castaño purpúreo bailando a la brisa, sus osados ojos se preguntaban por qué se encontraban en ese mundo. Hacía sólo el tiempo de un suspiro se encontraban luchando por los plebeyos, y ahora estaban en ese mundo extraño.
Pero había algo más. Había tenido otra vida. Diecisiete años al lado de una amantísima familia que la vieron crecer sana y alegre. ¿Qué era verdad y qué un raro sueño?
Nisa enfundó el Aguijón, su larga y delgada espada, y se colgó el escudo a la espalda, mientras Ardo enfundaba su acero a la cintura. Era tal y como lo había recordado. Alto y hermoso, con su osada sonrisa en los labios, los ojos como el metal fundido y los cabellos como una roja y oscura llama. Era como el vuelo de un águila: salvaje y majestuoso.
- Ardo, mi amor…
Tal y como lo recordaba. Pero sólo hacía unos segundos. Diecisiete años. Varios siglos…
- Nisa, Luz mía.
Ardo fue a dar un paso al frente cuando el ruiseñor se posó silencioso en el hombro de Nisa.
El mundo se congeló de repente.
El pájaro quimérico miraba silencioso al guerrero, y todos parecían imitarle.
- Un ruiseñor… – susurró Luca -. Un silencioso ruiseñor…
El pájaro permanecía inmóvil y callado sobre el hombro de Nisa, que miraba aterrorizada el confuso rostro de Ardo.
¿Por qué, después de tanto tiempo, el Dán les castigaba con semejante terror para ensombrecer su reencuentro?
- Luz mía…
- Ardo…
- Siempre sospeché que había algo más entre vosotros – dijo el joven Luca entre sorprendido y entristecido -. Pero nunca imaginé que hubieseis realizado el Juramento de los Corazones Sinceros -. Dirigió la mirada a Nisa -. Y mucho menos que fueses tú quien lo rompiese. ¿Qué puede la Bella Furia haber hecho en estos…?
- ¡Calla, Luca! – ordenó Ardo.
Una vez más, las tímidas lágrimas de Nisa luchaban por salir a la luz de la noche.
- Ardo, no sé…
- No, Nisa, no hables.
El temor volvía a aflorar en el pecho de Nisa.
- Ardo, yo…
- Todo tiene que tener una explicación – se dijo Ardo.
- Nuestra gente no tiene explicación – dijo uno de los redcaps amigos de Luca -. Y tampoco busca explicaciones.
- Esto sí, maldito saco de mierda – escupió Ardo atemorizando al redcap con su fiera mirada, que se volvió tierna al buscar la de Nisa, fija entonces en el suelo.
- Yo te amo, Ardo – dijo ella -. Siempre te he amado, desde que entraste en la sala de Lady Fiona como si fueses el rey del lugar, sonriendo a todos como si fuesen tus amigos, siendo como eran la corte de nuestra señora.
Las lágrimas asomaron al mirar a Ardo.
- Yo nunca haría nada que te hiciese mal.
- Lo sé – dijo Ardo -. Es por eso por lo que este pájaro no tiene lugar fuera de nuestros ojos. ¡Nadie más debería verlo, y sólo nosotros deberíamos oír su canto!
- ¿Qué pasó aquel día en la colina? – preguntó Luca, más para sí que para los demás.
Ardo y Nisa buscaban también recuerdos en sus memorias. Los de Nisa se remontaban hasta una mañana de primavera en la que una niña que apenas se tenía en pie sostenía una espada de madera, regalo de su hermano mayor. Pero los de Ardo iban quizás más allá.
Eran los recuerdos de una sanguinolenta y chillona forma que salía del vientre de una reina y se posaba en las manos de un gran rey. Los labios del padre que se posaron en la frente del hijo, susurrando palabras de esperanza ante un reino amenazado por malvados y temidos enemigos del Glamore y las hadas.
El resto de su vida careció de importancia, hasta que en la corte de su gran y amada reina vio la Luz de sus ojos, Nisa, la más bella y osada entre los jóvenes caballeros de Fiona. Para cuando sus miradas se cruzaron, ya sabían que quedarían unidos para el resto de sus vidas.
Y más allá.
Su amor era puro, auténtico, bello…
Y ahora estaba roto.
Hared entró al Paso, y Ardo le siguió…
Nisa gritó su nombre y corrió tras él…
Pero olvidaron Arcadia. Allí estaba su respuesta.
- Tiene que tener una explicación – repitió Ardo.
Nisa miraba al suelo, rígida e inmóvil.
- Nisa – la llamó una voz que reconoció como la de Laurie.
Por primera vez desde que el mundo se volviese terriblemente bello, Nisa recordó a sus amigos. Pero Laurie había cambiado. Donde dos hermosas piernas elevaban el bello cuerpo de su amiga, dos velludas patas de cabra sostenían el salvajemente hermoso y semidesnudo torso de la aún más bella Laurie.
Nisa miraba a su amiga entre maravillada y asustada, así como al resto del grupo, al que a duras penas reconocía.
Luego, volvió la mirada a Melvin. Ardo. Le miraba rígido con los brazos extendidos hacia ella.
- Nisa… -. Ardo avanzó un paso, presto a rodear con sus brazos a la fuente de su felicidad y de sus terrores.
Pero Nisa retrocedió, alejándose de él.
- No, Ardo – dijo -. Te he hecho algo. Algo que no puedo recordar.
Clavó a Ardo su mirada. Una mirada que él conocía, temía, y adoraba por encima de todas las cosas.
- Y no volveré a amarte hasta que sepa qué fue.
Ardo se sintió repentinamente hundido. Pero conocía a Nisa, y sabía que nada en absoluto la haría cambiar de idea.
Entre otras cosas, por eso la amaba tanto.
- Juntos buscaremos la respuesta a nuestra pregunta – dijo Ardo.
- No, amor mío, no – respondió Nisa apartando uno de los mechones castaño rojizos de la frente de Ardo -. Esta es una búsqueda que he de hacer sola.
- ¿Por qué? – preguntó Ardo buscando con sus manos la cintura de Nisa.
- Porque así ha de hacerse – contestó ella, apartándose -. Tal vez la respuesta no nos haga felices – dijo mirando a los ojos de Ardo -. Pero nos hará libres.
- Pues entonces yo también buscaré la respuesta – dijo Ardo.
- Sí, eso esperaba – sonrió Nisa -, pero no a mi lado – añadió triste.
Se alejó un paso de él, para después unir sus labios en un profundo beso.
- Sabes que te quiero – dijo él.
- Sí, lo sé – respondió Nisa -. Pero ahora tenemos que separarnos. Pronto nos veremos de nuevo.

Aquel lunes, Caroline se volvió a dormir en francés. Pero sus sueños fueron poco menos que pesadillas. Avanzaba junto a Laurie por el pasillo, donde se cruzó con Melvin.
- Hola – saludó él.
- Hola – saludó ella.
Caroline se dio cuenta entonces de que Laurie no estaba ya a su lado.
- ¿Cómo te va todo? – preguntó el muchacho.
- Normal, como todos los lunes – respondió Caroline -. ¿Y a ti?
- Igual.
Un incómodo silencio se formó entre los jóvenes.
- Bueno – dijo la chica -, me tengo que ir.
- Sí, ya – respondió Peyton -. Pues ya… nos veremos.
- Claro – añadió ella con una sonrisa.
Caroline pasó junto a Peyton rozando su hombro con el de él, que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no tomar a la muchacha de la cintura y besarla lleno de pasión.
El caballero de pelo castaño rojizo y su terrible y bella compañera avanzaron por el pasillo en sentidos opuestos, alejándose en busca de una misma respuesta que ambos temían y ansiaban encontrar.
¿Cómo el gran amor entre ellos fue traicionado? ¿Qué pudo hacer Nisa ni Fiona para negar lo que más amaba?
“No puedo creer que haya roto el juramento que te hice, Ardo”, pensaba Nisa. “Pero conoceremos la respuesta. Sólo espero poder amarte de nuevo”.

San Fernando,
20 – IX – 2002

Sólo la amenaza a la vida de un amante puede aterrar a un Fiona,
y a menudo lo hace muy bien.

Changeling, el Ensueño, pag. 109