¿Seguís ahí? Bien, eso es bueno…
Pues la cosa se empieza a complicar.
Bueno, releo esto mientras lo voy subiendo hace más de un mes (estamos a 10 de octubre mientras escribo estas palabras), y me voy dando cuenta de lo mucho que he aprendido en estos años…
¡Joder! ¡Si no hubiera dejado de escribir, a saber dónde estaría ahora! ![]()
Y bueno, no me enrollo más… Ahí abajo os dejo el octavo capítulo de Senda de perdición (¿Ves? Ahora mismo le habría puesto otro título..
)
Espero que lo estéis disfrutando… ¡Nos leemos!
Tendido sobre su cama, Lázaro miraba la hora, las doce y cuarto, abandonando por un momento su obsesivo pensamiento: Isabel.
Llevaba toda la mañana pensando en la noche anterior. En como Isabel y él fueron uno, por primera vez. Pero no por última, esperaba.
“Por siempre, uno”, recordó el título de aquella canción de Yngwie Malmsteen. Pensó en levantarse para buscar el Seventh Sing, pues le apetecía escuchar la balada. Se lo pensó un poco. Finalmente, apoyó los nudillos en el colchón y se levantó de sopetón. No tardaría mucho en arrepentirse.
Aquella mañana, tal y como prometió a su amiga-amada-novia-amante, esperó a su despertar, que se sucedió al amanecer, cuando los rayos del sol se posaron suavemente en los tiernos ojos de Isa, que, tras intentar ocultarse de su luz, abrió los ojos, ocultos ya con la sombra de los dedos de Lázaro, que llevaba ya rato despierto, contemplando y acariciando suavemente el ovillo en el que estaba convertida Isabel en la que les pareció la noche más cálida del verano del 2006.
Desde luego, para ellos lo fue.
Eran entre las seis y las siete. Las siete fueron cuando, finalmente, se vistieron y se fueron de la vieja casa.
Durante el camino hasta la casa de Isabel, no cruzaron una sola palabra. Se limitaron a caminar abrazados, intercambiando miradas cómplices y cargadas de alegría mezclada con falso pudor. Finalmente, se despidieron con un beso y una cita para la tarde siguiente… la de ese mismo día.
Al llegar a su casa, en el mayor de los silencios, Lázaro se dirigió a su cuarto y se acostó. Eran cerca de las ocho.
Hacía menos de cuatro horas que se durmió. En la vieja casa de Isa, apenas concilió el sueño. En ninguna de las dos ocasiones pudo descansar debidamente.
Fue por eso que los colores se confundieron cuando su cabeza aumentó de peso al levantarse con tanta violencia.
Se llevó las manos a la cabeza, y vio, debajo de la mesa, sobresaliendo, el cuaderno que le trajo Ángeles horas antes de que se convirtiese en su prima política.
Olvidando la música, se dirigió a su diario. Lo sacó del montón de trastos inútiles, y lo abrió por la primera página.
“Si algo me pasase (¡Cielos, espero que no!), este cuaderno debe caer en manos de María de los Ángeles Soto Pelayo. Firmado, Lázaro Sanjuán Ortiz. 13-V-1999″
Bueno, eso era algo de lo que nunca estuvo del todo seguro, pero, después de todo, Ángeles era su mejor amiga.
Eso lo escribió cuando ya llevaba bastante tiempo con ese viejo cuaderno. Lo recordó al ver la primera entrada.
“6-X-1997
Siguiendo el consejo de Dani, quien, en un alarde de fe en mi persona, dice que debería escribir un diario, para cuando sea un famoso dibujante de cómic, las generaciones venideras puedan conocer el camino por el que me guió el destino, y cómo ello influyó en mi obra. Dani está colgado. Pero me convenció. ¿Y qué carajo voy a contar? Mi vida no es tan divertida. Pero, ¿qué ha pasado hoy? Hoy he conocido a una chavala increíble. Un montón de guapa. Tiene los ojos azules, el pelo castaño, rizado. No es muy alta, pero está para mojar pan. Muy buena chiquilla, parece. Tiene una sonrisa muy bonita. Olga, se llama.”
Por aquella época, a Lázaro le pareció que ese cuaderno contaría, principalmente, su historia con Olga. Aunque dejó de escribir cuando, mes y pico después, comenzaron a salir, para sorpresa de propios y extraños. Cuando, seis meses después cortaron, el diario volvió a crecer.
Dani. Apenas podía recordar quién era Dani.
¿Cuándo conoció a Isabel?
“8-VI-1998
Ayer por la tarde venía del tuto (¡ya queda menos!) y me encontré a Ángeles charlando con una chavala, que resultó ser su prima. Esto no tendría más cosa si no fuese porque la niña está que no te veas. Casualmente, es como a mí me gustan: bajita, con el pelo largo y liso, no muy oscuro, con los ojos claros, y muy guapa. Parece una chavala muy simpática. Isabel, se llama.”
Lázaro dibujó una sonrisa en su rostro. Buscó unas páginas más adelante.
“23-VI-1998
Putos exámenes… me van a quedar lo menos dos [...]. Hoy he vuelto a ver a la prima de Ángeles. Aquella tan linda. Estuve hablando con ella un poco. Parece una chavala muy interesante. Desde luego, me cae muy bien. Habrá que profundizar en la relación…”
Buscó un poco más adelante.
“16-VII-1998
Anoche, en la feria, encontramos a Ángeles y a las otras. Estaba Isabel (¡Ole!). Estuvimos un rato con ellas en la caseta de Magisterio. Y pude bailar un poco con ella. No mucho, pero algo es algo. Esa chavala podría llegar a ser algo importante.”
Lázaro pareció sorprenderse. Aquello era algo que no recordaba del todo.
Recordó entonces el momento clave en ese diario, lo que, quizás, provocó la ira de Ángeles. Avanzó hasta la zona en la que la paranoia de que alguien que no fuese Ángeles, la que mejor le conocía, leyese eso, le impulsó a escribir en una clave que sólo podría comprender quien tan profundamente conociese sus sentimientos como su mejor amiga.
“El 20 de octubre de 1999, en mi mente veo una maravilla sobre el muro… Aquella que segó su broncínea cabellera a la caída del otoño, como sauce de hoja caduca, se manifestó como ángel mensajero de la alegría. Su sonrisa trajo un inesperado mensaje de fe. Cuando la Mariposa de Hierro cantó una historia de dos amantes, ella llevó sorprendida sus manos a su boca, anunciando su pasión por dicho canto. Tal vez, sea ella, Mi maravilla.”
Habían pasado ya casi siete años de aquello… y aún no sabía si el sauce era de hoja caduca o perenne.
Desde mucho atrás, todo era dolor en aquella libreta. Lo de Nuria tenía todas las papeletas para ser un desastre, como resultó ser. Hasta ese día. Pasó de largo voluntariamente la noche que soñó con la tormenta. Aquella misma noche. Aquella en la que, definitivamente, se convenció a sí mismo que era Isabel quien le gustaba de verdad. Aunque fuese demasiado tarde.
Pasó también de largo aquella larga temporada en la que apenas vio a Nuria o a Isabel (aunque por esta última no le afectaba tanto), hasta que llegó al final de ese año.
“El uno de enero del año 2000, tu reflejo reveló mi deseo, y en el frío de la noche te hiciste presente en mi memoria. Aquella fría y vieja noche, desprecié mi mala fortuna, sin saber lo favorable que hasta entonces me fue. Con la mirada rechacé a la ninfa. Con el corazón vencí el pesar. El uno de enero del año 2000 todo empezaba y todo acababa. El viento del norte arrastraba mi cuerpo, sacando la poca vida en mí. Yo no lo sabía, pero estaba muriendo, y con mis manos aferraba la urna que guardaría las cenizas de mi corazón. La vida se me iba y yo sólo pensaba en ti.”
Lázaro recordó con una triste sonrisa aquellos momentos. La última nochevieja del milenio, según se mirase. Aquella noche iban a irse todos juntos por ahí, pero por causas nunca del todo esclarecidas, no pudo ser, y las niñas se fueron por su parte con Hugo, y los demás acabaron en otro sitio. Recordó a aquella chica a la que vio con su novio. Al principio, el susto que se llevó Lázaro al verlos fue lo que casi le amarga toda la noche: era casi idéntica a Nuria, pero no era ella, y no podía ser su hermana, ya que es hija única. Pero eso la devolvió a su mente, ya que la tenía un poco olvidada, y ya no le gustaba tanto como antes. Hasta que vio a su “reflejo”. Entonces, Nuria volvía a ser prioridad para él, hasta el punto de rechazar a una chavala, morena, de pelo corto y liso, de ojos oscuros y… bueno, la tía estaba bien buena. Y, aunque Lázaro nunca estuvo seguro de los planes de esa chica, él se limitó a pasar de ella.
Aquella noche, recordó Lázaro, era fría, húmeda… y muy aburrida. Le hubiera gustado irse con el otro grupo, pero no pudo ser. Y lo intentó, eso seguro. Aunque tal vez así fuese mejor. Esa noche era la que eligió para pedirle salir a Nuria, a pesar del breve olvido en el que la tenía. Y esa fue la noche en la que Nuria empezó a salir con Jesús. En parte, un poco de él murió esa noche. Al llegar a casa se sintió tan mal consigo mismo, que estuvo casi una semana sin salir de casa. Incluso enfermó. Tardó mucho en recibir la mala noticia.
“El siete de enero del año 2000 llegó el Apocalipsis a mi corazón. Y lloro en los hombros de los Reyes Magos, pues no me trajeron lo que pedí. Y las sombras se ciernen sobre mi luz. Pero el ave fénix resurge de las cenizas, iluminando mi triste senda con su fuego. Me quema, pero a él me aferro, mientras toma forma de mujer.”
“Los Reyes Magos”. Se refería a sus tres mejores amigos: Hugo, Rocío y Ángeles. Fue ese el día más triste desde que cortó con Olga, el que supo lo de Jesús. Y, sin embargo, dentro de su corazón, Isabel volvió a emerger. Esa noche… ¿soñó con ella? No podía estar seguro. ¿Salía ya con Josele? No, aún no… ¿no? ¿O sí? ¿Se refería realmente a Isabel?
Intentó poner en orden sus recuerdos.
Para empezar, fue por noviembre que empezó a salir con Olga, y cortaron en primavera, por raro que pareciese. Tenía él quince años. Poco después conoció a Isabel. A Nuria ya la conocía de antes.
Pero, durante un momento, Lázaro se sintió muy confundido. No era verdad que hubiese conocido a Isabel cuando empezó a gustarle Nuria, como pensaba hasta entonces. La conoció mucho antes de lo que pensaba en un principio… poco después de cortar con Olga.
Todo parecía cambiar su lugar en su memoria. Siguió leyendo.
“El veinte de enero del año 2000, Lázaro encontró la senda de la perdición. Ojalá nuestro tiempo no fuera pasado. Ojalá nuestra distancia no fuera espacio. ¿Por qué tienes que ser como eres? ¿Por qué tienes que ser única? ¿Por qué el pájaro de fuego vuelve a llamarme?”
La senda de la perdición…
Ese fue el día en el que Lázaro decidió que se acabaría eso de guiarse por sus sentimientos. Bastantes problemas tenía ya.
“¿Perdición?”, pensó Lázaro. Bueno, según pensaba Lázaro, la suerte no acompañaba a los que seguían un camino recto. Después de todo, todas aquellas a las que quiso, pero que se fueron con otros, fue siempre con gente a los que Lázaro consideraba inferiores tanto a ellas como a él mismo. Gentuza que no merecía a aquellas que conseguían. Gente que seguía la senda de perdición.
Como Josele.
En verdad, él no era malo. Pero Isabel era mucho mejor.
Y el pájaro de fuego. De nuevo, Isabel. Isabel y Josele, un binomio maldito.
Estaba claro que, por aquella época, Isabel volvía a interesarle. Algo tarde.
Siguió leyendo.
“El cuatro de febrero del año 2000 volví a amar como siempre a quien amé como nunca. Hermana por siempre deseada, amiga donde todos me fallaron. Amante soñada de todo amante soñador, que en toda mi vida amante en soledad fui.”
Vale, eso podía haber enfadado a Ángeles. Que tal vez empezase a sentir algo por ella, era algo razonable para ocultarle a su mejor amiga. Además, ella tendría que comprender que pasaba por una mala racha. No sólo por lo de Nuria o Isabel, si no también por lo de sus padres. Y lo de decidir darse a la mala vida.
Un escalofrío recorrió la espalda de Lázaro antes de seguir leyendo.
“El once de febrero del año 2000 ardió en mi corazón la llama sofocada. El azabache rechazó el baile por abrazar el ceniciento carbón. Pero el oro, entre mis manos, se mantenía lejano, por mi voluntad, ignorante, el tesoro, de lo que pasaba en mi corazón. Los ángeles nos guiaban, y yo, añorando, junto a su pelo, los viejos tiempos que nunca fueron.”
Vaya. Eso era algo que casi había olvidado también.
Era el cumpleaños de Marta, antes de que saliese con Tato. Y se fueron por ahí, de botellón y a bailar. Todo el mundo estaba esperando a que Tato le pidiese aunque fuese un baile a Marta, ya que era del dominio público que se gustaban desde hacía más de un año, desde poco después de que Marta rechazase a Lázaro. De eso no se acordaba. Apenas. Sí, bueno, le gustaba Marta, antiguamente. Pero en esa época le gustaba Nuria, aunque ella estuviese con ese Jesús y él hubiese decidido darse a la mala vida. Por eso, cuando Lázaro le pidió un baile a Marta, a nadie le sorprendió el hecho de que le rechazase, ni tan siquiera a él, aunque sólo lo hiciese porque le daba cosa dejarla así. Pensó que debería haber agarrado a Tato y hacerle bailar con Marta… (¡Agh, la cabeza empezó a dolerle!)… Pero él bailó con Nuria, aprovechando que Jesús no estaba por ahí. De hecho, aún ahora, seis años después, Lázaro ni le había visto…
Pero, sí. Le vio una vez.
Ahora recordaba…
Fue el día antes de enterarse de la noticia. El día de reyes.
Les vio a los dos juntos, caminando de la mano…
¡El tío era un tarugo!
Ahora recordaba… pero le importaba un carajo.
“El doce de febrero del año 2000, rebelión de placeres en mi interior. El deseo encuentra el camino a seguir.”
No tenía ni idea de qué quería decir con eso. Suponía que se refería a Nuria o a alguien. ¿Esperar a que cortase? No, eso no iba con su personalidad. ¿Provocar la ruptura? Lázaro agitó la cabeza. ¿Y qué pasaba con el camino de la buena mala vida?
“El catorce de febrero del año 2000, otro más en soledad. Las rosas se marchitan a mi alrededor, y los claveles florecen.”
Sin duda, Lázaro odiaba San Valentín. Y más en el instituto. La gente iba por ahí repartiendo las flores que amantes y enamorados se enviaban. Quitando cuando estuvo con Olga, todos los demás días de San Valentín estaba sólo… y precisamente ese día, Olga no fue a clase. Bueno, estaba deprimido porque era San Valentín. No pensaba que fuese necesario una entrada sólo para eso que ya le había pasado diecisiete veces.
“El dieciocho de febrero del año 2000 los puñales florecen en mi espalda. Mañana rechazaré el beso de Judas. Cortaré la cabeza de Dios. Mi tesoro con ella no compartiré. Así como el dinero llama al dinero, y el deseo llama a la corrupción, la mentira conduce a la fatalidad.”
Ese fue el día que Marta y Tato empezaron a salir. Estaba cabreado con todo Dios. Aún así, en aquel tiempo lo miró fríamente: Marta le dijo que no quería salir con nadie, pero salió con Tato. La perdonó, porque hacía más de un año de aquello. Tato, tal vez aún creyendo que a él todavía le gustaba Marta, le pidió salir. Le perdonaba, porque él habría hecho lo mismo. Se dio cuenta que con quien estaba realmente enfadado era con Rocío. Más que nada, por ser ella la principal causante de esa pareja. En el fondo, se alegraba por ellos, pero es que Rocío le engañó perramente. Llevaba más de un año diciendo que ella nunca haría algo parecido a lo que hizo con Tato y Marta. Por eso decidió que Rocío ya no era más su amiga. Aunque fue incapaz de hacerlo. De todas formas, fue ella quien se alejó tanto de él como del resto de los tíos del grupo.
“El cuatro de marzo del año 2000, el miedo a la incertidumbre insinúa la verdad. Mientras, el fruto del árbol sabio y el colmillo amigo contemplan la gloria del miserable”.
Su primera noche de Carnaval en Cádiz. Y la última, hasta la fecha. Encontró a una compañera del instituto, que parecía no dejar de insinuársele. Al menos, eso es lo que pensaban el Pera y Alfonso. Pero él no le siguió el juego. No recordaba muy bien quién era, pero había alguien que le gustaba demasiado en eso momento. ¿Sería Nuria o Isabel?
El caso es que aquel día acababa el diario, casi justo al final de la página. Aún así, la giró.
Para su sorpresa, había escrito algo más. Y su estremecimiento fue enorme al leer la fecha.
“El dieciocho de marzo del año 2000 la senda de la duda conduce a la verdad, como el curso de un río se pierde en el mar. Pero todo es confuso, y nadie es como ella.”
Vale, perfecto. Ahora sí que estaba confuso.
¿A quién demonios se refería? ¿A Nuria? ¿A Isa? ¿A Marta? ¿A Ángeles? ¿A Palma? ¿A Olga? ¿A quién demonios?
Sólo sabía que ese era el día en el que descubrió la ruptura de Nuria y el tal Jesús. ¿Lo sabía ya en el momento de escribir esas líneas? Si así fuese, tal vez se refiriese a ella. Pero no, no fue hasta esa noche que lo supo. ¿No? Si no, ¿qué pasó aquél día? ¿Qué pasó ese dieciocho de marzo del dos mil? Aparte, claro, de que casi murió.
Ese día acabó una vida y empezó otra.
Durante seis años estuvo muerto, viviendo en su propio paraíso particular, donde todo el dolor del pasado quedó olvidado. Pero volvió a ese mundo de dolor, donde encontró a unos padres de nuevo enamorados, a unos amigos unidos como nunca. A una mujer que le amaba.
Pero toda la felicidad que le acompañó mientras no estaba ahí, quedó olvidada… menos cuando dormía.
¿Tendría esa clase de sueños mientras estaba en aquel otro lugar? ¿Soñaría con Nuria, con Olga, con Tato o el Pera, Alfonso, Hugo, Palma, Susi…? Bueno, Hugo estaba ahí, como Isabel.
Lázaro miró el calendario de su reloj: miércoles. Hasta el martes no vería a Josan. A ver qué carajo podía hacer por él.
Entonces, alguien llamó a la puerta. Lázaro fue abrir, tras comprobar que estaba solo, y se alegró al ver a quien llamaba.
- ¡Hola, fornicador! – saludó Ángeles con una maliciosa sonrisa.
- Las noticias vuelan, ¿eh?
- Isa me mandó un mensaje hará cuatro horas. De los detalles ya se encargará luego. ¿Me dejas que pase?
- Claro, pasa.
Ángeles entró a la casa de su amigo, que advirtió entonces que cargaba con una vieja mochila a sus espaldas.
- ¿Qué llevas ahí?
- Algunos álbumes de fotos. De los últimos seis años. Supuse que te gustaría verlos. - Supusiste bien – sonrió Lázaro.
Ángeles y Lázaro se sentaron en el sofá, y la chica metió una mano en la mochila.
- ¿Por dónde te gustaría empezar?
- Lo suyo sería empezar por el principio, ¿no?
- Bueno…
Ángeles sacó un pequeño álbum de tapas rojas.
- Este es muy antiguo. Del 97. Mejor saco otro.
- No, déjame verlo.
Lázaro abrió el álbum por la primera página. Allí estaban Alfonso, Palma, Gema, el Pera, Susi, y él mismo junto a otras tres chavalas, en el Cerro, nueve años atrás.
- ¿Quiénes son estas tres?
- Son Sandra, Julia y Amparo.
- ¡Joder, es verdad! Ni me acordaba de ellas. ¿Dónde están?
- Perdidas, las tres. Creo que están aquí por el verano, pero yo no las he visto.
Lázaro pasó una página, y en las dos fotos aparecía Susi agarrando al Pera. En una, acompañados por Palma, Tato, Alfonso y él mismo. En la otra, por Ángeles y Amparo.
- Quién lo diría, ¿eh? – comentó Ángeles.
- Bueno, había sospechas. Pero no pensaba que, después de seis años… bueno, nueve en verdad.
- Bueno, ya estuvieron juntos una noche antes.
- ¿Sí? ¿Cuándo?
- En una excursión a Alicante.
- Vaya…
Lázaro pasó una página más.
- Eso fue en Navidades, en casa de Isa.
Lázaro se quedó petrificado mirando la escena.
- ¿Qué pasa?
Lázaro posó el dedo sobre la imagen de Isa.
- ¿Esta es Isabel?
- Sí. ¿Qué pasa?
- Nunca la había visto así.
Lázaro mentía. Sí que la había visto así. En sueños.
- ¿Es por el pelo? En verdad es así de rizado. Lo que pasa es que poco después empezó a alisarlo. Y luego, se lo cortó.
- ¿Y tan oscuro?
- Es su color natural. Con el sol del verano se aclara. Es normal. ¿Qué pasa?
- No recuerdo haberla visto así.
- Claro. Cuando os conocisteis, ya se lo alisaba. Y creo que casi siempre os veíais de noche , ¿no? Por eso no le notabas el tono.
- Ya, pero…
Lázaro no supo continuar.
- ¿Te pasa algo?
- Ángeles, tú sabes que yo siempre te lo cuento todo, ¿no?
- Sí, bueno, eso pensaba.
- Pues te voy a confesar algo, pero debes jurarme que guardarás el secreto.
- ¿Qué pasa?
- Durante estos últimos seis años, he estado en otro sitio.







