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Movimientos improvisados (6)

Febrero 5, 2010

- ¿Por qué has aparcado tan lejos? – protestaba Tatiana.
- No sabía que se pudiera aparcar aquí – se defendió Salva -. Además, soy totalmente contrario a la idea de aparcar cerca de garitos.
- Eso puedo comprenderlo – concedió Tatiana -. ¿Pero era necesario ir hasta el convento?
- ¡Claro que sí! Esas monjas son fieras guardianas de mi coche.
- ¿El mismo coche con una pegatina de un adorable Satanancito? – intervino Ale.
- ¿Te has fijado? – contestó Salva, sonriente -. La vi y fue amor a primera vista.
- Mira, esa puerta es – dijo Tatiana señalando una puerta iluminada por dos focos. Un hombretón de pelo corto y bíceps como balones de fútbol guardaba la entrada -. A ver si entramos y no tengo que oírte más tonterías.
- Qué carácter…
- ¡Tatiana! – saludó el gorila al ver acercarse a la muchacha -. ¿Qué tal estás?
- ¡Hola, Robe! Bien, muy bien. ¿Cómo te va todo?
- No puedo quejarme. La noche está tranquila, pero ya empieza a refrescar. ¿Quiénes son tus amigos?
- Ah, estos son mis compañeros, Ale, Romero y Salva.
- ¡Hooola! – saludaron los tres a coro.
- ¿Compañeros? ¿También trabajan en GMA?
- No, no. Son mis compañeros de piso.
- Ah. Es verdad. Oí que te mudabas.- El gorila miró a los tres -. La estaréis cuidando bien, espero.
- ¡Por supuesto que sí! – afirmó Salva -. Si hasta le he regalado un osito.
- ¿Un osito? – preguntó Robe.
- Una osita, más concretamente. Aún no tiene nombre. ¿Le has puesto ya nombre, Tatiana?
- Creo que la voy a llamar “Cállate la puta boca”.
- Un poco largo, ¿no?
- Se puede abreviar en “¡Cálla!”
- Eh, eh, tranquila… – intentó conciliar Robe -. ¿Un mal día?
- Una semana regulera, Robe.
- Ok, ok, pues pasa a divertirte.
- ¿Están las chicas dentro? – preguntó Tatiana.
- Sí. Hace cosa de una hora llegaron Julia y Ami. Fani creo que está enferma.
- Ai, pobre. Hacía un mes que no tenía un sábado libre.
- ¿Tus amigas? – intervino Salva.
- Creo que no te he dado las gracias por regalarme la osa, Salva.
- ¿Son dos? ¿Hay dos, quiero decir? ¿Qué edades tienen?
- ¿¡Se puede saber qué te importa eso!?
- Oh, no, no, no pienses esas cosas de mí… Es por… Bueno, en otro momento te lo explicaré.
- ¿Me harías el favor de desaparecer una vez crucemos el umbral?
- Eh… no peleéis, chicos… – intentó conciliar, incómodo, Robe el Gorila.
- ¿Y vosotros no me decís nada? – se quejó Salva mirando a Romero y Ale, quienes parecían más ocupados en hablar entre ellos en voz baja -. ¡Tíos!
- Bueno, me voy para dentro – le dijo Tatiana a Robe cruzando el umbral.
- Espérame, entro contigo… – le decía Salva. Tuvieron que esperar a que la puerta exterior se cerrara antes de abrir la que daba paso desde el pequeño vestíbulo al local en sí -.¿Qué te pasa conmigo? – le dijo aguantando la puerta para evitar que Tatiana la abriera -. Pensaba que habíamos hecho las paces. ¡Incluso te he regalado una osita…!
- ¡Calla!
- Eso, perdona… Incluso te he regalado a Calla. ¿Por qué me odias? ¿Te he hecho al…? ¿De qué te ríes?
- Creo que ya tengo nombre para la osita – respondió Tatiana -. Mira… vamos a hacer tregua esta noche, ¿vale? Voy a evitar molestarme y tú vas a evitar molestarme y molestar a mis niñas, ¿estamos?
- Estamos… Pero me las presentarás al menos, ¿no?
- Sí. Te las presentaré y serás un completo caballero con ellas, ¿estamos?
- Estamos…
- Pues nada, entremos, y escuchemos un poco de punk, que eso me libera.
- ¿Pero hay punk de verdad o esas cosas que hacen ahora Green Day, que son más Tokio Hotel que The Clash?
- ¡Calla! No sigas por ahí.
- Vale, vale… enterremos el hacha…
Tatiana se volvió y abrió la puerta. Mientras atravesaba el umbral, Salva se giró y les hizo una señal a los demás para que pasaran.
Romero, Ale y Robe miraban con las caras pegadas al grueso cristal de la puerta.
- Doblo la apuesta – dijo Ale.
- Lo veo – contestó Romero.

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Febrero 4, 2010

- Hmmm… ¿Vas a jugar mucho rato más?
- ¿Por qué? ¿Es que tú quieres?
- No… Lo que quiero es estar contigo un rato.
- Vale, guardo y ahora estoy contigo.
- Es que me tienes abandonado…
- Vale, mira, ya estoy guardando. ¿Contento?
- Sí… ¿Pero me dejas a mí un ratito…?

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Senda de perdición (20a)

Enero 30, 2010

La luz le cubría por completo. Le cegaba e incluso parecía golpearle. Le atrapaba. Algo le aprisionaba los miembros y le asfixiaba. Hasta que pudo explotar en un gran dolor, el aire le llenó el pecho, y un sordo quejido sonó del interior de su cuerpo.
- ¡Lázaro! – escuchó una voz. Era David.
- ¡Laza, amor! – esa era Isabel. Pero no la veía.
No hasta que se puso junto a él.
- Gracias a Dios por su misericordia – rezaba David -, gracias por mantener a nuestro hermano a nuestro lado…
- ¡Calla, padre! – ordenó Lázaro con un hilillo de tenue voz.
Miró entonces a Isabel.
Sus cabellos habían sido cortados, como si estuviera de luto. ¿Acaso pensaba que nunca volverían a verse?
- Que bella estás -. Fue todo cuanto pudo decir.
Isabel sonrió con lágrimas cayéndole por las mejillas.
- Lázaro… estúpido loco…
Y besó sus labios como si hubiese pensado que nunca más volvería a hacerlo…
Tras separarse en el beso, la sonrisa de Lázaro se transformó en una aterrada máscara.
- ¡Pablo!
- No te preocupes por Pablo – dijo una voz que reconocía, aunque no identificaba.
Lázaro se incorporó para ver al que hablaba. Era un hombre no mucho mayor que él, de largo pelo negro y una barba no demasiado espesa, aunque sí lo suficiente como para despistarle.
- ¿Josan?
El resto de los que estaban en la habitación se mostraron sorprendidos. No así Josan.
- Me alegra ver que me reconoces.
- ¿Qué haces tú aquí?
- Bueno… alguien tenía que ponerte las marcas del sueño – respondió guiñando un ojo.
Lázaro se miró los brazos: cubiertos de tatuajes aún sangrantes.
- ¿Y qué pasa con Pablo?
Josan se limitó a señalar un bulto bajo una sábana. La sábana estaba llena de sangre.
- Un hachazo en el cuello – respondió Josan -. ¿No lo recuerdas?
- Pues… no.
- Pues puedes no preocuparte más por él. Por cierto, tenías razón en tus sospechas.
- ¿A qué te refieres?
Josan señaló al cura.
- Lo siento – respondió David -. Secreto de confesión.
- Pero yo también lo oí, y yo no soy cura. Confesó sus intenciones antes de morir. Quería quemar a Isabel en la hoguera, si era eso lo que te preocupaba. Pero puedes estar tranquilo, porque eso ya no pasará.
Lázaro miró a Isabel, quien le sonrió mientras le tomaba la mano.
- Entonces – dijo Lázaro dirigiéndose a Josan -, ¿ya ha acabado todo?
Josan sonrió.
- Nunca acaba nada.

Isabel besó el cuello de Lázaro mientras ambos contemplaban al sol sumergiéndose en el océano.
- Creo que es la primera vez que oigo a los pájaros cantar a estas horas de la tarde – dijo Lázaro.
- Tal vez antes no supieses apreciar su canto.
El joven acarició los ahora cortos cabellos de Isabel.
- ¿No te gustan? – preguntó la chica.
- Sí… me gustan… bueno… tendré que acostumbrarme… y seguro que entonces no querré que te los dejes largos – añadió con una sonrisa.
- Te quiero mucho – dijo Isabel hundiéndose entre los brazos aún vendados y sangrantes, a causa de los tatuajes, de Lázaro.
- Yo a ti también.
- Lo sé, y recuerdo la primera vez que me lo dijiste, y, si nunca me lo hubieras dicho, probablemente – añadió con una sonrisa -, yo nunca habría sido capaz de hacerlo.
Lázaro se quedó mirando sonriente a su amada.
Luego, miró al horizonte.
- ¿En qué piensas? – preguntó ella.
- En lo que dijo Josan.
Isabel se estremeció al recordar cómo Lázaro reconoció a aquel desconocido recién llegado, que afirmaba tener la cura para el veneno del médico.
- ¿Eso de que nunca acaba nada?
Lázaro asintió.
- ¿Que querría decir con eso? – preguntó Isabel.
- Tal vez, que nada ha acabado nunca…

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Senda de perdición (20b)

Enero 30, 2010

La luz le cubría por completo. Le cegaba e incluso parecía golpearle. Le atrapaba. Algo le aprisionaba los miembros y le asfixiaba. Hasta que pudo explotar en un gran dolor, el aire le llenó el pecho, y un sordo quejido sonó del interior de su cuerpo.
Y, de repente, silencio.
Hasta que escuchó pájaros cantando.
Qué paz sentía…
Sólo él y el canto de los pájaros, hasta que una guitarra comenzaba a sonar.
Reconoció la música. Era una de las que tenían la capacidad de embargar su corazón.
Oía los instrumentos de viento mientras recordaba su infancia, y la letra de esa bella canción.
Nada le inquietaba mientras los instrumentos se sumaban a la belleza de la música.
Qué paz mientras la voz le acompañaba a dúo…
- “Even in the quietest moments…” -. Tampoco sabía más que el título de la canción de Supertramp.
¿Eran unos auriculares eso que sentía en sus oídos?
Abrió los ojos.
El techo laminado blanco con la deprimente luz de neón era todo lo que vio hasta que el rostro lloroso de una chica se puso delante.
- ¿Isabel? – intentó decir Lázaro
- Lázaro…
“Joder, que dolor”, pensó mientras ponía los ojos en blanco.
- ¿Qué has hecho, loco insensato?
Por alguna razón, Lázaro intuyó que ese tubo que le recorría la garganta era lo que no le dejaba hablar correctamente.

- ¿Por qué me pusiste a Supertramp? – preguntó Lázaro cuando todo pareció volver a la normalidad.
- Hugo me dijo que te encantaba esa canción – respondió Isabel –. Pensé que, tal vez, si la escuchabas, te animarías, y tal vez, despertases. Además, es mi canción favorita, ¿sabes?
La chica sonrió.
- Veo que acerté.
- Creía que tu favorita era… -. Lázaro no supo seguir -. No sé, otra… no lo imaginaba…
- ¿Cómo ibas a saberlo? – preguntó Isabel con una sonrisa.
El sol de la tarde se ponía tras el horizonte. Lázaro e Isabel compartían ese momento de paz tras todo el ajetreo inicial. Habían pasado tres días tras su alocada aventura en moto, y esa larga noche de angustias en la que Isabel no hizo más que llorar y velar a su amigo. Ahora estaban solos, juntos, mirando el ocaso a través de la estéril ventana de la habitación del hospital.
- ¿Por qué has hecho eso por mí?
Isabel bajó la mirada.
- Supongo que tú habrías hecho lo mismo por mí.
- Es posible – rió Lázaro.
Lázaro se rascó sus pálidos brazos. El vello sobre ellos comenzaba a hacerse más denso con cada mes que pasaba.
Pero se sentía como falto de algo. De algo que no podía saber qué era…
Se giró y miró a Isabel a los ojos.
- Te quiero – dijo.
Isabel se puso colorada y miró al suelo.
- Lo sé. Y yo a ti también.
- Sí, ya, pero es que… te quiero… de verdad.
Isabel levantó la mirada. Las lágrimas dudaban si salir o no.
- ¿Qué estás diciendo, tonto?
- Lo sé desde… no podría explicártelo. Pero siento que he vivido más de una vida queriéndote.
- ¿Y qué pasa con Nuria?
- No lo sé. ¿Pasa algo?
Isabel no supo que responder.
- En principio… no.
- ¿Por qué todo tiene que girar en torno a nadie?
- ¿Qué?
- Niña, te quiero, sé que sólo tengo diecisiete años, y que decir que esto no lo he sentido nunca sería una gilipollez, pero, tú hazme caso. Lo único que quiero es un poco de felicidad, sin complicaciones. Si tú me ayudas, mejor, oye, pero, que vamos, que no quiero que…
Isabel tuvo que callar a Lázaro poniendo su dedo en los labios de él.
- ¿Qué puñetas estás diciendo? – preguntó Isabel sonriente.
- Que te quiero.
Isabel sonrió.
Meneó la cabeza.
- Eres un idiota – rió.
- Sí, pero te quiero igual.
Isabel miró a Lázaro de reojo, con la cabeza gacha, los ojos tímidos y el rubor naciendo en sus mejillas.
- Lo sé. Yo a ti también.

FIN
San Fernando (Cádiz), 30 – VII – 2003

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Senda de perdición (19)

Enero 25, 2010

Bueno… ¡¡Penúltimo capítulo!!
Sólo paso para comentaros que el último capítulo es… bueno… Especial.
Ya lo veréis.
Dentro de cinco días…
Ahora, os dejo con el 19…

Lázaro caminaba por la orilla del mar.
El agua le besaba los pies con cada nueva ola que rompía, mezclándose con la arena en la que se hundían los pies del muchacho.
Y, de repente, se detuvo.
¿Cómo había llegado a ese lugar?
No recordaba nada desde que Josan se volvió a descojonar de sus problemas.
Pero ahí estaba, en una playa que no conocía, que le mostraba un horizonte que le era del todo extraño.
Al menos, estaba vestido.
Allá lejos, en el mar, no veía más que una gran extensión de olas. Hacia el interior del continente, contempló maravillado que dos caminos nacían bajo sus pies. Uno de ellos se extendía hacia más allá de donde alcanzaba la vista, perdiéndose tras el horizonte. El otro subía una pequeña colina a unos pocos metros, y, más allá de la cumbre, parecía descender, aunque no podía ver más.
¿Qué camino seguiría?
Lázaro estuvo tentado durante unos segundos de seguir el camino recto y despejado. Así que empezó a avanzar por él durante más tiempo del que pudo precisar.
El camino era monótono, aunque seguro. No había nada más que camino, y una yerma extensión a ambos lados, aunque en el camino no parecía sufrir los agobios que los márgenes mostraban.
Y, sin embargo, algo le angustiaba el corazón. La incómoda sensación de haber tomado el camino errado.
- Será mejor que vuelva y tome el otro camino.
- ¿Pero no será una pérdida de tiempo? Sigamos por este.
- Sí, puede que sea una pérdida de tiempo, pero esto también puede serlo.
- No. Prefiero seguir por aquí.
- Pues yo pienso tomar el otro camino.
- No, eso no es posible. Tenemos que permanecer unidos. No podemos separarnos.
- Es verdad – se dio Lázaro la razón a sí mismo -. Después de todo, se supone que somos uno.
De repente, la luz iluminó los ojos de Lázaro.
- ¡Somos sólo uno!
- ¿El leñador y el estudiante?
- Claro…
- ¿Pero siempre lo hemos sido?
- ¿Cómo no me he dado cuenta antes?
- ¿Cómo he sido tan estúpido?
- ¡Mierda!
- Estaba delante de nuestras narices.
- Desde el principio.
- Pero no vivimos en el mismo mundo.
- ¿Cambia acaso eso las cosas?
- ¿Y qué pasa con Hugo, Isabel, y Pablo? Y Marcos y Lucas.
- Cierto, también ellos estaban en los dos sitios.
- ¿Son también reales?
- Claro que lo son. En ambos sitios.
Lázaro tomó entonces una seria determinación.
- Tomemos el otro camino.
- ¿Te refieres a la Senda de la Perdición? Es peligroso, y no sabemos lo que esconde.
- A veces ese es el mejor camino.
- ¿Cómo puede serlo? Oculta peligros que no conocemos.
- Lo sé, y, sin embargo, es el camino más seguro.
- Razón no te falta. La última vez que emprendimos camino por la Senda de Perdición hallamos el camino que buscábamos.
- No con poca sorpresa – sonrió Lázaro.
Lázaro también sonrió.
- Cierto.
Totalmente convencido, Lázaro se dio la vuelta, y, para su sorpresa, volvía a estar a la orilla del mar, al inicio de los dos caminos.
Sin siquiera pensarlo, Lázaro inició la ascensión de la colina, sin dejar de reprenderse por haber sido tan despistado.
Una vez coronó la colina, vio que el camino avanzaba hasta pasar bajo una puerta en un muro de piedra.
Recordó entonces las palabras de Gica, el cazador de sueños, acerca de las puertas.
¿A dónde le llevaría esa en concreto?
Empujado más por la curiosidad que por otra cosa, Lázaro cruzó el desnudo umbral con total decisión.
Para su sorpresa, aunque menor cada vez, apareció en una fría y húmeda habitación de piedra.
Había dos puertas, una junto a la otra, y, a cada puerta, un pájaro.
El pájaro de la puerta de la derecha habló primero.
- Esta puerta conduce al camino que buscas desde el principio de tu consciencia, desde que tu corazón empezó a latir con un motivo. Es lo que siempre has deseado. Y es el camino que debes tomar.
El pájaro de la puerta de la izquierda habló después.
- Esta puerta conduce al camino que nunca esperaste desear. No, hasta que te lo encontraste, y, para tu sorpresa, acabaste recorriendo. Es un camino inseguro y lleno de sorpresas y angustias. Puede que lo abandones, pero siempre querrás volver a él. No creo que debas tomarlo nunca.
Sonaba tentador, pero, ¿iba a hacerle caso a un par de pájaros?
Agarró el tirador de la puerta de la izquierda, tiró y la abrió, y cruzó el umbral.
Una piscina. Justo lo que le apetecía encontrarse. Lástima que no tuviese tiempo de darse un baño, pero, al menos, el agua refrescaba el ambiente.
Se encontraba la piscina en una habitación oscura, cuya única luz surgía de las verdosas aguas llenas de algas. De las paredes descendían densas plantas, que cubrían aquellas por completo.
De repente, algo surgió del agua.
Era una mujer. Posiblemente, la más hermosa que Lázaro se hubiese encontrado en todos los días de su vida. Su pelo negro y rizado caía por el peso del agua cubriendo sus pechos a medida que salía del agua. Pero no emergió de la piscina por completo. Se apoyó en el borde de la piscina y miró a Lázaro con una hermosísima sonrisa.
- Hola – saludó la bella mujer.
La sola suavidad de su voz encendió en el pecho de Lázaro el deseo por unirse a ella en las aguas.
Era tan hermosa… pero no era eso lo que le llamaba. Sentía que, de alguna forma, la amaba desde siempre, por algún motivo.
- Quiero verte más de cerca – dijo Lázaro mientras avanzó un paso.
- No, espera, detente – dijo la chica -. No lo hagas. Creo saber lo que sientes, pero no es este nuestro momento. Tal vez el destino nos una, pero no será hoy, y puede que tampoco mañana.
- Pues yo creo que el destino ya nos ha unido.
- Yo también te quiero, pero no debemos forzar la situación. Lo que tú deseas es en modo alguno imposible.
Entonces, una luz apareció flotando alrededor del hombro de Lázaro. De repente, de ella apareció la forma de una chica, de rostro alegre, pero mirada triste.
Miró a Lázaro, y luego a la chica de la piscina.
- Sé que la amas – dijo la recién llegada, agitando sus alas de libélula -, y creo que deberías ir con ella.
- Está tan cerca, y tan lejos.
- Es hermosa esa muchacha – dijo la chica de la piscina -, debes permanecer a su lado, pues es tu deseo.
- ¡¿Pero qué decís?! – exclamó Lázaro -. ¿Por qué las dos pensáis saber lo que deseo?
- ¿Y quién de las dos tiene razón? – preguntó la chica alada.
“Las dos y ninguna”, pensó Lázaro.
- No puedo elegir – dijo en voz alta.
- Tal vez esto te ayude – dijo la chica de la piscina emergiendo del agua.
Ayudándose con sus brazos, la chica se sentó al borde de la piscina mostrando que, en lugar de piernas, poseía una plateada cola de pez.
- Sabes que eso no le importa – dijo la chica alada, elevando el vuelo y convirtiéndose de nuevo en un punto de luz.
- Debes seguir su camino – dijeron ambas al unísono.
Pero el punto de luz elevó el vuelo y la chica de cola de pez se sumergió en la piscina.
- No os puedo seguir – dijo Lázaro. Aunque pudiese nadar. Pero, desde luego, no podía volar.
Así que optó por seguir a pie.
Bordeó la piscina, esperando encontrar una puerta tras la vegetación que caía desde el techo de la sala.
En efecto, una puerta esperaba ser abierta.
Y estaba bien dura.
Pero no había nada imposible para esas marcas del sueño, pues, tras notar un ligero calor en los brazos, la puerta cedió sin problemas.
¿Qué era aquello?
Una butaca y una tele con vídeo en medio de una catacumba.
Perfecto.
Lázaro se dejó guiar por su instinto y se sentó a la tele. Buscó el mando entre los cojines de la butaca, y encendió el receptor. Buscó en mando del vídeo en el mismo sitio y le dio al play.
La cara de Josan apareció en la pantalla.
“¿Por qué no me sorprende?”
- Hola, Lázaro – saludó el fantasmatólogo.
- Hola, Josan.
- No te molestes en contestar, esto es sólo una grabación. Bueno, a lo que vamos. Si recibes este mensaje, es que has llegado hasta aquí… y que has visto las películas adecuadas… y no, no pienses más en Matrix, por favor…
>>Bueno, al turrón… Te habrás dado cuenta que, tras vencer tus miedos, tienes que tomar ciertas decisiones. Si las has tomado con la cabeza… bueno, de ser así, nunca escucharás este mensaje, y, por tanto, nunca saldrás de este pequeño infierno, por lo que, de momento, no tienes que preocuparte. Seguramente te preguntarás que en qué clase de locura te has metido, pues que sepas que es todo cosa tuya, por si se te ocurría echarnos la culpa de algo. Y nada más, en verdad… sólo desearte suerte… – se escuchó un cuchicheo de fondo – …, ah, y Laura te manda besos. ¿Alguna pregunta?
- ¿Son todos los fantasmatólogos igual de inútiles que tú?
- Bueno, si la respuesta a esa pregunta sólo tú puedes contestarla, tranquilo, lo harás. De no serlo así, ¡eh, sólo soy una grabación! Suerte, espero verte pronto fuera de aquí.
Y la grabación finalizó.
Lázaro apagó ambos aparatos, y se recostó en la butaca. Perfecto, era de esas reclinables.
¡Cómo le encantaban…!
Decidió relajarse un poco mientras estiraba los músculos de su cuerpo.
Respiró hondo, exhalando lentamente el aire, mientras pensaba en la pereza que le daba el siguiente paso.
Pero, de repente, saltó de la butaca.
Nada en ese mundo le apetecía más que vaguear, pero tenía la necesidad de moverse. Por algún motivo, tenía que moverse, hacer algo… salir de una vez de aquel lugar…
Una puerta…
No recordaba haber visto esa puerta tras la tele. Bordeó el aparato y la abrió.
Un hermoso prado luminoso, cargado de verde bajo un cielo celeste le daba la bienvenida.
Comenzó a caminar con sus pies desnudos sobre la hierba. El rocío de la mañana aún permanecía en la hierba, y su frescor daba nueva vida al pobre perdido.
“Una última elección”, sonó una voz extraña dentro de su cabeza.
- ¿Ya acabamos?
“Tal vez”.
- Tú dirás.
Una pared de piedra cayó justo frente a Lázaro, mostrando una nueva puerta, esta vez, abierta. Otras tres enormes paredes cayeron rodeándole.
El prado desapareció, y la luz fue obstaculizada por el techo que cayó sobre Lázaro, encajando con las cuatro paredes.
Ahora estaba encerrado. Sólo la puerta mostraba una salida.
Pero, cuando fue a cruzarla, se cerró con el portazo más estruendoso que pudo haber escuchado. Sin embargo, tras el susto inicial, el miedo desapareció, pues aquello no le cogía del todo por sorpresa.
Además, sabía como salir de allí.
Siempre lo supo, pero la puerta le hacía dudar.
Desde mucho rato antes, vio una pequeña ventana en la pared a su derecha. Una ventana hermosa que le mostraba un paisaje bellísimo tras el marco.
Entonces, un millar de ventanas aparecieron en las paredes, abriéndose de golpe, como si llamasen a Lázaro a atravesarlas.
El viento entraba por ellas huracanado, aunque, en lugar de empujar a Lázaro, parecía tirar de él.
Pero no la pequeña ventana que le gustaba a él. De repente, no le parecía tan pequeña. Y, en cambio, ahora le resultaba más atractiva.
Así que corrió hacia ella, ignorando las piedras que caían del techo y el suelo que se hundía bajo sus pies.
Saltó y se encaramó al marco de la ventana, mientras le parecía oír las voces de ánimo de las bellas criaturas de la piscina.
Y atravesó la ventana.
Y cayó.
Cayó en el infinito, la negrura insondable que se abría bajo él, y cuyo final ni tan siquiera se intuía…
Y despertó de repente.
El corazón le latía como un martillo neumático.
- ¿Qué te pasa, cariño? – preguntó una voz a su lado.
Alguien encendió la luz. Era su novia, estaba claro. Su pelo negro revuelto que caía en rizos sobre su expresión asustada no podía disimularlo.
- Dios, Elisa, que sueño más raro.
- Cuéntamelo, Paco – dijo ella.
“Paco”. Ese era su nombre…
- Soñé que era otra persona… me llamaba… era de un título de un libro… ¿cómo era?
- ¿Pascual?
- No…
- ¿Quijote? – rió Elisa -. ¿Calixto? ¿Lazarillo?
- ¡Eso, Lázaro! Y no sé… estaba como atrapado en un sueño… ¡bah!, no me hagas mucho caso…
Paco se recostó en la cama, y se cubrió con la sábana.
Elisa le rodeó con su brazo.
- Que duermas bien, cariño.
Y le besó en la mejilla.

Lázaro despertó dolorido y muy mareado.
- ¿Qué has hecho, loco? – oyó una voz.
Lázaro se incorporó y vio a Gica.
- ¿Qué he hecho de qué? ¿Quién era ese Paco?
- ¡Idiota! ¡Eso que has hecho es muy peligroso!
- Dímelo a mí, que soy el que se ha caído…
- No me refiero a lo de la ventana. ¡Has entrado en el sueño de otra persona! ¡Y lo que es peor, has dejado parte de ti en él…! Espero que mañana lo haya olvidado todo…
- ¿Qué has dicho?
- Lo que oyes… deja eso para los profesionales… ahora tendré que trabajar de más… espero que Bárbara esté por ahí – masculló Gica.
- ¿Cómo he conseguido entrar en el sueño de nadie?
- Mira déjalo, no te esfuerces, que va a ser peor… Tú sigue con lo tuyo y ten cuidado de entrar por accidente en el sueño de nadie.
Lázaro estaba completamente perdido. Pero Gica desapareció antes de que pudiese hacer o decir nada de nada.
Así pues, mareado y dolorido como estaba, Lázaro se puso en pie y echó a andar hacia donde el instinto le guiase.
Y, ¡oh, sorpresa!, una puerta.
Y otra, y otra, y otra más…
No sabía de donde habían salido, pero tampoco se preocupó por preguntárselo.
Tomaría la que tenía justo enfrente.
- Coj, coj…
¿Quién tosía ahora?
Lázaro se dio la vuelta y vio al pájaro de la puerta de la derecha del principio de todo aquello tosiendo y vomitando sangre.
- ¿Qué te pasa?
- ¿No lo ves acaso? – contestó el pájaro -. Me estoy muriendo.
- ¿Y qué quieres que le haga?
- ¿No eres acaso veterinario?
- No, claro que no…
- Pero podrías serlo.
- No es ese mi sueño.
- Pero es lo que quieres ser.
- ¡Claro que no! Yo quiero ser dibujante. Siempre ha sido así.
- Pero no puedes vivir de ello.
- Tal vez sí, y puede que incluso lo haga bien.
El pájaro volvió a toser.
- ¿Y renunciarás a salvar vidas a cambio de pintar monas?
- Tal vez lo veas así. Quiero salvar vidas, pero también quiero hacer lo que me hace feliz. Puedo hacer ambas cosas.
- Pero tendrás que elegir tarde o temprano.
- Lo sé.
- Muchos enfermos como yo te necesitarán.
- Lo sé, pero, ¿cómo puedo dedicarme a algo que no me hace del todo feliz? Tarde o temprano me cansaré de salvar animales, y será peor para ellos.
- No tomes esa decisión con el corazón. Usa la cabeza. Medítalo.
Lázaro permaneció callado durante unos momentos.
- Nunca he tomado una decisión al cien por cien con la cabeza ni con el corazón. De ser así, nunca habría llegado a donde he llegado.
Lázaro sonrió. El pájaro no.
El joven abrió la puerta.
La luz le invadía y le cegaba.
- Te arrepentirás – dijo el pájaro.
- Puede, pero, si no lo hago, me arrepentiré con total seguridad.
Y atravesó el umbral.

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Senda de perdición (18)

Enero 20, 2010

Nada.
Por un momento, no hubo nada.
Sólo oscuridad, y Lázaro.
No sabía donde estaba. ¿Realidad, ilusión? ¿Qué diferencia había? Si la ilusión es percepción y la percepción, realidad.
¿Una realidad creada de ilusiones?
Allí estaba él, desnudo, mirando a sus pies. O eso creía. Tenía frío, y hambre, y calor, y sed, y le dolía todo, y no sentía nada.
Miedo.
Era todo lo que tenía. Era todo lo que estaba seguro de tener. Miedo de no saber qué era lo que pasaba. Miedo de no saber qué le pasaría. Miedo porque, lo único que sabía, era que no le gustaría…
- De nuevo estás aquí – se dijo a sí mismo.
- Sí, ya lo veo.
- Ahora al menos, sé cómo llegué aquí.
- Ahora sólo quiero saber cómo salir.
- Pronto lo sabré.
- No estoy tan seguro.
- Yo tampoco. Pero lo intentaré de todas formas.
- También yo.
Lázaro miró a lo que fuera que estuviera arriba, si allí había algo, y echó a andar sin saber a dónde iban sus pasos.
- ¿A dónde se supone que vas?
- ¿Cómo quieres que lo sepa? ¿Lo sabes tú?
- Mira, yo tengo tanto miedo como tú, y tantas ganas de salir de aquí como tú, pero no sé si es este el camino.
- Y, sin embargo, eres tú quién echó a andar.
- Y tú quién me sigue.
De repente, Lázaro se detuvo.
- ¿Lo has sentido también tú?
- Sí, así es.
- ¡Corre, vamos! ¡Corre!
Lázaro echó a correr en otra dirección, hasta que se encontró a Isabel. Al menos parecía ella.
Pero había dos.
Dos chicas iguales, desnudas, sentadas una a espaldas de la otra.
Eran iguales, salvo por el pelo. Mientras una lo tenía largo y rizado, la otra lo llevaba corto.
¿Quién podría ser esa otra chica? ¿Y por qué sentía que la conocía y la amaba?
- Por fin has llegado – dijo la del pelo largo.
- Creía que nunca vendrías – dijo la del pelo corto.
- He estado esperándote durante mucho tiempo, desde el último parpadeo.
- Desde que el sol salió por vez primera te estoy esperando, y ya empezaba a impacientarme.
- ¿Dónde has estado? – preguntaron al unísono.
- He estado buscando – respondió Lázaro.
- Lo sé, pero no me buscabas a mí, ¿verdad?
- Entre otras cosas.
Entonces, Lázaro advirtió que una de las chicas desapareció, aunque no sabía cuál de ellas.
- Isabel, yo sólo quería encontrarte a ti, pero hay cosas más importantes en este momento. Cosa sin las cuales no te tendría a ti.
Lázaro apartó un rizo que cubría la baja mirada de Isabel.
- Lo sé. He venido a ayudarte.
- ¿Y cómo me ayudarás?
- No lo sé – respondió Isabel -. Pero lo haré de todos modos.
Lázaro acarició el suave pelo de Isabel, metiendo sus dedos entre sus cortos cabellos.
- Entonces será mejor que empecemos cuanto antes, para que cuanto antes podamos acabar.
- Lázaro, amor…
- No, no digas nada más… Sabes que mi único deseo sería estar aquí otras dos eternidades, sólo a tu lado… pero sabes que no puede ser… no, al menos, de momento.
- Sí, lo sé, y lo acepto.
Isabel trazó una alegre sonrisa en sus labios.
- Sabes que te esperaré – dijo.
- Puedes estar tranquila, no pretendo hacerte esperar demasiado.
Isabel posó sus labios en los de Lázaro, quien recibió el sabor de su amada con lágrimas en los ojos, pues sabía que ella desaparecería una vez los abriera…
Una vez más en soledad, Lázaro se encontraba de nuevo solo y perdido.
- No te preocupes, saldremos de esta – se dijo a sí mismo.
- Pero te entretienes demasiado en el camino – dijo una voz distinta a la suya, una voz de mujer.
Lázaro se volvió al reconocer la voz de Laura.
- Hola, Lázaro.
- Hola… ¿Qué haces tú aquí? – preguntó Lázaro ocultando su desnudez entre las sombras.
- Trabajo aquí – sonrió la muchacha -. ¿Te has perdido?
- Supongo que, de no ser así, no tendría el regalo de tu compañía – sonrió.
Laura también sonrió alegre.
- No sabes donde estás, ¿verdad?
- No tengo la menor idea, aunque yo diría que esto tiene que ser el purgatorio, por lo menos…
Laura volvió a sonreír, trayendo paz al corazón de Lázaro.
- Tranquilo, no es el purgatorio ni nada parecido. No es el cielo, no es el infierno, no es un sueño, y, desde luego, no es Matrix – sonrió.
Lázaro también sonrió.
- ¿Mensaje de Josan?
- Más o menos… Lázaro, tengo que dejarte.
- ¿Y para qué has venido?
- Sólo para darte ánimos.
La sonrisa de Lázaro era ahora triste.
- Pues te lo agradezco.
Laura se acercó a Lázaro y le besó la mejilla.
- Cuídate.
- Tú también.
Se alejó tres pasos antes de desaparecer entre las sombras y dejar solo de nuevo a Lázaro.
- Oye – se dijo a sí mismo.
- Dime.
- ¿No te has dado cuenta de algo?
Lázaro permaneció en silencio el tiempo de tres latidos.
- Es verdad. No tengo miedo.
- ¿Querrá decir algo?
- No lo sé, pero ahora lo veo todo más claro.
- Sí, lo sé.
- Toda mi vida he sido un cobarde. No he podido vivir por miedo a la vida.
- No, no a la vida.
- ¿Cómo que no? No podía soportar el que mis padres se separasen, que Nuria me rechazase…
- Tampoco el que mis padres se marchasen lejos, y que Isabel se fuese tras ellos…
- ¿Y puedes no estar de acuerdo conmigo?
- Claro que no. No tenemos miedo a la vida, si no a la soledad.
- Pero nunca hicimos nada para luchar contra la soledad cuando esta nos amenazaba.
- Sólo entregarnos a la locura.
Lázaro permaneció callado.
- ¿Es por eso por lo que estamos aquí?
- Nunca te enfrentaste a tus miedos.
- ¡Josan!
Entre las sombras, sentado en una silla, asomaba Josan a un pequeño cono de luz, mirando sonriente a Lázaro.
- Me alegra ver que empiezas a comprender.
- ¿Saldré ahora de aquí?
- No, pero ya conoces el camino.
Lázaro sonrió.
- No es lo mismo conocer el camino que recorrerlo.
- ¿A qué esperas, entonces?
- Seguro que de niño desesperabas a tus padres, Josan.
- No te imaginas hasta qué punto…
- ¿Cómo salgo de aquí?
- Enfréntate a tus miedos.
- ¿Y cómo lo hago? Mi miedo es la soledad, y, si no te has dado cuenta, sin contar contigo, aquí ya somos dos…
- Estás en un sueño, utiliza tu imaginación.
- Creía que esto no era un sueño, que yo era el sueño…
- Entonces, utiliza tu imaginación. Yo ahora me tengo que ir.
- Me encantan las visitas en este… lo que sea… – ironizó Lázaro -, a ver si la próxima es más larga y me ayuda algo.
- Pero tú ya no necesitas ayuda de nadie – sonrió Josan antes de que las sombras le engulleran.
- Fantástico.
- Di que sí…
- ¿Y cómo mierda voy a enfrentarme a mis miedos?
Lázaro se detuvo como clavado en el suelo, por un súbito entendimiento.
- Como si fuera un sueño…
- Utiliza tu imaginación…
Lázaro se dio la vuelta, y observó cómo las sombras se disipaban mostrando a un hombre, de algo más de dos metros de altura, de largos y sucios cabellos que cubrían su rostro, con un torso enorme lleno de músculos, y una espada curva en su mano derecha. La espada chorreaba un pútrido líquido verde cuyo sólo olor retorcía las entrañas de Lázaro.
Por su parte, Lázaro sólo contaba con el hacha de leñador.
Al menos, ahora llevaba unos pantalones.
El enorme monstruo alzó la mirada, y Lázaro no se sorprendió al ver el rostro de Pablo.
La eterna extensión de sombras era ahora una insondable sala blanca, en el que la vista no alcanzaba el final del suelo de baldosas blancas y grises.
Lázaro levantó el hacha, esperando a que su rival hiciese algún movimiento.
En vano.
El gigantesco Pablo permanecía en la misma posición, como si aquello no fuera con él.
- Oye, hijoputa, a ver qué pasa…
No obtuvo más respuesta de Pablo que su gélida mirada.
Lázaro comenzó a caminar en círculo alrededor de Pablo, como si supiera lo que estaba haciendo. Este le miraba de reojo mientras era rodeado por Lázaro, hasta que se colocó a su espalda, momento en el que se limitó a ignorarle.
“Me lo pone demasiado fácil”, pensó Lázaro.
Ahí tenía frente a él la enorme espalda de Pablo, diciéndole “Mátame”, pero dudaba…
“Me lo pone demasiado fácil”.
“Pues que le jodan”.
Lázaro se lanzó golpeando con el hacha contra la espalda de Pablo, pero este se giró con una velocidad inesperada, y la hoja produjo un pequeño corte en la pierna de Lázaro.
- ¡Hostia! – exclamó mientras caía al suelo.
Tendido en el suelo, veía cómo Pablo permanecía quieto y en silencio, mientras la herida de la pierna era cada vez más dolorosa. Notaba como si le clavaran pequeñas agujas que ahora le quemaban, ahora le helaban.
Y el dolor parecía extenderse.
Ahora le quemaba el brazo. Y vio luz. Vio una luz que le salía del brazo, de uno de los tatuajes.
La herida le seguía quemando, hasta que no sintió más dolor.
Algo sorprendido al principio, Lázaro se puso de pie mientras comprendía que la Marca del Sueño le había salvado la vida.
¿Qué más podría hacer por él?
Sin embargo, Pablo no parecía en absoluto sorprendido por lo que acababa de ver.
Se limitó a bajar la espada, como esperando al segundo ataque que tendría que llegar pronto.
Lázaro flexionó las piernas mientras comenzaba a sentir arderle los brazos. De un salto, se lanzó con más fuerza de la que podría esperar contra su adversario, que evitó el golpe del hacha de Lázaro con el mismo movimiento con que le alcanzaba el brazo.
Sin embargo, el dolor apenas apareció, y la herida pronto cicatrizó.
“Espero que este chollo dure”, pensó Lázaro mientras se colocaba de nuevo frente a Pablo.
Una vez más, Lázaro se lanzó como una bestia contra su adversario. Pero esta vez no fue alcanzado. Pudo esquivar el golpe y caer sobre sus pies, tras herir a Pablo en el hombro.
Sin embargo, a pesar de la evidente gravedad de la herida, el médico no parecía en absoluto sentirlo.
La sangre chorreaba por el brazo hacia abajo, mezclándose con el veneno de la espada, y acababan precipitándose contra el suelo como una pasta verde oscura.
Pero no parecía sentir nada…
- Ahora vas a ver, cabrón – susurró Lázaro a la vez que salía disparado nuevamente hacia Pablo, con el fuego en sus brazos y el hacha cortando el aire.
La herramienta se transformó en un arma letal con el segundo golpe que alcanzara al tétrico doctor, esta vez en el costado izquierdo. Y otra vez en el codo del mismo lado, antes de tocar el suelo.
Ahora parecía que esa bestia comenzaba a sufrir algo. Pero, antes de que pudiese encarar a Lázaro, vio como el hacha volaba veloz cortando el aire y su cara…
Sintiéndose todo un superman al ver al monstruo retroceder dos pasos, Lázaro saltó hacia él, arrancándole el hacha del rostro para clavárselo una y otra vez en el pecho, el abdomen, los miembros y la cabeza, hasta que ambos cayeron al suelo bañados en sangre…
Lázaro jadeaba presa del éxtasis asesino que le embargaba, mientras que Pablo no movía ni un sólo músculo.
- ¿Está muerto? – se preguntó a sí mismo.
- No, no lo está – respondió una voz que sonaba familiar, aunque no era la suya -, pues nunca estuvo vivo.
- Hombre, Josan…
- Hola, Lázaro.
- ¿Dónde estás?
De nuevo, las sombras lo eran todo.
- Por aquí me ando – se le escuchó reír.
- ¿Saldré ya de aquí?
- No, aún no, pero, al menos, ya estás preparado.
- ¿Y a qué esperamos, entonces?
Josan volvió a reír.

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2/365

Enero 17, 2010

Él acarició el cuello de ella con deleite. Una sonrisa en sus finos labios mientras el dedo descendía era contestada por la risa nerviosa de ella, que permanecía con los ojos cerrados, el rostro vuelto hacia el techo de su habitación.
- Venga, dímelo – imploró ella -. ¿Cuántos años tienes?
- ¿Qué más da? – contestó él -. Total, ya te he dicho que soy algo mayor de lo que aparento.
- ¿Algo cuánto? – preguntó ella.
- ¿Qué más da…?
Él se recreó en el palpitar de la sangre bajo la piel de ella, relamiéndose los labios.
Ella no sabía que, en breves momentos, se convertiría en su alimento.
Pero él no sabía que, antes de que eso pasara, una estaca en su pecho pondría punto y final a sus siglos…

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1/365

Enero 16, 2010

Una vez más, como había hecho cientos de veces a lo largo de su vida, se propuso adentrarse en una nueva aventura.
Cómodamente en su asiento, respiró hondo, con una sonrisa en los labios, preguntándose qué sería aquello que le aguardaba en esta ocasión.
Pensaba que debería estar acostumbrado. Llevaba toda su vida haciendo eso. Tantas veces que hacía años que había perdido la cuenta. Había conocido tantos lugares, tantos camaradas le habían acompañado… Y, aún así, cada aventura que le esperaba seguía siendo igualmente fascinante.
Así pues, sin pensarlo más, se sumergió en la próxima aventura.

1/365

Buiiiiinas…
Bueno, os explico. El año pasado me metí en un 365 de fotografía. La cosa fue bastante complicada a veces, pero la verdad es que me vino muy bien.
Y yo, como soy de los que se meten en líos por vicio, pues tenía pensado hacer otro en este blog…
Y nada, aprovechando aquellas fotos, me marcaré un relato por cada una de ellas. Pero eso sí, no esperéis periodicidad diaria, que es un coñazo y muy esclavista.
Así que nada. Poquito a poco iré completando esto.
Y nada… ¡espero que os guste! Y si no… ¡pues es lo que hay!
:P

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Senda de perdición (17)

Enero 15, 2010

Pues eso… 17 :P

El camino a través del bosque aparecía tenuemente iluminado por la luna y las estrellas. Los árboles dejaban un amplio paso a través de un camino que parecía transitado muy a menudo por carros y caballos. Pero los árboles de un lado parecían alargarse hacia los del otro, como intentando formar una bóveda que cubriera el cielo.
Hasta que cerraron el cielo, convirtiéndose en un pasillo.
La luna y las estrellas dejaron ya de iluminar el paso de Lázaro, hasta que, finalmente, se vio envuelto por la negrura.
Avanzó así, entre tinieblas, esforzándose sus ojos para tomar un mínimo haz de luz que le guiase por el camino.
Y, de pronto, luz.
No sabía de donde venía, pero el débil fulgor disipó la oscuridad en un nimio aunque agradecido triunfo.
Le quemaba.
Algo le quemaba a Lázaro en la piel.
Se miró el brazo, pero no veía allí la causa de la quemazón. Y sin embargo le quemaba. Se cubrió con la mano, y, poco a poco, notaba una pequeña señal luminosa en su brazo. Y el dibujo que formaba era similar a uno de los tatuajes que viera en aquella piel.
Entonces empezó a comprender.
Las marcas del sueño…
¿Acaso no oyó la voz de Josan sin que esta saliese de su garganta? ¿Le ayudaban ahora a ver el camino, los árboles, a ver, en definitiva, a través de la oscuridad?
Y a lo lejos. Allí vio una figura avanzar. Era una mujer. Pequeña, graciosa y de pelo corto.
- ¡Isabel! – la llamó Lázaro. Pero ella se limitó a girarse y a seguir su camino.
Lázaro la alcanzó al trote, y miró sus sonrojadas mejillas.
- Isa…
- Hola, Lázaro, mi cielo. ¿Cómo vas?
- No lo sé. Hace nada estaba muy confuso, pero creo que ahora lo estoy viendo más claro.
- Espero que así sea – contestó Isa tomando del brazo a Lázaro, acercándolo más a él, para evitar rozarse con las zarzas que les acosaban cada vez con más celo -. Sígueme, vamos, sígueme.
- Siempre te he seguido, Isabel – contestó Lázaro -. ¿Es así como saldré de aquí?
- Eso sólo tú lo puedes decidir.
Lázaro no entendía.
- ¿Y cómo voy a tomar esa decisión?
- ¿Es que no lo has comprendido? Esa decisión ya está tomada.
La pareja permaneció en silencio.
- ¿Y qué he decidido? – preguntó Lázaro.
Isabel dibujó en sus labios una triste sonrisa. Bajó la mirada, acariciando sus brazos.
- Muy bien lo sabes.
- ¿Pero qué me estás diciendo? No sé de qué me hablas, y me tratas como si tuviese todas las respuestas cuando sólo tengo preguntas y más preguntas cuyas respuestas sólo me dan más preguntas.
- Y, sin embargo, ya lo ves mucho más claro.
- Ahora dudo que sea así.
- Lo verás mucho más claro cuando encuentres a tus demonios y logres vencerlos.
- ¿Es de eso de lo que se trata, de vencer a unos demonios?
- No te hagas el despistado ahora que te das cuenta de que conocías todas las respuestas.
- Te equivocas, Isa, no conozco todas las respuestas.
- No, no todas, pero sí las más importantes.
- Isa, cielo, cada vez me siento más perdido.
- Bien, eso es que vas por buen camino.
- ¿Buen camino? Mira a tu alrededor. Esto no puede ser bueno. Estas zarzas secas, esta senda de perdición, no dan la idea de un buen camino.
- Veo que no comprendes.
- Claro que no comprendo.
Isabel se arrodillo, y tomó algo que crecía entre las zarzas.
Era una rosa, de brillante color rojo.
Isabel se la tendió a Lázaro. Este la observó. La flor parecía latir en su mano como un corazón. La olió, y su perfume transportó a Lázaro a tiempos lejanos, tiempos más felices, quizás.
- ¿Lo ves? Cuando todo parece perdido, aparece la esperanza. Este es el camino. No es el más fácil, ni el más seguro. Puede que no sea en más adecuado, pero es el único que puedes seguir.
Lázaro levantó la mirada, buscando a Isabel.
Pero ya no estaba.
Así que Lázaro respiró hondo y siguió camino adelante.
Comenzó caminando con cuidado, atento de no dañarse con las cada vez más cercanas zarzas. Pero la impaciencia pronto empezó a empujarle. Pasos cada vez más largos y rápidos le llevaban por el pasaje de espinas.
Empezó a correr. Corría como el viento, sin importarle que el pasillo fuese cada vez más estrecho, y las espinas más afiladas, y la oscuridad más intensa.
Por alguna razón, dejó de ver lo que le rodeaba para ver sólo una luz al final. Llegó a ella, y atravesó el portal.
– ¡Por fin llegas! – dijo Alfonso -. Siempre tienes que llegar tarde…
Lázaro se encogió de hombros y pasó al salón de Tato, donde ya estaban todos sus amigos.
- ¿Y el Tato? – preguntó Lázaro -. Luego decís de mí… y eso que quedamos en su casa.
- Se está afeitando.
- Ya…
Lázaro se sentó en el sofá entre el Pera y Alfonso.
Al parecer, los padres de Tato habían salido esa noche, llevándose consigo a la linda Carmen, la hermana de Tato.
El Pera, Alfonso, Antonio y Vicente esperaban junto a Lázaro a que el Tato acabase quitarse esos cuatro pelos que desafiaban su lampiñez.
- ¿A qué hora hemos quedado con Hugo? – pregunto Lázaro.
- A menos cuarto donde siempre – respondió el Pera, cambiando de canal sin cesar.
- ¿Te quieres quedar quieto? – saltó Alfonso -. Me estás mareando.
- Oye, esta noche no os pensaréis recoger muy tarde, ¿no? – preguntó el Pera, ignorando a Alfonso.
- ¿Por qué?
- Es que ando un poco escaso de efectivo…
- ¡Miralo! – exclamó Tato, apareciendo con un corte en la barbilla.
“Catalán tenía que ser”, pensó Lázaro.
- ¡Catalán tenía que ser! – exclamó Tato.
Lázaro levantó la ceja.
Todo era tal y como lo recordara. No era la primera vez en sus diecisiete años que tenía un deja vú.
- Jeje… – rió Lázaro.
- ¿Qué te pasa?
“Un fallo de Matrix”.
- Nada, un pequeño deja vú.
- Un fallo de Matrix – dijo el Pera riendo.
La ceja de Lázaro volvió a levantarse.
- Venga, vámonos – decía Tato empujando a sus amigos a la puerta -. Apaga la tele, Alfonso, que todavía no hay porno, Lázaro, la luz, venga, venga, venga…
- Tengo que ir a mear – dijo el Pera.
- No, no tienes, venga, que hay prisa, coño, que esta noche va a caer Susi.
- ¡Aro, joé! – exclamó Lázaro.
- Que sí, y Nuria contigo.
- ¡¡Jaja!! – exclamó sarcástico Lázaro -. ¡Qué gracioso me parto la polla tío!
- ¿Por qué te pones así? – preguntó Tato cerrando con llave la puerta.
- Joder, tío, que tú sabes que a mí Nuria me gusta y que tiene novio.
- No, no tiene.
Lázaro calló. Tato empezó a bajar las escaleras.
- ¿Cómo que no tiene? – preguntó Lázaro.
- Que no, que cortaron a la semana o así de salir.
- ¿Quién te lo ha dicho?
- ¿Quién va a ser? Rocío – contestó Tato mientras bajaba por las escaleras.
- Pues no me ha dicho nada.
- Pues me extraña.
Lázaro se quedó clavado en el sitio, mientras Tato seguía bajando.
- Laza, ¿te quedas ahí?
- ¿Qué? ¡No, bajo, bajo!
Corrió el último tramo de escaleras hasta ponerse a la altura de Tato.
- ¿Y cómo es eso?
- No lo sé, Lázaro, pregúntale tú si tanto te interesa.
Unos golpecitos en la puerta de la calle sacaron a Lázaro de su ensimismamiento.
- Esta noche tiene que caer – le dijo Tato mientras se dirigía a la puerta.
Lázaro le siguió casi corriendo. No podía esperar el momento para hablar con Nuria.
Salió por la puerta, y el aire calentado por el sol no le aliviaba de la náusea.
La supurante herida en la espalda de Marcos tenía muy mal aspecto. La sangre manaba como espuma verde. Y ese olor…
Pero no era eso lo que provocaba fatigas a Lázaro.
Sino ese médico.
Su aspecto siniestro no era nada comparado a la actitud que mostraba. “Trata al enfermo, no a la enfermedad”, era lo que siempre decía Isabel. Este ni tan siquiera se preocupó por Marcos. Sólo veía la herida envenenada, no al hombre que la sufría.
- ¿Quién podría haber hecho algo así?
Lázaro se giró para ver salir mareado al padre David.
- Eso mismo me preguntaba yo – respondió Lázaro.
- No ha sido un animal.
- Está claro que ha sido un hombre. Y uno que entiende del tema.
- ¿Como quién? Por aquí sólo Isabel conoce las plantas y sus mezclas.
- Sí, pero ella siempre dice que no sólo de hierbas se sacan remedios y venenos. También de algunos animales, insectos y reptiles, más que nada, e incluso de algunas piedras y minerales.
- ¿Y quién crees…?
- Está claro: ese tal Pablo tiene algo que ver.
David no supo qué contestar. Respiró profundo y siguió hablando.
- No te dejes arrastrar por tus sentimientos.
Lázaro le miró de reojo, mientras el cura se sentaba en el suelo. Lázaro se sentó a su lado.
- Sé que temes que se lleve a Isabel lejos de ti, pero no por ello debes acusarle.
- Vamos a ver, padre, tú siempre piensas más rápido de la cuenta. Ese tío acaba de llegar, y sí, ya le odio, pero no por ello tengo que acusarle. Creo que ha sido él. Y creo que ha sido él porque Isabel no podía ser, porque estaba conmigo en el momento del ataque, desde la mañana. Yo estaba con ella cuando Lucas vino a buscarnos, y llegué con ella al pueblo. Luego, sin que nadie le avisase, llega este… médico.
David no supo que decir.
- ¿Por qué dices “ataque”?
- Bueno, padre, está claro que no se cayó encima de un cuchillo envenenado.
- Pudo haberse caído encima del arado sucio.
- Mira, padre, no pienso seguir discutiendo esto contigo. Sé que sólo buscas la verdad y la justicia, pero, como siempre te he dicho, sigues un camino equivocado -. Se levantó -. Y, ahora, si me disculpas, voy a ver a la mujer que amo, que no aguanto que siga un momento más con ese tío.
Dicho esto, Lázaro se dirigió a la puerta de la cabaña entró.
Una vez dentro, el humo y el ruido le abrumó un poco. Pero estaba decidido, así que no pudo demorarlo un sólo momento.
- Nuria.
La chica se volvió un poco sorprendida. Estaba charlando con “Lotra”, tan tranquila, junto a la barra, cuando Lázaro la interrumpió.
- ¿Qué quieres? – preguntó ella, con una sonrisa.
Por un momento, Lázaro se detuvo a pensar.
“¿Y qué le digo ahora?”
- Hola – dijo.
“Muy bien, Laza, dos cojones…”
- Hola – respondió Nuria extrañada.
- Adiós – dijo “Lotra” haciendo mutis.
- ¿Qué me querías decir? – preguntó Nuria al cabo de unos segundos.
- No, nada, sólo que hace mucho tiempo que no charlamos, ni nada…
- Bueno – dijo, tomando un sorbo de su bebida -, pues dime, ¿qué tal te va todo?
Era un primer paso, después de todo. Lázaro sabía que lo que se le presentaba no iba a ser fácil, un trabajo delicado, pero ya había dado el primer paso.
- ¿Cómo que no quieres que me vaya?
- Isa, está claro, ¿cómo te vas a ir? ¿Y dejarme aquí solo…?
- Ay, Lázaro… – dijo ella sentándose en las rodillas de su amado -, pero si pareces un niño… hace ya años que tus padres tuvieron que irse. Ahora yo podré verlos todos los días, ¿no te alegras?
- Sí, claro, me alegro de que todo lo que amo se aleje de mí – contestó bajando la mirada.
- ¿Y por qué no vienes conmigo? Así también tú podrás ver a tus padres. Seguro que te echan mucho de menos.
- No puedo irme de aquí.
- ¿Por qué no?
- Porque aquí está mi vida.
Isabel borró la sonrisa de sus labios.
- ¿Tu vida? Pues, si no están tus padres y no estoy yo, ¿qué te retiene aquí?
Lázaro apartó los rizos que cubrían los ojos de Isabel, los ojos que miraba eran tan tristes como aquellos con los que la miraba.
- No lo sé, mi trabajo, supongo.
- Tu trabajo puede hacerlo cualquier otro, y podrás hacer cualquier otro trabajo en la ciudad hasta que volvamos. No será para siempre.
Lázaro bajó la mirada.
- Y tampoco ves lo evidente.
Isabel rodeó con sus brazos el cuello de Lázaro, acercando sus labios al oído de Lázaro.
- ¿Qué es lo evidente?
- El médico atacó a Marcos.
- Sí, ya lo sé – respondió Isabel.
Lázaro estaba perplejo.
- ¿Cómo que lo sabes? – preguntó -. ¿Y te quedas tan tranquila?
- No, Lázaro, no me quedo tranquila, pero tengo que averiguar por qué lo hizo, y, mientras piense que me voy a ir con él podré investigarlo.
- Isa… estás loca. ¿Cómo te arriesgas de esa manera?
Isabel sonrió.
- Porque sé que me protegerás.
Rodeó el cuello de Lázaro con sus brazos y le besó en la mejilla.
- Hay algo que te quería comentar.
- Dime.
- Quiero que salgamos juntos – le dijo.
Nuria callaba. Ya no reía. ¿Qué le causaba tal reacción? Estaban charlando los dos junto a la barra tan tranquilos… y, de repente, cuando el chico consiguió reunir las fuerzas necesarias, todo el coraje acumulado en los últimos meses… no se explicaba la fría reacción de su amiga.
- Lo sé – contestó ella.
- ¿Lo sabías?
- Sí… bueno… algo así me imaginaba… no sé… Lázaro…
- No, oye, no me tienes que responder ya… es más…
- No, Lázaro, déjalo -. Nuria esbozó una forzada sonrisa que no permaneció mucho tiempo en sus labios -. Déjalo mejor así.
- ¿Así cómo? ¿Qué pasa? Es que…
- No, Lázaro, déjalo.
Lázaro no comprendía lo que estaba pasando. ¿Cómo podía haber llegado a esa situación? Estaba seguro de que sólo había una persona que podría sacarle de dudas y aclararlo todo. Así que salió en busca de Pablo, el médico.
- Sabía que vendrías, en algún momento.
Lázaro encontró a Pablo en un claro del bosque. Estaba de espaldas a él, arrodillado ante una bolsa en la que metía otras bolsitas.
- Lo cual demuestra que tus intenciones no eran buenas.
Lázaro no pudo verlo, pero sabía que el médico sonreía malévolo.
- ¿A qué has venido? – preguntó Pablo.
- A evitar que te lleves a Isabel.
- Sabes que me la llevaré conmigo.
- No permitiré que le hagas daño – dijo Lázaro sacando, de entre los pliegues de su ropa, su hacha.
- Necesitarás mucho más que eso para evitar que sea juzgada – respondió Pablo sin girarse.
- ¿Juzgarla de qué? Tú sabes que no ha hecho nada malo a nadie.
- Sólo a mi dios – respondió girándose. Su mirada heló la sangre de Lázaro. Sus ojos hundidos miraban dentro del alma del joven leñador como si sus pecados estuviesen expuestos a la mirada del médico.
- ¿Quién eres? No eres médico, ¿verdad?
- Sí, lo soy, pero soy algo más.
- ¿“Qué” más?
- Además soy juez de mi iglesia.
- Ese nuevo dios, ¿no?
- No es nuevo. Él creó todo lo que nos rodea.
- Te equivocas. La naturaleza lo creó. Y nos creó a nosotros. Y tus locos compañeros crearon ese falso dios.
- No tiene nada de falso.
- ¿Que no? ¿Quién puede concebir la creación de todo por medio de un hombre? La naturaleza crea a los hombres, y no al revés. Ella es la verdadera diosa. Tus compañeros están todos equivocados. Y tú, además, vas a morir.
- ¿Te pones violento? No tienes nada que temer.
- ¿Y por qué no sueltas entonces ese cuchillo que guardas ahí?
Pablo, sonriendo, sacó del saco un cuchillo largo y curvo. Su brillante hoja aparecía cubierta de un líquido verdoso.
- Así que tendremos que luchar, ¿verdad?
- No es algo que me entusiasme – confesó Lázaro con una sonrisa que le llenó de seguridad -, pero si tengo que hacerlo para salvar a Isabel, lo haré gustoso.
- Pues piensa que tienes todas las de perder.
- No tengo miedo – confesó Lázaro, pero Alfonso no le creyó.
- Si no es por miedo – dijo Alfonso -, es que no la sabes ni arrancar.
Ambos amigos rieron durante un buen rato, hasta que olvidaron la causa de sus risas.
- Venga, arranca tú – dijo finalmente Lázaro -, y dame el casco.
- No, qué dices… el casco lo llevo yo.
- Vale, venga.
Tras arrancar la moto, Alfonso cedió el asiento a Lázaro, sentándose detrás suya.
- Dios mío, voy a morir – rió Alfonso.
Lázaro le acompañó en sus risas.
- Ve con cuidadito, ¿vale?
- Claro, claro… mamá.
Y volvieron a reír…
La risa de Pablo ponía nervioso a Lázaro, menguando la seguridad que la propia le daba.
- Empecemos ya, tengo cosas que hacer – dijo Pablo -. Espero que se te dé bien lo que pretendes hacer, o de lo contrario, será tu fin.
- No te preocupes, esto acabará pronto – respondió Lázaro con una malévola sonrisa.
- Lo sé…
Pablo levantó el cuchillo, y adoptó una posición defensiva, con el cuchillo frente a él y el cuerpo ligeramente inclinado hacia detrás. Lázaro levantó el hacha por detrás de él, extendiendo la izquierda desnuda calculando la distancia que podría alcanzar un golpe de su herramienta.
Permanecieron así unos instantes. Hasta que un rápido movimiento de Pablo lanzó a Lázaro contra su oponente, que aprovechó el impetuoso movimiento de su adversario para ponerlo donde quería, indefenso, lanzando el hacha contra el vacío que un parpadeo antes ocupaba el médico, que, con un rápido giro, hizo un corte en el brazo de Lázaro, un segundo al completar otro giro y, tras detenerse, lanzar el cuchillo en dirección contraria e hiriendo el hombro derecho de Lázaro.
Entonces, todo lo que sentía fue miedo.
Sólo miedo.
Y no sabía que todo no podría sino empeorar.
Pues al bajar la cuesta a toda la velocidad que le permitía la moto de Alfonso, ninguno de los amigos advirtió el coche que se les cruzaba de lado, que no pudo hacer nada por evitar el choque contra la scooter.

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Senda de perdición (16)

Enero 10, 2010

[Inserte texto introductorio pretendidamente gracioso]

Un totalmente descorazonado Lázaro avanzaba por el tenebroso mundo de sus recuerdos siguiendo una forma que le era cada vez más difícil de siquiera ver.
- Oye… ¿Cómo era tu nombre?
- Gica – respondió el “cazador de sueños”, girándose.
- Gica… es una especie de… no sé…
- Es mi nombre en rumano… ya sabes… como Hagi, o Popescu…
- Vaya – replicó Lázaro -, acabas de perder todo el misticismo que desprendías…
- ¿Era eso lo que me ibas a preguntar? – interrogó el guía volviendo la vista hacia adelante.
- ¡No! No… Cuando dijiste que conocías el terreno… hablabas en serio, ¿verdad?
- Claro.
- ¿Y cómo puede ser posible que los conozcas mejor que yo?
Gica miró hacia arriba, sin dejar de andar.
- ¿Qué ves allí? – preguntó, señalando a las alturas.
Lázaro alzó la vista para ver sólo negrura.
- Nada.
- Exacto. Tú no ves nada. Pero yo veo más allá. Sé que dentro de aquella oscuridad hay muchas cosas. Cosas que ni tú ni yo sabemos ahora qué pueden ser, pero que pronto las descubrirás.
- Tú debes ser muy amigo de Josan, ¿no?
- No mucho, apenas le conozco –. Sonrió -. Nuestra relación es puramente profesional.
- Ya.
- Pero si lo preguntas porque lo que acabo de decir te parece de raros… para tu tranquilidad te diré que… bueno, me temo que no puedo decir nada que te tranquilice.
Lázaro soltó una risa.
- Pues, curiosamente, eso me ha tranquilizado.
Entonces, algo pareció surgir de entre las sombras. Una raya de luz apareció de la pequeña puerta que abría el guía.
- Entra – le dijo.
- ¿A dónde?
Gica adoptó una pose peliculera.
- A ti.
- Eso ya no me tranquiliza.
- Vamos, Lázaro, no tengas miedo.
Gica abrió la puerta por completo, inundando los ojos de Lázaro de luz, y entró a aquello que fuera que se encontraba tras la puerta.
- ¿Vas a venir, o te vas a quedar solo en la negrura?
Con un temblor, Lázaro atravesó la puerta para verse en un lugar familiar.
- Jodo, esto es mi cuarto.
- Sí, bueno, es la visión que tienes en tus sueños de lo que es tu cuarto.
- ¿Y cómo es que salimos del armario?
- ¿Para qué vale una puerta?
- ¿Cómo?
- ¿Para qué vale una puerta? – repitió Gica.
- Para pasar de un lado a otro.
- Muy bien. Ten eso en cuenta a partir de ya. Cada vez que pases por una puerta aparecerás en un sitio distinto, y ni tú sabes a dónde puedes ir a parar.
- ¿Y lo del armario?
- Vamos, Lázaro, es todo metáfora.
- ¿Acabo de salir del armario? – preguntó Lázaro irónico.
Gica rió.
- No. Pero en un armario guardamos cosas, y no nos lleva a ninguna parte. Aléjate de los armarios.
- ¿Por qué?
- Porque no sabemos lo que hay.
- Pero acabamos de salir de uno… jeje, somos gays… – rió irónico.
- Sí, acabamos de salir de uno, pero ya te dije lo que había.
- No, no me lo dijiste.
- Exacto.
- Joder, eres peor que Josan.
- Mira, Lázaro, es aquí hasta donde te puedo acompañar.
- ¿Cómo?
- A partir de aquí, estarás solo. No te puedo ayudar a alcanzar la salida.
- ¿Por qué no?
- Porque nunca saldrías. Es un camino que deberás recorrer solo. Pero no te preocupes. Encontrarás por el camino a otros que te ayudarán.
- ¿Otros como tú?
- No. Otros en quienes puedes confiar. Yo ahora me voy. Suerte. Y adiós.
Gica abrió la puerta de la habitación y la atravesó.
- ¡Espera! – gritó Lázaro a Gica intentando alcanzarle -. ¡Gica!
Pero, cuando Lázaro lanzó una mirada al pasillo, no vio a nadie. Allí estaba el pasillo, corto, con fotos a ambos lados. Pero no estaba Gica. Estuvo a punto de salir del cuarto, pero recordó las palabras de Gica, y prefirió esperar un poco.
- Vaya mierda de guía…
Se giró. Miró a la cama y decidió echarse un momento. Tenía que ordenar un poco sus ideas. Bastantes cosas raras acababan de pasarle como para ahora no tomarse el asunto con más calma.
- ¿Qué haces ahí tirado? – le preguntó su madre.
Lázaro levantó la vista y la vio con unas sábanas recién planchadas. Le miraba entre extrañada y preocupada.
- No, nada en verdad – respondió su hijo -. Estaba pensando.
- ¿Y ya has pensado qué vas a hacer con tu vida? – siguió hablando ella mientras se dirigía al armario con una sonrisa.
- No, bueno, la verdad es que… ¡NO! – gritó al ver a su madre abriendo el armario.
- ¿Qué pasa?
Lázaro se sorprendió a sí mismo al advertir a su madre de un peligro que no sólo desconocía, si no que, además, cuya existencia ponía en duda.
- No, nada…
- Estás muy raro, hijo. Pasas demasiado tiempo en casa. Sal más, aprovecha el verano, que pronto se acabará.
Lázaro vio a su madre salir por la puerta, mientras pensaba en lo que le dijo. Tenía razón. No había salido de casa en todo el día, cosa rara en lo que llevaba de verano, en verdad.
Se disponía a levantarse de la cama cuando advirtió que el armario seguía abierto.
El terror le inundó, haciéndole imposible mover un solo músculo. El espectáculo de su ropa colgada y amontonada amorosamente en el interior del armario fue más que suficiente para llenarle de pánico.
¿Qué podía haber allá dentro?
De un salto, Lázaro se levantó de la cama, y en menos de dos pasos, alcanzó la puerta, y salió al pasillo.
Victoria.
Se encontraba, de repente, en la Playa Victoria. El sol del mediodía calentaba la arena, pero no había nadie en la playa. Entonces, las nubes cubrieron el cielo, y la luz clara se tornó gris oscura. El mar calmó su oleaje mientras el viento se detenía.
- Que raro, ¿no?
Lázaro se giró, y vio a Hugo, sentado en su toalla, con su bañador y sus gafas de sol.
- ¿El qué? – preguntó Lázaro sentándose a su lado y sacando un refresco de la neverita.
- La playa. Está vacía. Hace un momento estaba petada, y, en cuanto se tapa el sol, se queda sola. Y aquí estamos nosotros tres solos.
- Es verdad, no me había dado cuenta.
Lázaro rebuscó en su mochila y sacó una camiseta, que la colocó sobre su torso desnudo.
- Es que está refrescando, también – añadió Lázaro.
- Sí, eso sí es verdad.
Corriendo hacia ellos, vieron aproximarse a Ángeles, que corría desde el mar en busca de su toalla.
- Y, hasta dentro de un rato bueno, no pasa el tren.
- En cuanto cumpla dieciocho – dijo Lázaro -, me saco el carné.
Hugo miró a su amigo a los ojos.
- Y yo también.
- Pues, hala, lo hacemos.
- ¿Lo qué vais a hacer? – preguntó Ángeles al llegar junto a ellos.
- Sacarnos el carné en cuanto cumplamos dieciocho tacos – respondió Hugo.
- Ah, muy bien, así me sacáis de paseo todos los días – rió Ángeles.
- Illa, eso ha sonado muy mal – dijo Hugo, haciendo que todos se rieran.
Entonces Hugo se levantó, se vistió y se dirigió al paseo, dejando solos a Lázaro y Ángeles.
La chica sonrió a su amigo.
- Nos esperan momentos duros a partir de ahora – dijo ella.
- Lo sé, pero sé que siempre estaréis a mi lado.
Ángeles sonrió.
- Ahora debes volver.
- ¿A dónde? Yo pertenezco a este lugar, y a vosotros.
- Eso lo sabemos, porque así lo sentimos, pero debes volver porque tienes cosas que dejar en su sitio.
- Sabes que esto es una locura.
- Nunca lo he dudado – respondió Ángeles, mientras empezaba a recoger sus cosas –, pero la vida es un cúmulo de locuras sin solución, y no hay nada que hacer, excepto dejarse llevar en busca de una solución.
- ¿Es eso lo que me recomiendas, que me deje llevar?
- Pero buscando la solución. Esto no va a ser tan fácil, pero tampoco tan difícil.
Ángeles permaneció de pie, inmóvil, mirando a su amigo mientras se disponía a irse, una larga camiseta roja corta cubriendo su bello torso, un corto pantalón verde sus firmes muslos, una cinta blanca recogiendo su lacio y corto pelo castaño.
- Yo ahora me tengo que ir, pero sabes quién estará cerca tuya.
Lázaro se giró al mar mientras su amiga se dirigía al paseo. Aquello estaba totalmente desierto, salvo por él, y una figura que nadaba a lo lejos.
De repente, el cielo se oscureció por la noche y la tormenta que estalló. Lázaro se levantó como un resorte y corrió hacia el mar, a socorrer a la figura que intentaba alcanzar la orilla, pero él mismo se vio absorbido por la vorágine. Intentó alcanzar a la figura para llevarla a la orilla, pero no pudo mantener el control sobre las olas.
Finalmente, fue sacado del agua por aquella figura a la que intentase rescatar. Casi ahogado, le tendió boca arriba, vomitando algo de agua. Cerró los ojos. Respiró profundo. Y abrió los ojos.
La noche había caído sobre la playa. La luna y las estrellas iluminaban el cielo nocturno, tiñendo de plata la arena y el mar.
Se había quedado dormido.
Después de todo, fue un duro día de trabajo cortando leña en el monte, bajó a relajarse, y se quedó dormido.
No había nadie a esas horas en la playa, pero Lázaro consideró que se estaba bastante bien.
Se sentó en la arena, un poco dolorido por la postura y la humedad.
Miró al mar. Al bosque. A la playa. Sintió el sudor reseco sobre su cuerpo, y la arena pegada a su piel, y decidió darse un baño.
Entonces, vio algo moverse en el agua.
Lázaro cogió su hacha, acercándose a la orilla, para ver sorprendido la más hermosa aparición surgiendo del mar.
Una bella mujer, con una larga melena oscura salía de las aguas sin advertir su presencia.
Sólo el reflejo de la luna y las estrellas cubría su húmeda piel.
No fue hasta entonces que supo que alguien la observaba.
Inundada por el miedo, la joven se cubrió como pudo con sus pequeñas manos.
Pero, a pesar de que quien la observaba iba armado con un hacha, no parecía una amenaza.
Más bien parecía asustado.
- ¿Quién eres? – preguntó Lázaro -. Nunca te había visto por aquí.
- Soy… – intentó responder la muchacha -. Me llamo Isabel. Vivo allí, en la montaña.
- Ah… -. Lázaro parecía comprender -. Tú debes ser la bruja.
Contrariada, y sin apartar la mirada del hacha de Lázaro, ni sus manos de su cuerpo, Isabel se dirigió a sus ropas y se cubrió con ellas.
- Sí, supongo – respondió.
- No te imaginaba así.
- ¿Así como?
- Tan… hermosa…
La bruja sonrió, azorada, esperando a que Lázaro se girase para poder vestirse.
- ¿Y quién eres tú?
- Yo… yo soy Lázaro…
Lázaro…
…Lázaro…
La voz le resultaba familiar, pero no la identificaba.
- ¿Quién eres?
No veía nada ni a nadie. De repente, todo desapareció, excepto él.
- Soy Lázaro.
- También yo soy Lázaro.
- ¿Y dónde estás?
- Estoy aquí.
- También yo estoy aquí.
- Tú no puedes estar aquí. No debes estar aquí.
- Y, sin embargo, aquí estoy.
De pronto, un fogonazo de luz.
- Despierta, niño, tus amigos te esperan.
Paco consideraba divertido despertar a su hijo a base de fogonazos de linterna a los ojos cerrados.
Solía funcionar.
Lázaro miró a un lado y a otro cuando cesaron las ráfagas.
- Joder, papá, que sueño más raro…
- Tus amigos están aquí.
- ¿Desde qué hora?
- ¿“Hora”? Son años los que llevan aquí. Desde que te acostaste. ¿Has dormido bien? Te has hecho el remolón, y no ha habido forma de levantarte del catre. Pero ya va siendo hora. Es un día precioso, el sol brilla y hace calor, y no hay nada en el cielo que haga un gramo de sombra. Es un buen día para estar vivo – añadió Paco besando a su hijo en la cabeza -. Y tu gente te espera.
Lázaro se levantó y atravesó la puerta, apareciendo en el salón. Allí estaban Josan, Gica, las estatuas de cera y Laura.
- Hola – saludó Lázaro colgando la chaqueta en el perchero, quitándose el sombrero y sentándose entre la estatua-Isabel y la estatua-Hugo.
- ¿Cómo le ves? – preguntó Josan a Gica.
- Muy bien, creo que lo logrará.
Dicho esto, se levantaron junto con Laura y se dispusieron a salir.
- Suerte – dijo Laura junto con un beso.
- ¿Has dormido bien? – preguntó Isabel.
- Claro que sí, cielo – respondió Lázaro.
- Vaya, por un momento pensé que te habías olvidado de mí. Y si no fuese porque no hay nadie más aquí, diría que no hablabas conmigo.
- ¿Por qué dices eso? – se molestó Lázaro -. Si no hay nadie más aquí es porque ahora mismo no me apetece estar con nadie más.
Isabel bajó la mirada. Apartó el negro velo ante sus ojos para tomar un sorbo de té de la fina taza de porcelana blanca.
- Tenemos que irnos – dijo Isabel -, ya es la hora. Cuanto antes sea, mejor será, pero no me quiero apartar de ti.
- Pero tiene que ser así.
- Lo sé.
- Isa… hazme un favor.
- Dime…
- Dile a Isa que la quiero.
- Lo sé – respondió Isa -. Yo también te quiero.
- Me quieres, pero me dejas solo.
- Te dejo solo porque has de marchar solo.
- Pero mírame, estoy caminando por un desierto y tú no estás a mi lado. Mira. – Lázaro señaló la vasta extensión de arena -. Aquí no hay nadie.
Lázaro se dio cuenta entonces de que hablaba solo.
Y empezaba a oscurecer.
- Pronto hará demasiado frío como para seguir aquí -. Miró a ambos lados. Sólo había arena hasta donde alcanzaba la vista y más allá, varios miles de kilómetros -. A ver si para entonces hemos salido de aquí.
- No creo que podamos – dijo Lázaro.
- Lo sé – respondió Lázaro -, pero tenemos que intentarlo, aunque sea.
- Pero no saldremos de aquí si no mueves los pies, Laza.
- ¿Estás seguro, Lázaro?
- Bastante seguro.
Cuatro pasos después, la noche envolvió a Laza, pero ya daba igual, puesto que había llegado a su barrio. Sacó la llave del bolsillo y entró al portal. Miró el buzón, pero estaba vacío. Subió las escaleras, abrió el portón, y entró en su casa. Soltó el hacha y se tiró en la cama. La sal aún cubría su cuerpo, así que decidió, muy a su pesar, enjuagarse un poco antes de quedarse dormido.
Salió fuera. A esas horas, todos dormían en la aldea, excepto él y ese desconocido junto al pozo. Era como él, sólo que sin barba, y el pelo muy corto. Además, estaba más delgado, y vestía vaqueros y una camiseta de Metallica. Ignorándole, Lázaro se dirigió al pozo, y sacó un cubo con agua.
- ¿Te has perdido? – preguntó al forastero.
- Pues como tú – respondió mientras Lázaro metía su cabeza en el cubo.
Tras derramar el contenido del cubo sobre su piel, Lázaro comprobó que el forastero había desaparecido.
- Espero que encuentres tu camino, y que no te lleve a donde no debe.